Colección Voyeur

Viernes 25 de Enero de 2008
Volver a verte

Me invadían emociones encontradas. Había pasado la noche inquieta, discreta, ensoñada, enamorada, perdida, temerosa. Todo se fundía en un único instante, aquel en el que, por fin, dos meses más tarde, íbamos a encontrarnos pupila contra pupila o labio contra labio o palabras contra palabras. Eran las seis de la tarde. Estaba cansada y vestía un simple conjunto negro, botas altas, paraguas por si acaso, mucho maquillaje, demasiado pintalabios, un cigarrillo en un espacio prohibido. Y todo hacia ti, buscándote, imaginándote, desesperándome. Un segundo, quizás dos, y te vería entero, completo, te olería, te tocaría. Y se me estaba haciendo eterno, mientras los demás que no conocía empujaban maletas a rastras y yo seguía perdida buscando mi norte, en aquel inmenso aeropuerto, hacía frío fuera, y no se veía el sol a través de los grandes ventanales y no te veía, no te veía a ti, y me estaba muriendo ya por atravesarte y saber, sólo verte y ya saber.
Entonces volví a escudriñar la sala de llegadas, como una veleta que gira y gira al ritmo del viento y todo desapareció de pronto. No había gente, no había ruido, no había espacio, no había tiempo. Se paró el reloj, el tuyo y el mío, y se paró el reloj de todos los demás. La sala se hizo pequeña, el sol entró con fuerza por los ventanales e iluminaron tu rostro. O no. No fue el sol. Fue tu sonrisa al verme. Y me salió del alma lanzarme a tus brazos, besarte por todas partes, lamerte la punta de las orejas, y los párpados, y tomar tu rostro entre mis manos y besar tus labios y luego tirarme en tu pecho, hundirme en tu cuerpo de metro noventa y dos, coger tus brazos y atraparme en ellos y pedirle al mundo que jamás me sacaran de allí. Pero no hice eso. Me acerqué lenta, cauta, deseé que no dejaras de sonreír ni un solo instante, y no lo hiciste, seguiste sonriendo hasta que me acerqué a ti, dejé la maleta en el suelo y alcé mis brazos y con ellos rodeé tu cuello. Y en ese abrazo tus labios finos y a veces fríos, besaron mi cuello. Y nos quedamos unos segundos en ese momento, sintiendo tus labios en mi cuello y abrazada yo al tuyo. Hubiera estado toda una vida así. Nada me importaba más que ese instante. Y luego empezamos a hablar.
No dejamos de hablar durante tres días. Hablamos paseando. Hablamos cenando. Hablamos desayunando. Hablamos haciendo el amor. Hablamos bebiendo vodka. Hablamos abrazados sin decir nada. Hablamos en cada silencio. Hablamos tanto, que nos parecía imposible poder decir tantas cosas en tan poco tiempo.
Dijiste: "Nadie me ha querido como tanto como tú".
Y yo te dije: "No se me ocurre persona más hermosa a la que querer".
Y también dijiste: "Eres un soplo de aire fresco en mi vida. Eres la felicidad de mi vida".
Y yo te dije: "Creo en esto con más fuerza que nunca".
Me hiciste el amor de todas las maneras y a todas horas. A veces me reía divertida entre tus besos y tus caricias. A veces me llevabas hasta el cielo en orgasmos infinitos. A veces me hacías llorar al decirme "te amo, mi vida" justo cuando te corrías mirándome a los ojos. A veces nos sentíamos como perros en celo follando barato y vulgar. A veces fuimos exquisitos y sensuales. No dejaste de hacerme el amor ni una sola mañana, ni una sola tarde, ni una sola noche.

Y todo lo hicimos con París como telón de fondo. Hablando francés y comiendo francés. Bebiendo vino y paseando bajo la lluvia. Nada nos molestaba. Nada nos parecía mal. Me sentía tranquila y princesa, me sentía amada y deseada, me sentía enamorada y me sentía feliz.
Entonces, no sé en que momento de ese maravilloso reencuentro de amor, sexo, pasión, complicidad y compañía tú preguntaste:
?Dime, cariño, ¿qué es lo que más feliz te hace de este mundo?
?Volver a verte ?contesté.
Nos despedimos emocionados después de habernos reído durante una hora acerca de la posibilidad de hacer el amor otra vez más y perder el avión. Y entonces, ya que lo habría perdido, me quedaría contigo todos los días del mundo y haríamos el amor cada uno de ellos y sería perfecto. Y tú me tomaste las manos y sonreíste (Dios, cómo iluminas todo con tu sonrisa, mi amor) y me besaste fuerte, casi se nos acaba el aliento y dijiste sereno:
?Tienes que irte. O perderás el avión. Y perderás la oportunidad de hacerlo de nuevo.
?¿El qué, mi vida?
?Alimentar mi alma con la posibilidad de volverte a ver.
Y después de tres días contigo en París, después de volverte a ver y volverte a amar, y volver a entender porqué te amo tanto y porque sé que me amas tanto, sólo pude pensar, regresando, que me siento orgullosa de, por primera vez en mi vida, amar a un hombre que sonríe y lo ilumina todo.

 
Publicado por Amanda a las 05:00

Respuestas
25 Enero 2008 - 12:39
Angel
Amanda:siento estas palabras que te transcribo como propias... ...Me siento orgullosa de, por primera vez en mi vida, amar a un hombre que sonríe y lo ilumina todo... Yo tambien siento lo mismo, en estos momentos... Un beso Genia y que no se aquiete nunca tu lengua. Un beso desde mi mar....
25 Enero 2008 - 14:46
Vero
Amanda: Me senti identificada con este relato...quizás porque en lo más profundo de mi, está latente el deseo de ''volver a verlo''...y porque el reencuentro sería asi tal cual lo describis, el de dos personas enamoradas...Hoy por hoy es lo que más deseo: Volver a ver a mi amado cordobes,a pesar del frio europeo,deseo volver a sentir la calidez de su cuerpo y la ternura de su mirada.....Besitos y muy buenas vibras desde aqui!!!!

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces