Colección Voyeur

Martes 22 de Enero de 2008
Camila O´Gorman

Nieta de “La Perichona” –Ana Perichon–, que fuera amante del virrey Liniers, Camila O´Gorman nació en 1828 y fue la hija menor de Adolfo O'Gorman y Périchon de Vandeuil, y de Juaquina Ximénez y Pinto. A los veinte años, era una joven de la sociedad porteña más encumbrada, de fuerte personalidad y –como la mayoría de las jóvenes de su edad–, devota, por lo que frecuentaba la Iglesia del Socorro, en las actuales calles Suipacha y Juncal, para asistir a misa. Allí conoció –cuando tenía diecinueve años–, escuchando sus sermones, a Ladislao Gutiérrez, un joven sacerdote jesuita que había sido compañero de seminario de Eduardo O´Gorman, uno de los hermanos de Camila y que había llegado a Buenos Aires procedente de Tucumán.
“Joven de pelo largo y ensortijado, cutis moreno y mirada viva, modales delicados y un conjunto simpático”, como lo describió  Antonio Reyes, que lo interrogaría en la prisión en Santos Lugares. Ladislao se ordenó a los veinticuatro años y fue designado cura párroco de la Iglesia del Socorro, donde empezó a mirar con detenimiento a esa joven alta, elegante, de ojos oscuros y cabello de morena clara, a quien Berutti describió como: “muy hermosa de cara y de cuerpo, muy blanca, graciosa y hábil pues tocaba el piano y cantaba”.
¿Cómo habrá empezado aquella unión transgresora de esos dos jóvenes? Quizás, como toda historia de amor prohibido. Cuando ambos comenzaron a sentir que los embestía una fuerza avasallante y desconocida hasta ese momento. Con las miradas que se cruzaban en el templo, en el momento del sermón, cuando ella sólo tenía ojos y oídos para el joven sacerdote y un corazón que latía mucho más fuerte que de costumbre.
¿Se excitaban ambos? Creemos que sí. Eran seres humanos como nosotros, a los que la pasión llevó por delante y sin aviso previo. ¿Se humedecerían sus sexos en ese momento? ¿Por qué no? Las pasiones arrolladoras suelen esconderse detrás de misterios inescrutables, y no es disparatado suponer de ambos pasaron del amor platónico e idealizado al más carnal y desbordante de los amantes a partir de una mirada, una palabra o un roce durante las visitas que el joven cura solía hacer cada vez con más frecuencia a la casa de los O´Gorman o en los momentos en los que compartían sus paseos por Palermo.
Lo cierto es que más allá de las culpas y los temores, las normas morales y los deberes, esos dos jóvenes que en circunstancias normales hubieran podido dar rienda suelta a su amor y consumar su unión, y en contra de principios y prejuicios y hasta de leyes de la época, se unieron como hombre y mujer, como macho y hembra contra todo el orden establecido. En ese momento, dio comienzo una de las relaciones más trágicas de nuestra historia.

Camila era alta, de buen porte, delgada pero con muy buenas formas, con un carácter inusual para las niñas de la sociedad y una inteligencia que debía ser fuera de lo común. Quizás por eso dudaba de los mandatos de la iglesia y se cuestionaba muchos aspectos de la religión. Nos imaginamos a Ladislao tratando de aclarar lo que es oscuro; de explicar lo que ni siquiera él mismo podía explicarse; de apaciguar los fervores de esa joven que lo atraía como el pecado mismo.
Tal vez pensaron y buscaron consuelo en el hecho que si El Creador los había cruzado en esta vida y había despertado en ellos el amor, era la señal inequívoca de que debían consumarlo. Posiblemente haya sido el mismo Ladislao, impulsado por el deseo, quien exculpó a Camila convenciéndola que unirse en cuerpo, además de en espíritu, no era un crimen y nadie podía pretender impugnar los designios de ese Dios en el cual ambos creían y amaban, que los había juntado.
Y aunque pueda parecer ingenuo, como se menciona en un artículo de la web, “Reconocía haberse equivocado al seguir la carrera sacerdotal, pero consideraba que, por las circunstancias, sus votos eran nulos. Y si la sociedad no permitía que la hiciera su esposa ante el mundo, él la haría suya ante Dios. Querían cumplir su voluntad, vivir juntos y multiplicarse como la pareja primigenia. Él había cometido un error, pero ante todo era un hombre creado a imagen y semejanza de Dios, con inteligencia y libertad para arrepentirse de su decisión equivocada y empezar una nueva vida junto al ser querido que Dios había puesto en su camino. Todo desaparecía ante la imperiosa necesidad de vivir juntos. Dejarlo todo para tenerlo todo. Nada podía existir superior a esto”.
Entonces decidieron fugarse.
Camila no debió haberse opuesto a la decisión de seguirlo, más bien creemos que aceptó de buen grado ante la eventualidad de tener que resignar su vida sin el hombre a quien amaba. Entonces decidieron cambiar su identidad, escapar de Buenos Aires y así poder casarse como cualquier pareja y vivir una vida digna ante Dios y sus semejantes.
Pero ¿adónde ir? Camila –amiga personal de Manuelita Rosas, la hija del Restaurador de Las Leyes–, no estaba habituada a otra vida que la que se le ofrecía en la comodidad de su casa paterna. Para seguirlo, debería vivir vicisitudes que no había imaginado y hacerse a la idea que ya nada sería igual y que, además, corrían peligro.
Pensaron, como destino final, afincarse en Río de Janeiro siguiendo un derrotero que los llevaría desde Buenos Aires a Luján y de allí por Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, hasta las lejanas tierras del Brasil.
Se fugaron el 12 de diciembre de 1847 y cuando pararon en Luján para descansar ellos y sus monturas, quizás consumaron su unión en esa primera noche que pasaron juntos en intimidad.
En Buenos Aires, mientras tanto, ya había estallado el escándalo. El padre de Camila denunció la fuga al señor gobernador y el obispo se puso colérico, pidiendo la captura de la pareja. Y aunque Juan Manuel de Rosas era un hombre práctico, que sabía que muchos curas tenían relaciones prohibidas con mujeres y el “tener manceba” no lo escandalizaba, el caso era mucho más grave en esta situación porque iba más allá de lo prudente. Tenía poder para perdonar pero no para perdonar la fuga de un cura con una jovencita que era amiga personal de su hija. Entonces, ordenó que se los buscara y se los trajera detenidos Buenos Aires.
Así Máximo Brandier y su esposa, Valentina Desan –tal como los identificaban los pasaportes falsos que consiguieron en Paraná–, siguieron su camino en ese febrero de 1848 hasta llegar a la localidad de Goya, en Corrientes, antes de cruzar la frontera con Brasil. Allí, y ante lo escaso de sus recursos, decidieron quedarse un tiempo creyendo que estaban a salvo. A tal punto estaban convencidos de ello, que fundaron la primera escuela para niños que tuvo la ciudad de Goya y durante cuatro meses pudieron vivir su romance tranquilos y felices. Pero Rosas no olvidaba.
El 16 de junio de ese año de 1848, cuando Camila ya estaba embarazada, se cruzaron en una de las casas del pueblo con un sacerdote irlandés que conocía a Ladislao y aunque negaron su identidad, la noticia corrió como reguero de fuego y el gobernador Virasoro los mandó detener al día siguiente y los encarceló con orden explícita de mantenerlos incomunicados. El poder de Rosas, que podía haber sido magnánimo, se tornó impiadoso.
Camila pudo hacer llegar una carta a su amiga Manuelita, pidiendo clemencia. Pero por otro lado se mantuvo firme en su convicción de que no habían hecho nada malo, que el amor entre Ladislao y ella era legítimo y que no ofendía a Dios, puesto que él era quien los había unido. Negó haber sido violada, como le recomendaron. Reveló que sus amores con el sacerdote habían empezado mucho antes de su fuga, que él no tenía vocación de sacerdote y que la intención de ambos había sido irse al Brasil para continuar con su vida y con la del nuevo ser que se gestaba en su vientre.
La noticia del estado de Camila fue enviada con urgencia el 17 de agosto desde la prisión de Santos Lugares, donde los tenían incomunicados y recibida por el oficial de guardia de Palermo, pero Manuelita Rosas nunca recibió la carta. Rosas, al enterarse, debe haber tomado la decisión final porque no podía permitir que quedara un descendiente vivo de una joven que había desafiado, por amor, el orden de las cosas. Ordenó que se los ejecutara al día siguiente sin juicio, sin defensa, sin posibilidad de apelación de clemencia.
Mientras eran atados al banquillo, pudieron hablarse y despedirse. Se cuenta que Ladislao Gutiérrez gritó “¡Asesínenme a mí sin juicio pero no a ella y en ese estado! ¡Miserables!” No sirvió de nada, excepto para que lo fusilaran primero, de cuatro balazos.
Se dice que a Camila le dieron el “bautismo por boca, por si había preñez” –tal como consta en las actas oficiales de la época–, y tres descargas pusieron fin a su vida y a la que se gestaba en su vientre.
Fue la primera mujer en ser ejecutada en la historia argentina. Domingo Faustino Sarmiento y otros opositores, aprovecharon para manifestar que la tiranía de Rosas era la culpable de corromper la moral de las mujeres de la patria.

Foto: Cortesía & © by Ricogorman

 
Publicado por Simon a las 05:00

Respuestas
22 Enero 2008 - 10:02
Enviar un emailAngel
Ayssss Mi Profe Predilecto...tambien... me gusta recorrer la historia de tus manos.... Un muakissssssss Tu Angel, siempre
22 Enero 2008 - 16:12
Enviar un emailVero
Simón: Hace varios años vi la película:''Camila'', y quede impactada,tanto sea por el amor y la pasión que ellos se tenían, como por la crueldad de esa epoca y el trágico final de Camila y Ladislao...Gracias por volverme a traer a la memoria tan sublime historia de amor. Un beso y muy buenas vibras!!!!!

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