Me gustan esas nalgas de adonis que andan trasteando en mi cocina.
Me gusta que mi muso pregunte si quiero carne, porque si quiero carne, pero su carne, su aroma, su textura y sus jugos... Y no precisamente en la cocina.
Y es que el muso, y ese, su cuerpo inocente y puro me hacen hervir la sangre, me abarquillan, me acaramelan y me derriten mientras voy macerándome en sus ojos.
Ese apetito extraordinario de ese hombre en mi cocina, no importa cuan sádico o feroz sea, no importa el ansia con que lo sacie, ni como lo satisfaga...
Ese hambre de hombre-muso, es progresión geométrica creciente a las veces que lo coma.
–¿Qué hacías?
–Te miraba cocinar.
–Me parece que no, no me engañes, me estabas mirando el culo.

Y si, lo confieso, le estaba mirando el culo y soy débil.
Se nos quemó la cena.
Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik