Celos, sí lo confieso, me estremecía al pensarte tan cercana a él.
Cuando me hablaba de ti en mí se sacudía todo, que si tu suavidad inigualable, tu inocencia, lo dulce que era recostar en ti su cabeza, tu ternura…
Me sentía envidiosa.
Me moría por dentro.
Llegué a odiarte.
Deberías de haberlo escuchado, que si tu noble figura, que siempre obediente, que nunca altanera, que si era especial deslizar sus manos en esa madeja que te envolvía. “Ella es mi chica” decía, “siempre dispuesta a ofrecerme su manto, a darme alimento”.
Ahora ya entiendo aquello de porqué siempre le decías “Bé”…

Hoy yo también te he descubierto, he estado ciega, lo siento. Hoy yo he gozado al deslizar mis manos por tu cuerpo, he sentido esa misma suavidad, he visto la ternura en tus ojos, he reposado mi cabeza en ti…
Lo siento, disculpa mi rabia.
Nunca me dijo que eras una maldita oveja .
Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik