(Final, añadido e inciso)
(Empezando por el inciso: Entre este post y el anterior hubo uno que duró un suspiro. Que nadie se haga preguntas extrañas: sólo atiende al hecho de que no deseaba ser leída por algunas personas.)
Y sigamos con Natalia...
Hasta la siguiente sesión, me estuve planteando dónde estaba realmente el problema en Natalia, y si realmente existía. Llevada por mis propios prejuicios y a pesar de que personalmente no me escandalicé ni juzgué en absoluto su conducta, tenía tendencia a pensar que detrás de esa historia de sexo desbordado sin emociones (y sin orgasmos) tenía que haber una carencia.
Pero en cada sesión, Natalia seguía manteniendo la misma sonrisa del primer día. No tenía dificultades al dormir, no se culpabilizaba, no se juzgaba, no presentaba, en resumen, ningún síntoma patológico. Lo único que verbaliza era una evolución cada vez más arriesgada en su sexualidad, sin importarle el placer que ésta la pudiera aportar. Lo que le ponía, en definitiva, no eran los orgasmos, era el riesgo.
El morbo de ser descubierta, el morbo de ser incluso agredida, sentir que utilizaba a los hombres a su antojo? Pero aquello no era una desviación en sí misma. Como aquel que encuentra placer en conductas poco tradicionales como los intercambios de pareja, el consumo de pornografía digamos no típica, ella sentía un morbo incontrolado en todas esas situaciones provocadas a su antojo. Parecía necesitarlo para excitarse. Sólo eso.
Llegué a la conclusión de que quizás el problema estuviera en encontrarle un problema. Por eso encaré la siguiente sesión como una finalización, relativamente consciente de que no podía en realidad ayudarla: no había nada en lo que pudiera hacerlo.
Un par de horas antes de encontrarme con ella, revisé su historial clínico a conciencia: mis notas, las palabras que anoté de ella, como si buscara algo que se me hubiera escapado.
Y entonces de pronto, al leer todo aquello, caí en la cuenta.
A medida que habían discurrido las sesiones, Natalia había sido cada vez más imprecisa, rayando lo caótico: en mis últimas notas recogía un episodio en que me contó que había realizado un trío con los maridos de sus dos mejores amigas. Había mantenido relaciones con uno de ellos hacía unos días y cuando le volvió a llamar para repetir, le pidió que invitase al hombre que él eligiese para follárselos a los dos, puesto que era una fantasía que quería practicar. Cuando el marido de su amiga le dijo que no sabía a quién pedírselo, ella se adelantó, llamó al marido de su otra amiga y acabaron follando los tres en su apartamento.
Los detalles eran escabrosos pero mentiría si dijera que no me puso cachonda aquel relato. Y eso escribí: ?este cuento me está poniendo cachonda.?
Natalia llegó ese día radiante: bellísima, sonriente, pidió un café a la recepcionista, me dio dos besos, saludó a los pacientes que estaban en la sala de espera y entró en mi consulta ya con su cigarrillo presto a ser encendido.
?¿De qué hablaremos hoy, Natalia?
?Te tengo que contar, Amanda? ayer quedé otra vez con los chicos, ya sabes, los maridos de Aura y Sonia y nos fuimos los tres a un club de intercambio de parejas?
?Natalia, ¿recuerdas la vez en qué me preguntaste algo así como ?por qué lo hago??
?Claro, estoy aquí para eso, para entenderlo.
?Sabes, creo que la respuesta que buscabas no era a la pregunta ?por qué me acuesto con todos esos hombres? si no ?por qué te cuento todo esto.?
?¡Jajajaja! Te lo cuento porque eres mi psicóloga.
?Y no deja de ser un cuento.

Entonces, la mujer pizpireta, ocurrente, divertida, la paciente ninfómana de aventuras imposibles, se tornó en una chiquilla asustada.
Hundida, cabizbaja, echó a llorar.
?Lo siento, lo siento ?decía avergonzada?. No sé por qué lo hago, no lo sé. Me invento todas esas cosas y te las cuento a ti, y eso me hace sentir que soy una mujer arrebatadora, liberada, deseada, atrevida.
?¿Y no eres nada de todo eso?
?Estoy casada desde hace tres años, con mi novio de toda la vida. Trabajo en un supermercado, como encargada. Un trabajo aburrido, y cansado: no te lo recomiendo. Y quería ser especial, diferente. Y tú me hacías sentir así, cada vez que venía.
Mírame: estoy exultante, nunca me había sentido tan atractiva y seductora, incluso feliz. Sabes, ni siquiera me llamo Natalia. Me llamo Mari Carmen. ¿Habías oído un nombre más estúpido que ese? Mari Carmen.
?Me gusta Mari Carmen. Y estoy segura de que tú me vas a gustar mucho más que Natalia.
?¿De verdad?
?Al menos, déjame conocerla.
?¿Una encargada de supermercado que se inventa historias dignas del premio ?La Sonrisa Vertical??
?La que más me gustó fue la del dependiente de la zapatería, ¡qué feo lo pintaste!
?¡Jajajajaja! Sí, siempre me he imaginado cómo follarían esos feotes calvos y gorditos.
?¿Recuerdas por qué viniste a verme la primera vez?
?Sí.
?Pues volvamos a empezar: cuéntame qué te pasa, Mari Carmen.
Se quitó la chaqueta, dejó el cigarrillo medio apagado en el cenicero, y se sentó frente a mí en la silla tras la mesa de la consulta. Luego sonrió tímidamente y dijo:
?Verás, llevo casada tres años con José Antonio, y me siento muy insatisfecha desde el punto de vista emocional. Es un buen padre para nuestro hijo Aitor, de dos años. Y un buen marido. Pero no nos amamos. Hace meses que no me toca, y cuando lo hace, siempre es rápido y torpe y yo no tengo orgasmos?
Añadido:
El delirio es esa irrealidad que protege a la persona de su realidad, cuando ésta le resulta totalmente insatisfactoria.
En el delirio erotomaníaco, el paciente cree ser amado por personas inalcanzables, vivir pasiones dignas de telenovelas que nunca se acaban, o ser deseado por todos los hombres o mujeres que se cruzan con él.
El delirio paranoide invita al paciente a participar en una película de terror, perseguido por todos y por todo, desde grandes organizaciones internacionales hasta el conductor del autobús. El delirio de grandeza lleva al fracasado profesional a inventarse un mundo en donde logra todo lo que se propone y nada en la abundancia.
Cuando el paciente se siente mucho más cómodo, confortable y seguro en su mentira, el delirio se apodera de él y empieza a vivir una vida inexistente.
PD: Tras siete meses de terapia, Mari Carmen obtuvo el alta médica. Se separó poco tiempo después, y ahora mismo tiene una vida normalizada, en donde combina su trabajo como Jefe de Tienda con cierta bonita historia de amor junto a uno de sus Jefes de Sección. Sigue teniendo la misma sonrisa.
Foto: Cortesía & © by Numo Belo