Llevo una temporada de cierta actividad (lamentablemente, no muy sexual.) Desde que desapareció mi ya oficialmente ex chico nuevo, y a la espera de que surjan mejores oportunidades, me he dedicado a filtrear con algunos machotes, cuestión de seguir tomándole el pulso a esto de la inter relación (que no es lo mismo que relación inter: a mí me va lo autóctono.)
El caso es que he conocido a tres tíos, tres, de cierto interés. Los tres viven convenientemente a más de trescientos kilómetros de mí, son declarada y confirmadamente solteros (con prole claro, pero sin obligaciones conyugales, que para eso tengo a mi Cristóbal que les da cien vueltas a todos –a los solteros también), de charla fácil y de verbo interesante.
Eso es todo lo que tenía de ellos, porque a los tres los conocí casualmente como se conocen los hombres y las mujeres ahora mismo: vía cita a ciega.
Creo que acabo de errar en mi afirmación: los conocí casualmente como yo conozco a los hombres ahora mismo (vía cita a ciegas.)
El caso es he tenido unas cuantas de esas y tengo que decir que siempre han salido estupendamente, excepto por un detalle que a mí me tiene un tanto atormentada: ¿qué coño se supone le tengo que decir a una cita a ciegas que resulta rematadamente fea?
Justo en el momento del “¿Te apetece que vayamos a tu casa y nos tomemos una última copa juntos?” Cuya traducción exacta para los ingenuos es “¿Follamos?” Me veo en la digna situación de declinar la oferta porque el tío es un encanto, listo de cojones, interesante y hasta fascinante, pero joder, una tiene sus gustos, y yo no me meto en la cama a un tío gordo de metro sesenta con unos dientes que jamás supieron lo que es un odontólogo y tres pelos mal peinados y grasientos en el lugar en donde tendría que haber una cosa llamada “cabello”.
¿Qué le digo?
Versión cruel: “No majete, que eres feo”
Versión atenuada: “No, creo que no ha habida mucho química entre los dos. Lo siento”
Versión psicóloga anti traumas: “No, eres maravilloso, pero necesito replantearme muchas cosas en mi vida y no es el momento de enamorarme.”
Versión hombre: “No, que mañana madrugo: ya te llamaré.”
Tengo que decir que a mí nunca me ha pasado algo así respecto a una cita a ciegas, es decir, ni uno solo dejó de plantear lo de la copa, aunque más de uno, después de lo que pudo pasar (y que no os voy a contar porque todos os lo imagináis) me soltó lo del “Ya te llamaré” y nunca llamó.
Así que no será tanto por mi belleza como por aquello de que “en tiempos de guerra cualquier agujero es trinchera.”
Pero yo soy muy honesta para estas cosas, o más bien, tengo mis manías, y yo si echo un polvo, aunque al tipo no piense volver a llamarle, prefiero que sea más o menos a mi gusto, que no guapo, pero al menos no feo.
Y entonces es cuando me acuerdo de todos aquellos que prodigan la verdad y la sinceridad por todos lados, y a mí dime lo que piensas, porque será cruel, pero será cierto, y no me mientas Amanda y di que piensas, y blá blá. Y yo sé que si a mí un tío me dice que no quiere meterse en la cama conmigo porque soy fea se me va a quedar un cuerpo todavía peor, así que no me siento capaz de decir la verdad a esas citas a ciegas, que vienen con cierta ilusión, se ponen colonia barata, se asesoran con su tía abuela acerca de con qué estarán más guapos, se duchan y se afeitan, hasta se cepillan los dientes, todo con el único objetivo de gustar. Y voy yo y les suelto que ni de coña porque me chirrían sus pantalones de pana verde o su camiseta de publicidad regalada en un chiringuito, o que no consiguieron disimular su calvície o que tampoco consiguieron con esa camisa XXL negra simular las tetas flácidas bajo ella.
No.
No soy capaz y no lo haré.
Así que tengo mi versión “No hacer daño pero ser tajante” y al último le dije:
–Es que tengo novio.

¿Novio?
Joder, puñetera mentirosa estoy hecha.
Foto: Cortesía & © by Jacek Pomykaslki