Dicen que las noches de Eclipse de Luna provocan desatinos, alimentan las más extravagantes fantasías y encienden todas nuestras pasiones.
Desde el fondo de los tiempos llegan las leyendas de ancestrales hechiceros que en la antigüedad hicieron dioses de los astros. Ellos prevenían acerca de que en noches así y como por extraño sortilegio, todos los ensueños se volvían realidad porque los dioses desplegaban todos sus poderes, dejándonos a merced de fuerzas desconocidas que incitan a la insensatez.
Como el fuego, la sangre y las pasiones, cuando la Luna entra en la Penumbra del cono de sombra para alinearse con la Tierra y el Sol, deja de brillar –pálida y fría como una moneda de plata–, y durante un breve período de eternidad se inflama y se torna ardiente, virando del naranja al rojo, como si nuestra atmósfera la abrasara colmándola de vida en un instante.
Aquellos hombres aseguraban que los dioses crearon esas noches para regocijo de los amantes. Porque cuando toda la superficie de la Luna se tiñe de rojo, las emociones se avivan, la voluptuosidad los hace prisioneros y sólo anhelan fundirse el uno en el otro como en un crisol candente, cautivos de los más furtivos placeres del cuerpo hasta alcanzar el éxtasis.
Sólo tú, que me ofrendaste semejante maravilla hace dos noches, puedes decirme si es cierto lo que afirmaban los antiguos nigromantes.

Tú que aseveras que en noches como ésa, cuando alcanzas el orgasmo, te entregas a la indescifrable sensación del vértigo, de sentirte suspendida en la oscura vaciedad de la noche, desnuda y exultante, apenas iluminada por un rayo incandescente de esa Luna de fuego.
Y puesto que conoces el misterio de esas noches enigmáticas dime, mujer profetisa, qué debo hacer cuando sea tiempo del próximo Eclipse.
Foto: Cortesía & © by Thien-su