(De algunos casos, no tengo solución)
Hoy os quiero hablar de Sandro.
Llegó a mi consulta derivado por José Antonio, mi jefe en el hospital, adjunto a un mail en donde decía ?Hay algo muy extraño en él. Pero yo no puedo ayudarle.?
Era un hombre de cuarenta y pocos, correcto en sus formas, de aspecto pulido pero distando de ser atractivo. Serio, apocado, poco hablador.
Se sentó delante de mí y a mi requerimiento de ?Bien, cuéntame qué te sucede? contestó algo así como ?No me gusto nada y creo que tengo bulimia, aunque sea una enfermedad de mujeres.?
Nunca me dejo llevar por los auto-diagnósticos, así que inicié la batería de preguntas típica para revisar sus síntomas y poder encuadrarlo en algún lugar en el DSM?IV, sin obviar en ningún caso, que él había definido su problema como un trastorno de alimentación.
A priori todo encajaba: la bulimia se caracteriza por atracones incontrolados y exagerados de ingesta alimentaria especialmente calórica (azúcares, cereales, chocolate, grasas) seguidos de conductas de purgación física. La más conocida es el vómito provocado, pero son muchas más: algunos eligen métodos laxantes agresivos (se hacen enemas cinco o seis veces al día, toman laxantes fortísimos en dosis nunca recomendadas), otros utilizan los diuréticos (peligrosísimos para la salud debido a los bajones de tensión que provocan si se toman sin cuidado médico) y unos pocos eligen tablas de ejercicio repetitivas (bicicleta estática, cintas para correr, sesiones maratonianas de aerobic casero.)
Pero lo que diferencia al bulímico de otras enfermedades mentales no es tanto la conducta ?atracón-purgación? como los pensamientos que le llevan a esa conducta: son personas que quieren poseer un cuerpo perfecto, y por tanto se martirizan y culpabilizan cuando se desvían de su objetivo, ganando unos kilos, comiendo algo que saben les perjudicará en su imagen u observando flacidez o estrías.
Además, se sienten especialmente inseguros si alguien comenta algo al respecto o si, al contrario, no lo hacen cuando esperan que sí lo hagan: comprarse una faldita nueva y no recibir ningún comentario al respecto, les lleva aun pensamiento de ?Mi cuerpo no ha gustado lo suficiente? de manera obsesiva, obsesión que sólo pueden paliar comiendo, volviendo al pensamiento de: ?Ahora sí que la falda me quedará fatal? y acabando el ciclo con la conducta purgatoria.
Es un trastorno complejísimo de tratar: primero porque el paciente, que busca y necesita sentirse perfecto, difícilmente admitirá que no lo es y por tanto necesita ir a un psicólogo. Segundo, porque muchas de las conductas ayudan a mejorar esa imagen, así que logran, incorrectamente, su objetivo: se sienten reforzados y por ello, seguirán haciéndolo, ya que ?funciona?. Tercero, porque a menos que sea una bulimia extrema, es fácil de llevar y los síntomas secundarios tardan años en salir, por lo que a su alrededor no es nada fácil captarlo.
Por último, pueden llevar una vida de lo más normal, aprendiendo a vomitar en absoluto silencio, reduciendo los atracones a las noches para no ser sorprendidos y no sentirse incapacitados por culpa de ellos, comiendo con absoluta normalidad cuando la relación social así lo requiere.
Aunque Sandro tenía conductas bulímicas, no entraba dentro del tipo concreto, y de eso me di cuenta a la media hora de visita, cuando me dijo que no tenía espejos en su casa y hacía un recorrido mucho más largo de lo habitual de su casa al trabajo y viceversa, para no pasar por ciertos escaparates en donde podía verse reflejado. De hecho, llevaba más de dos años sin saber qué aspecto objetivo tenía.
Eso no era propio de la bulimia, que lleva al enfermo a mirarse constantemente, buscarse defectos, evaluar su imagen o pesarse hasta veinte veces al día.

Lo que Sandro padecía es el llamado ?trastorno dismorfofóbico?, es decir, una fobia a su propio cuerpo y a su imagen.
Como sabía de la bulimia, le resultaba más fácil atarse a ese tipo de conductas antes que admitir que no soportaba su aspecto, hasta el punto de temerlo.
Era tan grave en su caso, que llevaba años sin mantener relaciones con el sexo opuesto por miedo a que descubriesen su fobia, a ir a una casa en donde hubiera un espejo a la entrada e incluso había cambiado de trabajo por no tener que subir en un ascensor donde pudiera reflejarse.
El tratamiento es extremadamente complejo, con pocos o nulos resultados. Hicimos algunos avances como traer un espejo a la consulta y tratar de mirarse poco a poco mediante una técnica llamada ?desensiblización sistemática?, pero el día en que debíamos dar el gran paso, Sandro no se presentó y nunca más supe de él.
No conseguí ligar su enfermedad con trauma alguno del pasado y no existía, en verdad, explicación. Es una enfermedad clínica rarísima y no he vuelto a tener ningún otro paciente con algo así, si acaso un paciente que sí traté con éxito que tenía fobia a su nariz y que había pasado por doce operaciones de cirugía estética.
Hay cosas que pasan en consulta que son misterios que estamos muy lejos de entender. Así que al saber que hace unos días se celebró el veinticincoavo aniversario de la aparición del album ?Thriller? de Michael Jackson, el gran dismorfofóbico de la historia contemporánea, me acordé de Sandro y me pregunté si seguiría sin entrar en lavabos públicos por miedo a encontrarse con un espejo, solitario y bulímico, odiándose por tener la forma que tenía y decidí escribir esto para rendirle mi pequeño homenaje y decirle, si acaso: ?No tengas miedo a mirarte, Sandro.?
Foto: Cortesía & © by Marcin Szwarc