(O: “El día que Kojak tuvo un ataque de celos”)
¿Adónde quedamos en la primera parte? ¡Ah, sí! En que me sacaba los zapatos y me acostaba al lado de Isidoro, “el gruñón”, en la angosta cama de la habitación de directivos y él se acurrucaba en mi pecho como un chiquito desvalido y yo lo acariciaba y él lloraba porque sentía que se había quedado solo en este mundo al morir su papá y me mojaba el ambo y no pasaba nada. Pero nada de nada, por más que puedan fantasear los malpensados y pese a todas las bolas y versiones que corrieron durante una semana seguida.
–De ahora en más no se sienta solo... si pudimos pasar este momento amargo juntos, podemos ser cómplices en la esperanza, doctor. Todos necesitamos saber, en momentos como éste, que tenemos un abrazo adonde refugiarnos. Dicen que la necesidad es una de las señales más seguras para el afecto... –le dije, y me miró sin responderme.
Me acuerdo que antes de irme, mientras me ponía los zapatos, me tomó una mano entre las suyas y con los ojos húmedos de tanta lágrima derramada me dijo:
–Gracias, Angelito... te quiero –y me dejó ir. Y volvió a ser el mismo gruñón malhumorado de siempre, lo que era un indicativo que seguía siendo Isidoro.
Cuando salí de la habitación, ya había empezado la hora de “hacer los pisos”. En el idioma hospitalario esto significa que hay un revuelo terrible de médicos y enfermeras que van y que vienen haciendo el recorrido por cada uno de los servicios.
Para desgracia mía, justo cuando estaba cerrando con suavidad la puerta de la habitación de Isidoro, apareció una de las arpías mayores del nosocomio: una de las enfermeras jefe –las llaman “cabas” quizás para equipararlas al más odioso de los rangos militares–, del piso de traumatología. Yo sabía que me tenía montada entre ceja y ceja porque le tenía unas ganas que ni les cuento a Kojak y él no le daba ni la hora y, para su mayor infortunio, era uno de mis amigos más compinches.
¡Ay! ¿No les dije? En el hospital a Robert todo el mundo lo llamaba Kojak... y no porque estuviera con un chupa-chup en la boca todo el tiempo, como se imaginarán.
Drástico como
era para ciertas situaciones de su vida, el día que se dio cuenta que las "entradas" del cabello ya tenían "salida" y "playón de carga" y se estaban transformando en calvicie, se rapó la cabeza y listo el pollo. Ese día, cuando entró a la guardia, el bromista que nunca falta comentó, en voz alta: “¡Oia! ¿Ahora Kojak trabaja en el hospital?”, y desde ese día nuestro odontólogo en jefe –porque Robert es dentista–, pasó a ser conocido como Kojak en el ambiente hospitalario de la zona y aledaños.
Bueno, mi relación con Ko... con Robert, es un ejemplo de esas extrañas situaciones en que dos personas se ven por primera vez y un minuto después, ya son como chanchos en el chiquero. Si fuera amor, sería a primera vista, como “el rayo” de los sicilianos.
El primer día que me vio –yo era una residente nuevita, sin estrenar, una especie de Caperucita Roja rodeada de Lobos Malos–, me dijo:
–Bebé... vení acá... Mirá que la especialidad de la casa son las vírgenes –el muy turro. ¿Cómo se había dado cuenta?
Debo haberme puesto toda colorada y todavía hoy no conseguí que me explique cómo se dio cuenta que en ese entonces y por más que yo estuviera “en edad de merecer”, no había conocido varón (como decía mi abuela del campo) ni le había visto la cara a Dios, (como decía Kojak).
Que yo recuerde, era el tipo más desbolado y bohemio que he conocido en mi vida. Su consultorio del hospital era un lugar tan caótico como su auto, un Citöen de esos que se armaban como un rompecabezas, en el que podías encontrar un paquete de sánguches de miga, una botella de un Cabernet Sauvignon de una cosecha privilegiada, una bolsa de alimento para perros –perro incluido–, y una palangana (vaya una a saber para qué la llevaba), junto con dos ambos usados y arrugados, un par de anteojos negros, una caja de profilácticos vacía, una bombacha de encaje negro y dos prótesis envueltas en papel de seda que él mismo habría pasado a buscar por lo del mecánico dental.
Una mañana entré al office y me miró por arriba de esos anteojos chiquitos que usaba.
–Angelito –me dijo–. ¿Me harías un favor?
–¿Qué favor, che? –le dije, bufando, porque ya le conocía las mañas.
–¿Me traerías un café más? –me pidió, con esa mirada tan propia de él, de nene que está por hacer una travesura.
Cuando le dejé el café junto al diario y me senté me dijo:
–¿Sabés? Vos y yo tenemos una cosa en común.
–¿De qué hablás, Robert?
–De que vos y yo nos equivocamos de vocación...
–¡Mjm! ¿Y por qué?
–Mirate: vos sos un desperdicio, bebé. A ver, parate... –me tomó de la mano y me paré junto a él. Me miró de arriba abajo y me hizo dar una vuelta a lo Mirtha Legrand–. ¿Ves lo que te digo?
–No, no veo.
–En vez de ese ambo verde que te disimula esas formas que Dios te regaló, Angelito, deberías usar unos jeans rosa bien ajustados y deshilachados en la botamanga, una camisita anudada en la pancita, sin corpiño, botas con tacos altos, un poco de maquillaje y un sombrerito.
–¿Qué decís, che?
–¿No entendés? ¿En serio no entendés?
–No.
–Vos y yo juntos. Vos, así vestida, con ese físico que tenés y yo que te haga de manager y te consiga clientes con guita y nos forramos de plata, Angelito. Acá, sos un desperdicio, bebé. ¡Podemos ganar fortunas, vos y yo!
–¿Por qué no te dejás de joder, eh? –le dije tratando de mantenerme seria, y lo único que conseguí es que soltara una carcajada.
Yo tampoco pude aguantarme.
Terminamos los dos llorando de risa, mientras las chicas de la cocina nos miraban como si estuviésemos para chaleco de fuerza.
Así era Kojak. Imposible resistirse a su ingenio y a su encanto.

Y si no me creen que lo digan las pacientes (“las pacientes”, género femenino) que hacían cola frente al consultorio del hospital. Cuántas –me pregunto–, hubieran podido pagarse un odontólogo privado en vez de venir a su consulta en el hospital. Sin embargo, venían y esperaban en los bancos de madera para que Kojak las atendiera... no sin antes cerrar la puerta del consultorio con el pasador.
Es que Kojak con su aire de angelote, su pelada, sus manos de obrero de la construcción –que desentonaban con su profesión–, y esa manía que tenía usar el ambo sin nada debajo (¡Pero nada de nada!), tenía ese atractivo que a la mayoría de las mujeres, las pierde.
Entre las perdidas, estaba la “caba” que me vio salir de la habitación de Isidoro. ¡Ufa!
Una hora más tarde, me lo encontré en la puerta del comedor de médicos.
–Hola niña bonita. ¿Tan temprano y ya yirando por los pasillos? –me dijo con una sonrisa, y me estampó un beso ruidoso en la mejilla. –¿Nos tomamos un cafecito? –me dijo.
–Dale. Me doy una ducha, voy hasta la dirección, arreglo unos papeles y vuelvo –le contesté.
–Nos encontramos ahí. Tengo que hablar con “el ogro” –señaló con un pulgar hacia el despacho del director.
–Dale.
Y allá fuimos. Él al escritorio de Isidoro y yo a la habitación de médicos. Me duché, me perfumé, me puse un ambo limpio y me tomé dos aspirinas para despabilarme, porque no había dormido casi nada. Y allá fui.
–Permiiiiisoooooooo –dije, abriendo la puerta del despacho de Isidoro.
–Adelante, mi Angelito –dijo Isidoro, con el tono de voz más suave y cariñoso que persona alguna le haya escuchado pronunciar en toda su carrera profesional.
Kojak abrió los ojos como si alguien le hubiera metido un palo en el traste.
–¡Ah, bueeeeeeeeeeeeh! –dijo, abriendo los brazos como un pastor evangelista en el momento del sermón. Una idea empezó a cobrar forma en su cabeza, aunque debo admitir que yo no me di cuenta.
–Angelito –dijo Isidoro–. ¿Te puedo pedir un último favor?
–Sí, doctor –le contesté, y de reojo vi que a Kojak se le paraban los pelos de las cejas, porque en la cabeza ya no tenía ninguno. La verdad, me preocupé. Algo le pasaba.
–Te dejo las llaves de mi despacho por cualquier cosa. Ahora, me voy a casa porque estoy molido, ¿sabés? –dijo Isidoro, poniéndose el saco del traje.
–Vaya y descanse, doctor... –le contesté, con una sonrisa.
Kojak no decía palabra pero sus ojitos vivarachos saltaban como dos bolitas de Isidoro a mí y de mí a Isidoro.
Dicen que todos tenemos un punto de quiebre. El de Kojak fue cuando Isidoro, después de ponerse el saco y ajustarse la corbata, tomó las llaves del auto, se me acercó, me besó en la mejilla y me acarició la cabeza.
–Gracias otra vez, Angelito –me dijo.
Kojak se agarró las manos con la cabeza. Sí. No es un error.
Se agarró las manos con la cabeza –sospecho–, para no estrangularme ahí mismo,
en presencia del director. Se puso colorado (bueh... más bien morado) y empezó a
rascarse y frotarse compulsivamente la pelada, como cuando tiene algún problema que lo supera.
–¿Y a vos qué te pasa? –le preguntó Isidoro, a punto de cerrar la puerta.
–Nada... nada... tengo neuralgia en el hipotálamo... –le contestó, sarcástico, nuestro odontólogo en jefe que no me dio tiempo a decir ni mus y salió casi al mismo tiempo que Isidoro, pero en sentido contrario.
Veinte minutos después, yo seguía sentada en la cafetería esperándolo. Hasta que apareció. Venía hecho una furia.
Apoyó las manos en la mesa, se agachó, me puso la cara casi pegada a la mía y me espetó:
–¿Sabés qué sos vos? ¡Una traidora! ¡Eso sos!
–¿Qué te pasa, che? –me eché para atrás porque me tomó por sorpresa.
–¿Qué me pasa? –me ladró en la cara, salpicándome con la saliva que parecía la de un perro rabioso–. ¿Qué me pasa? ¡Que me engañaste! ¡Trai-do-ra! ¿Me parezco a O.S.? ¿Eh?¿Tengo cara de forro, yo, eh, eh?
–Pará, Robert, que no entiendo...
–¡Ahhh! ¡La nena no entiende! ¡La nena es boludita! –gritó, con los brazos abiertos y la mirada en el techo, siempre en plan predicador que ha entrado en trance.
–No, Robert... no entiendo –dije, con mi mejor cara de nena inocente a la que lo único que le falta son las trencitas, los zoquetes y la chupaleta.
–A ver... A ver... ¿Vos me ves cara de gay, a mí? –se señaló la cara apuntándose con el índice de su mano derecha.
–Y... la verdad que no –le contesté.
–¡Nooooooo! ¡Claro que no! ¿Y sabés por qué no?
–No, yo...
–¡Porque no soy gay! ¡Y porque me gustan las minas! ¡Y si tienen tremendas tetas como las tuyas, deliro! ¡Porque soy de carne y hueso? ¿Sabías, nena? ¡Porque no creo en la puta amistad entre el hombre y la mujer! ¡Y porque me cago en las feministas!
–Pero Robi... yo...
–¡Robi las pelotas! –gritó, y las chicas de la cocina se asomaron para ver lo que pasaba como quien mira el culebrón de la tarde–. Me tuve que aguantar que Batman te “hiciera señorita” –se agarró el dedo pulgar de la mano izquierda con la derecha, como si fuera necesario llevar la cuenta–. ¿Y qué te gustó de Batman, eh? ¿Qué usa plataformas para parecer más alto? ¿Qué es “cuida” y “guardabosques”? ¿Qué carajo le viste, ehhhh?
–Robi, pará, loco... bajá un cambio...
–¡Y un huevo! –gritó, desbordado–. ¡Para tomar un café con vos había que pedirle permiso! –pasó a sujetarse el dedo índice. Era obvio que estaba haciendo la cuenta. –¡No se te podía ni hablar, porque el negro se ponía violeta!
–Pero Robert, pará... calmate... –le dije, sin atreverme a despegar el traste de la silla.
–¿Y el jugador de fútbol? –me preguntó. Bueno, más que preguntarme, me ladró.
–¿Qué pasa con...? –no me dejó terminar.
–¿Y “Perico”? ¿Eh, eh? –seguía enumerando, agarrándose dedo por dedo y yo con miedo que se los arrancara–. ¡Todos haciéndote la gamba para que lo entraras al hospital al atorrante ése!
–Pero Robert... ¿por qué te ponés así?
–¿Por qué me pongo asi? ¿Por qué me pongo así? –soltó los dedos y se agarró la cabeza con las dos manos y suerte que no tenía pelo, porque se los hubiera arrancado. Nunca lo había visto tan furioso.
–Sí, che... ¿qué te pasa?
–Primero Batman que se “comió el bomboncito” –dedo pulgar–. Después el boludo de las patas ágiles que jugaba al fútbol en primera –otra vez a estirarse los dedos de la mano izquierda con los de la derecha, pero ahora frente a mi cara–. A continuación el delincuente ése que se la daba de vivo porque te “sentaba arriba del Perico”... ¿Te parece poco, eh? ¿Te parece poco? Y ahooooora, la señoriiiiiiiita, también se voltea al directooooooor –canturreaba, como Jack Nicholson justo cuando está por matar a la mujer y al hijo en esa película del hotel.
–¿Qué-qué? –dije, tartamudeando.
–¿Me vas a decir que no pasaste la noche con “el ogro” en la habitación de directivos? ¿Me lo vas a decir, ehhhhhhhhh? –me gritó, nariz contra nariz, echando espuma por la boca y yo con miedo que empezara con las convulsiones en cualquier momento.
–¡Uh, no! ¿Quién te dijo eso?
–¡La caba me lo dijo! ¿Y qué?
–Es que no entendés, Robert... –quise explicarle.
–¿No entiendo? ¿Así que no entiendo? ¿Y tampoco veo? ¡No me hace falta entender, nena! ¡Te veo! ¡Te-veo! –por un momento estuve seguro que no eran convulsiones, que en cualquier momento empezaba a fibrilar y miento si digo que no me asusté–. ¡Y-sin.len-tes! Ví con estos ojitos –se los señaló con dos dedos–, cómo te trataba Isidoro. “¡Por favor Angelito! ¡Gracias Angelito!” ¡Lo-vi-con-es-tos-o-ji-tos! –silabeó, con el rostro congestionado y las dos venas de la frente tan hinchadas que daba la impresión que iban a reventarle en cualquier momento. “A este le da un infarto cerebral”, recuerdo haber pensado.
–Robert... –me salió decirle y no sé cómo–. ¿Estás celoso..? –lo dije con mi mejor tono apaciguador de locos furiosos.
–Y si estuviera celoso... ¿QUÉEEEE? –me ladró.
–Pará un poco –le dije, y me atreví a extender una mano y la puse sobre una de las de él–. Dejame que te explique, ¿sí?
Bufó. Miró hacia el techo. Dijo en voz alta: “¡Bajá, Manolo!” Corrió la silla. Se sentó y me miró a los ojos.
–¿A ver qué inventás?
–No invento, te cuento...
–Probá...
Y le conté. Estuve hablando como media hora y Kojak, mirándome serio, sin moverse, sin pestañar, y creo que hasta sin respirar, pero con las venas de las sienes hinchadas.
–¿Entendés? –le pregunté, cuando terminé el relato de lo que había pasado.
Siguió sin hablar, pero se pasó la manga del ambo por la frente y después por debajo de la nariz para secarse la transpiración. Dio un respingo. Se echó hacia atrás en la silla, como estudiándome y después me hizo una seña con el índice para que me acercara. Él hizo lo propio.
–¿Sabés una cosa, Angelito? –me preguntó, casi susurrando.
–¿Qué?
–Me parece que te equivocaste de profesión –dijo él.
–Ya me lo dijiste, Robi... tendría que ponerme unos jeans rosa ajustados, una blusita anundada en la pancita...
–No, no, no –me interrumpió.
–¿No?
–No.
–¿Entonces? –le pregunté, segura de que iba a salirme con alguna guarangada.
–Tendrías que haber sido monja, bebé... de esas que van al África –dijo, muy serio.
Acto seguido se levantó de la silla, inclinó su cuerpo hacia mí, me dio un beso en la frente, me hizo una caricia en el pelo y se fue sin decir ni una palabra.
Ése fue el día que comprobé que también él –humano al fin–, podía sentir celos.
Así era –así es–, Robert, mi amigo del alma. Al que todos llaman Kojak.
Ése que aunque nadie lo sepa, paga de su bolsillo las composturas de las prótesis de los pacientes que no tienen ni para comer.