I can hardly wait
For another taste of honey
I can’t describe
How good it feels inside.
“Honey”, Mariah Carey
Llevábamos tres horas encerrados en aquella habitación de motel en la que me hacías disfrutar de sensaciones y experiencias con las cuales yo hasta entonces sólo había soñado y fantaseado. En ese tiempo perdí la cuenta de las innumerables veces que me habías llevado al límite del placer y hecho estallar como una luz de bengala. La piel me ardía. El corazón me latía desbocado. Mi mente era un torbellino.
Trataba de pensar en algo que te sorprendiera tanto como tú me habías impresionado a mí con tu increíble resistencia, las innovadores posiciones que me hacías probar y aquel maravilloso abanico de conocimientos de sexo tántrico que desplegabas en nuestro primer encuentro. Por suerte, recordé un libro que había comprado justamente para profundizar en mis estudios del Tantra y en especial un capítulo titulado “Garganta profunda”.
Aproveché que te ausentaste unos minutos para ir al baño y me acosté boca arriba en la cama, ubicándome de modo que la cabeza me quedara colgando al borde de ésta y justo frente a la puerta del baño. Cuando regresaste a la habitación me encontraste en aquella extraña posición, te reíste y preguntaste si me habías enloquecido y ahora me estaba irrigando el cerebro para ver si recuperaba la razón.
Sonreí con mucha malicia, negué despacito con la cabeza y fue suficiente que te hiciera señas con el dedo indicándote que te acercaras para que entendieras lo que yo deseaba hacer. El entendimiento entre nosotros había surgido en forma inmediata y casi no necesitábamos hablar para saber lo que queríamos. Sin tardanza recorriste la escasa distancia que te separaba de la cama y te paraste frente a mí, colocándote sobre mi cara y con las piernas ligeramente abiertas.

Tome tu pene con la mano y me lo llevé a la boca para irlo introduciendo con lentitud y mucho cuidado. A cada inhalación me metía un poquito más y mientras exhalaba te acariciaba los testículos, el perineo y la parte interior de los muslos. No parabas de suspirar y decirme cuán rico te resultaba aquel cúmulo de sensaciones que estabas experimentando. Notaba cómo te estremecías con las caricias y con cada pedacito que iba entrando.
Hasta que no tuve todo tu falo duro y recrecido dentro de mí no comencé a subir y bajar la cabeza al tiempo que multiplicaba mis toqueteos por varias zonas de tu cuerpo. Los suspiros se convirtieron en gemidos y los estremecimientos en un temblor continuo que te recorría los muslos y la pelvis. Yo seguía metiéndolo y sacándolo de mi boca a medida que inhalaba y expiraba, disfrutando de aquella penetración que me rozaba la garganta.
Chupé con ganas y total avidez. Te acaricié hasta que tus recovecos se grabaron en la memoria de mis dedos. Apenas me detuve un instante, cuando me preguntaste si podías acabar, para responderte que sí. Entonces te derramaste en mi boca y tuve el privilegio de probar tu exquisito sabor por primera vez. Supe que me resultaría muy difícil resistir las ganas de beberte siempre.
Te echaste en la cama y me moví para recostarme junto a ti. Me abrazaste y viéndome a los ojos dijiste:
–Intuía que tú también tenías más de un truco en de la manga, pero jamás imaginé que los habías aprendido en un circo.
–¿En un circo? –pregunté extrañada.
–Sí, porque es obvio que ese te lo enseñó una tragaespadas –contestaste mientras buscabas mis labios.
Foto: “Singing in the room” Cortesía & © by Martin Kovalik