–¿Qué te pasa? ¡Che! ¡Dale! ¡Vamos! ¿Te dio un vahído? ¿Te desmayaste?
–Enana... –dije, y todavía no sé cómo, porque además que el barco se movía, todo me daba vueltas–. Si seguís tirando de mi brazo me lo vas a arrancar... ¡Paráaaaaaaaa!
Me costó volver a enfocar la vista. Una d dos: o yo estaba dando vueltas en el barco o el barco se movía dando vueltas alrededor de mí, lo que era imposible, porque hubiera violado todas las leyes de la física de Newton de la que –debo admitirlo– mucho no aprendí en el secundario porque en el Liceo de la calle Carabobo la profesora era i-na-guan-ta-ble y yo, para los números –excepto los que aparecen en los resúmenes de los plásticos–, fui, soy y creo que seré un desastre.
–Paren el barco... me quiero bajar –murmuré, con la boca seca y el regusto de la descomunal vomitona que se me desató en mitad de la noche, justo cuando con “El Capi”, estábamos por pasar a mayores.
–Si te bajás acá, te ahogás seguro –dijo El Capi–. ¿Por qué no esperás a que lleguemos a Colonia?
–Beti... –llamé.
–Acá estoy, Angelito –la voz de La Enana Maldita, proveniente de algún impreciso lugar de la Galaxia.
–Tengo miedo... Prometeme que es la última vez que me subís a un barco...
–Pero... che, ¿no era que te gustaba el mar, a vos?
–Sí, visto desde la playa o desde la ventana de mi departamento...
–Bueno, esto tampoco es el mar... apenas si es la desembocadura del Río de la Plata –consideró que tenía que aclarar El Capi.
–¿Es de agua?
–Y... sí.
–¿Es profundo?
–No tanto como el mar.
–¿Uno se puede ahogar, acá?
–Si no sabe nadar y pierde la calma y no tiene salvavidas, sí –hombre honesto, el tipo. Ya era algo.
–¿Cuál es la diferencia, entonces?
–¡Uh, nena! ¡Vos y tu fobia a navegar! Deberías consultar a un psicólogo, ya te lo dije.
–Beti, no me jodas.
–Ese es el trauma que te dejó la bruja de la madre de tu ex. Bueno, qué se puede esperar, era de Cáncer.
–¿Querés que te haga traer un café? –preguntó el Capitán y sentí que tenía ganas de salir corriendo a arrodillarme junto a la taza del inodoro.
–No, mejor no le traigas nada... cada vez que recuerda a la bruja de la ex suegra y la manía que tenía con los cruceros, se descompone.
–Beti –dije, en voz suavecita, mientras reprimía la última náusea.
–¿Sí, mi cielo?
–¿Te habías depilado?
–Toda.
–¿La "chuchis" también?
–Como cuando tenía dos años... –se interrumpió, porque de haber seguido hablando hubiera tenido que decir que a todos los gallegos empieza a crecerles vello hasta debajo de las uñas después de los cinco años–. Y duele como la gran flauta.
–¿Te estoy estropeando algo?
–Mjm –la miré y el gesto era mitad fastidio, un cuarto de odio, veinte por ciento de ganas de matarme y un cinco por ciento de preocupación porque me había caído redonda en el puente de mando del capitán en el momento en que, desde esos ventanales amplios que tienen todos los puentes de mando, miré hacia delante y todo lo que se veía era agua. Y más agua. Y más... hasta donde se perdía la vista, todo era agua.
Entonces, de pronto, vi todo negro y ¡Zas! Me caí redonda ahí nomás.
–Dale, andá... ya estoy bien –le dije.
–¿Seguro? ¿No me estás mintiendo? –al fin y al cabo, la Enana Maldita tiene su corazoncito y me quiere.
–No, dale, todo-bien... Ya pasó –dije y, para mostrarle, me incorporé en la amplia cucheta en la que me habían recostado, porque creía recordar que me había desmayado en el puente de mando y no recordaba que hubiera ninguna cucheta marinera ahí.
Todo esto, pasó el día que se me ocurrió hacerle caso a La Enana, que había ligado, vaya a saber de quién y cómo, cuatro pasajes para ir a Montevideo en Ferry.

El día que se me dio por jugar a la marinerita. Toda una odisea, peor que la de Ulises, la mía.
Porque puedo viajar en avión de día, de noche, a la tarde, con tormenta, con rayos, truenos y nubes, sin que se me mueva un pelo.
Pero eso de ir arriba de algo que flota... ¡Ay, mi Dios!
¿Qué pasó con la Enana Maldita?
Salió, lo más campante, y se volvió al camarote donde la esperaban sus dos “bombonazos”, a los que había tenido que abandonar en lo mejor del asunto, porque a mí me había dado una lipotimia.
(Después les sigo contando porque solamente de acordarme, me da un vahído).
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