Colección Voyeur

Lunes 14 de Abril de 2008
Horas extra

Y hay quien no se entera
de que somos los mismos
envueltos en novedad.
Este mundo va, Miguel Bosé

Una de las ventajas que tiene el trabajar como intérprete de conferencias es el anonimato con que desempeñas tu profesión. Desde las sombras de una cabina de interpretación puedes observar a muchas personas que ni siquiera se enteran de tu existencia. Como por lo general los eventos en los que prestamos servicios duran varios días, esa privilegiada posición nos permite espiar a nuestras anchas e incluso llegar a conocer algunas de las pequeñas manías de los participantes.
Sin embargo, por mucho que éste fuera el tercer año consecutivo que me contrataba esa aerolínea internacional para hacer interpretación simultánea en su conferencia anual, que llevara dos días observando a su presidente sentado en la mesa principal junto con los otros directivos, y que hubiese estado hora y media traduciendo su discurso sobre el lanzamiento de la nueva plataforma de reservaciones en línea, jamás me habría imaginado el tipo de juegos íntimos que le gustaban a aquel señor que, a pesar de su simpatía natural, tenía un aspecto serio y distinguido.
Aquella noche estaba agotada después de la intensa jornada, pero no quería quedarme encerrada en la habitación e invité a mi colega para que bajáramos a alguno de los bares o restaurantes del hotel a tomarnos un par de tragos, a conversar y a distendernos un poco. Pero ella me dijo que prefería descansar y tuve que ir sola. Bajé resignada a pasar una velada aburrida, espantando a los seductores de oficio que habitualmente pululan en estos sitios o a algún borrachito solitario en busca de alguien a quien contarle sus cuitas.
Cuando llegué a la planta baja, me sorprendió encontrarme con una fiesta animadísima que el personal del hotel intentaba, en vano, limitar a los locales nocturnos y la cual se propagaba por donde posaras la vista. Pasillos, el hall de entrada y todos los sitios visibles estaban copados de gente con botellas o vasos en la mano, vestidos con los colores de la aerolínea y alborotados como si llevaran horas festejando. Había olvidado que en ese mismo hotel se alojaban todos los asistentes al evento, desde la alta gerencia hasta los empleados que debían hacer presentaciones o atender las exhibiciones, y que eran famosos en la industria aeronáutica por las parrandas que organizaban cada año.
Decidí unirme a la celebración, porque –a pesar del cansancio– me sentía de ánimo festivo. Me dirigí a uno de los bares y  tras abrirme paso hasta la barra, pedí un mojito y me sentí en uno de los altos taburetes a ver lo que sucedía a mi alrededor. Quiso la casualidad que justo a mí lado se encontrara sentado el presidente de la aerolínea y que él también estuviera bebiendo un mojito; así que la conversación surgió de forma inmediata:
–Veo que compartimos gustos –me dijo en inglés.
–Sí, eso noté –le respondí en el mismo idioma. –Parece que a los dos nos gustan las bebidas con ron.
–¡Su voz! –exclamó sorprendido, al tiempo que me escudriñaba con la mirada, como si buscara algo en mi cara que le permitiera reconocerme, y agregó –: Su voz me resulta muy familiar.
Estaba a punto de explicarle que por supuesto debía sonarle familiar ya que desde hacía tres años era yo quien le permitía enterarse de lo que decían sus gerentes latinoamericanos en estas conferencias anuales porque me encargaba de interpretar sus palabras para él, cuando me interrumpió:
–Usted no trabaja en mi aerolínea.
–No, es cierto, no trabajo en su aerolínea.
–¿Y cómo es que está acá? –preguntó, cada vez más extrañado.
–Porque en cierto modo sí trabajo para usted –le respondí en forma enigmática, intentando prolongar un poco el misterio de mi presencia en aquel sitio. Su siguiente pregunta me desconcertó:
–¿Bailamos? –me dijo, extendiendo su mano para invitarme a la pista de baile, sin darme oportunidad de responderle.
Estuvimos bailando por más de dos horas.  De vez en cuando, parábamos, bebíamos mojitos y conversábamos. A cada trago que tomábamos y cada nueva canción que bailábamos, iba surgiendo mayor confianza entre el presidente de la aerolínea y yo. Al punto que en un momento dado, me pidió que nos dejásemos de tantos formalismos y que lo llamara simplemente Bob o Robert. Yo hice lo mismo, diciéndole que me llamara Ana.
Robert era un hombre muy atractivo y simpático, de carácter jovial y cuyos modales sencillos le ganaban la amistad de quienes lo conocían. Recién acababa de cumplir cincuenta años, era alto y de contextura atlética ya que, según me comentó, practicaba deportes desde joven. Tenía el cabello entrecano y una sonrisa tan dulce y hermosa, que era capaz de derretir a un témpano de hielo. A nuestro alrededor, sus gerentes y empleados se comportaban como si estuvieran con uno más de la empresa.
Faltando poco para la medianoche, mientras bailábamos una canción lenta, apretó su abrazo y me besó en la boca, para luego susurrarme al oído:
–Voy a subir a mi habitación, ¿quieres pasar el resto de la noche conmigo?
Sin pensarlo ni un momento le respondí que sí y nos marchamos del sitio. Mientras subíamos en el ascensor hacia la suite en la que se alojaba, nos besamos y toqueteamos, dando rienda suelta al deseo que evidentemente sentíamos. Al llegar a la habitación, Robert volvió a tomarme entre sus brazos y a besarme con mucha pasión. Me fue desvistiendo con lentitud y cuidado. Se quedó maravillado ante mi pubis de vello recortado, me tendió sobre la cama y procedió a besarlo, lamerlo, chuparlo, tocarlo y prodigarle las caricias más sensuales que pudiera imaginar.
Me sentía en la gloria absoluta con las atenciones brindadas por aquel magnífico ejemplar del sexo masculino, que multiplicaba lengua, labios y dedos y se demoraba entre mis piernas para hacerme acabar en un orgasmo sin fin. Cerré los ojos para disfrutar del momento y cuando los abrí de nuevo, Robert estaba tendido a mi lado en la cama. Me abrazó y hablándome al oído me pidió en un tono casi implorante:

–Ahora quiero que te subas a mí –decía con respiración entrecortada, –y me pases la vagina por la cara.
–Sí, Robert –fue lo único que atiné a contestarle.
–Quiero que lo hagas muy despacio, como si estuvieras borrando un pizarrón. –seguía diciendo en el mismo tono de súplica. –Pásala con toda la lentitud de la que seas capaz, Ana.
–Sí, Robert, continuaba respondiéndole.
–Mientras lo haces, imagina que con tu vagina borras toda huella de dignidad de mi rostro. –agregó.
Aquellas palabras me extrañaron, pero las atribuí a la pasión del momento. Me subí a él a horcajadas y comencé a moverme sobre su cara con movimientos lentísimos y deliberados. Podía sentir cómo se estremecía a cada contacto de mi vagina con su rostro y por el movimiento de sus manos entendí que se estaba masturbando. Aumenté la presión de mi cuerpo, sin variar la velocidad, y lo escuché suspirar, gemir y pedirme que siguiera haciéndolo de esa manera, que era como le gustaba.
Proseguimos un buen rato con aquel juego. De vez en cuando, Robert abría la boca, tratando de atrapar los labios de mi vagina con los suyos; pero yo se los hurtaba sólo por el placer de jugar con él y luego se los ofrecía, para que los chupara. Entonces sus gemidos se volvían exclamaciones de gozo. De pronto, dijo algo que me dejó estupefacta:
–Oríname, por favor, Ana.
–¿Cómo? –le pregunté, sin salir de mi asombro.
–Ya me borraste la dignidad, ahora lávala. Mientras lo haces, háblame y dime justamente eso.
Yo nunca había hecho algo así y muchos menos a un hombre poderoso e importante, así que me daba algo de vergüenza. Sin embargo, comprendí que eran sus deseos y lo hice, no sólo para complacerlo, sino también para probar qué sentía yo al hacerlo. Pronto el líquido tibio salió de mí y lo vi bañando su rostro. Robert gritaba de placer, mientras el líquido ambarino lavaba los restos de dignidad que yo no había borrado con mi vagina. Noté que estaba por acabar y dentro de mí, por increíble que me pareciera, también comenzó a formarse otro orgasmo.
Ambos estallamos casi al unísono. Aquella noche dormí acurrucada entre sus brazos y pegada contra su pecho. Me desperté poco después del amanecer, me deslicé fuera de la cama sin hacer ruido y me vestí para marcharme a mi habitación. Debía prepararme, porque la conferencia continuaba y ese día estaban previstas varias interpretaciones.
Cuando una hora después, mi colega y yo llegamos a la cabina de interpretación, un hermoso ramo de orquídeas me estaba esperando. La tarjeta decía tan solo: “Hasta esta noche y muchas gracias, R.

Foto: Cortesía & © by Michael Papendieck

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
14 Abril 2008 - 06:46
Enviar un emailAngel
Mi extrañable amiguis...nada más cálido en ésta mañana MUY FRIA, que pasar por ésta lluvia dorada... Un bezote, te quiero. Angel.
14 Abril 2008 - 08:14
Enviar un emailVero
Anamar querida: Sencillamente un post que contiene una noche completamente cautivante... una experiencia distinta. Dejando de lado mi estado (casi gripal), fue reconfortante leerte en esta mañana muy otoñal. Excelentes vibras para esas ''horas extra''!!!!!Besote.Vero
14 Abril 2008 - 09:42
Miguel Angel Cheru@
Lluvia dorada!!!! Hum que rico... Anamar: disfrutá de esa estimulante y gratificante experiencia... Vero: mejoráte pronto. Angelito: ojo con las anginitas de pecho te quiero al 100%100 FULL TIME... Y si te agarrás una " angina de pecho " la personas de tu " zona " se va a quedar sin aire!!! A las tres un beso. Miguel Angel.
14 Abril 2008 - 11:14
Enviar un emailHermes Federico
Excelente Anny. Jústamente acababa de enviarte un pedido, mientras lo escribía te ví subir, terminando leí tu seña. El erotismo es la más sofisticada forma de la energía telúrica que a todos nos alienta...
15 Abril 2008 - 14:42
La Banda
Anamar: me encantan las horas extras que no se pueden justificar.... Preguntále a tu amiguisssss ANGEL... Cuantas tenía por mes... Es más todavía esta Compesando...jajajajja Un beso. La Banda.
17 Abril 2008 - 15:15
Enviar un emailgeorge
Anamar, estas hablando de mis sueños, de una fantasia que siémpre tengo en la mente... un besito.
21 Abril 2008 - 10:00
Enviar un emailAnamar
¡Gracias, muchas gracias a tod@s por la lectura y los mensajes! Reciban un beso, no compartido, sino un beso para cada uno.

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