¿Lipotimia, dije? Lipotimia acompañada de desfallecimiento, síncope, desvanecimiento, vértigo, vahído, mareo y aturdimiento. Todo eso junto y al mismo tiempo. Colapsé-mal.
La Enana Maldita que me sacudía, el barco que se movía ?es lo que se espera de un barco, ya sé, ya sé?, alrededor de mí o yo que giraba adentro del barco y el capitán que no sabía qué hacer para que me recuperara.
¡Ay, Dios! ¡Qué momento!
Todavía, cuando me acuerdo, me da vergüenza y me pongo colorada aunque esté sola, porque si en mi vida hice un papelón de esos que uno no se olvida nunca, fue ése.Y todo por la invitación para pasar un fin de semana en Colonia, ida y vuelta en barco.
Resulta que por ese entonces mi amiguis, además del hospital, tenía otro trabajo en una clínica. Y estando de guardia le había curado un estiramiento de ligamentos producto de un mal movimiento jugando al fútbol, a un chichi ?un ?bombonazo?, como los llama ella?, que resultó ser uno de los oficiales del barco. Él, en agradecimiento por los servicios prestados (¿por qué me huelo que además del ligamento la Enana Maldita le había estirado algo más?), la invitó a pasar ese fin de semana en Colonia y le dijo que si quería invitar a una amiga, sería bienvenida por él y por el capitán. Y es que el oficial y su jefe eran bastante amigotes y compinches.
Y ella, por supuesto, me invitó a mí sin saber lo que podía llegar a pasar.
Ocurrió que ni bien pisé la cubierta, sentí como un sofoco... ¿vieron? Bueno, el sofoco tenía que ver con el terror que me produce estar parada sobre cualquier superficie que flote, sea un bote a pedal de los lagos de Palermo o uno de esos paquebotes que te llevan a pasear por el Caribe. Me da lo mismo.
Un patatús.
Ese día, haciendo un esfuerzo sin precedentes, y para no estropearle el fin de semana a mi amiguis, me las aguanté como una Lady hasta que, después de haber salido del puerto y de navegar durante algo más de una hora, el bombonazo al que la Enana le había arreglado el estiramiento y otro oficial más nos dijeron que estábamos invitadas a cenar con ellos dos y con el capitán, que resultó ser un tipazo de lo más caballero de algo más cuarenta años, canoso, cortés, apuesto y extremadamente elegante en su uniforme blanco.
Prefiero no acordarme de esa cena en la que ?como chico malcriado de madre psicóloga?, casi no probé bocado, pese a que el Capi trataba de ser conmigo todo lo galante y obsequioso que puede ser un hombre al que una le alborota las fantasías a primera vista.
Si hubiésemos estado pisando suelo y no de barco que flota en el agua, creo que hubiéramos tenido onda, el Capi y yo. Pero en ese momento en lo que menos pensaba era en hacer travesuras.
Acto seguido, y como si mi objetivo fuera estropearle un
poco más el fin de semana a todo el mundo (yo incluida), me sentí en la
obligación de aceptar la invitación del Capi para ir al puente de mando y mirar desde ahí el río en medio de la noche. De lo más romántico para cualquiera, menos para mí, y eso que cuando lo veo a Leonardo Di Caprio en ?Titanic?, el corazón me late más fuerte. Debe ser porque me acuerdo de mi ex-suegra, que se moría por presumir con que se iba a un crucero, y se me revuelve el estómago.
Ahí, en el puente de mando, fue cuando me dio el primer patatús.

Cuando recobré la conciencia, estaba en la confortable cama del camarote del Capi. Para cualquier otra mujer, hubiera sido de lo más glamoroso y romántico. Un lujo. Y si en vez de estar en un barco hubiera sido en tierra firme, me hubiera derretido como un helado en día de calor. Pero no hay caso. De sólo saber que estaba en un barco, adiós glamour.
?¿Un poco mejor? ?dijo una voz a mi lado, cuando abrí los ojos. El Capi.
?Mmm... ?es todo lo que atiné a contestar.
?Tranquila... no tenés por qué preocuparte ?un dulce, el Capi.
?Me da vergüenza, pero es más fuerte que yo ?dije.
Tengo que aclarar que el Capi hizo todo lo posible para que me recobrara y pudiera superar ese miedo irracional. De alguna manera lo consiguió porque empecé a tranquilizarme y me dormí.
En algún momento de la noche, un rato después, me fue embargando una sensación placentera y como no me acordaba adónde estaba, me dejé llevar por la ensoñación.
Si era un sueño, no quería despertarme, así que me quedé muy quietita mientras unas manos me acariciaban el cuerpo y unos labios me rozaban el cuello. Me recorrió un escalofrío de pies a cabeza y se me erizó la piel y cuando se me eriza la piel tengo una tendencia natural a abrir las piernas y...
Y en esas estábamos, con el camarote apenas iluminado, yo que me había olvidado que estaba en un barco y el Capi que se había puesto mimoso y estaba dale que te dale con los arrumacos cuando de pronto:
?¡Ayyyyyy! ¡Ohhhhh! ¡Me muero! ?una voz de mujer que gritaba.
Por alguna razón en mi cabeza se asociaron ?Me muero? con ?Nos hundimos?.
Entonces se desató la catástrofe.
Después la Enana Maldita me contó que como si no fuera suficiente con haberle dejado la cama, la alfombra y los muebles del camarote hechos un estropicio, también vomité sobre el inmaculado uniforme blanco del pobre Capi.
Un asco.
?¡Pero yo escuché que una mujer gritaba que el barco se hundía! ?protesté, haciendo pucheros, mientras ella pagaba el pasaje.
?No digas pavadas ?me contestó ella, con un humor de perros.
?No digo pavadas ?insistí?. La mujer gritó ?¡Me muero!? Y yo pensé que el barco se estaba hundiendo.
La Enana levantó la ceja derecha. Mala señal. Sólo le sale ese gesto cuando está muy enojada. Y cuando está muy enojada y levanta la ceja derecha, mejor cerrar el pico.
?Era yo, tarada... ?dijo, y me hizo una seña para que subiera al ómnibus con el que me volví a Buenos Aires.
En ese momento me acordé que cuando la Enana tiene un orgasmo, grita como si se estuviera hundiendo el Titanic.
Creo que todavía hoy, cada vez que se acuerda de aquel fin de semana de pesadilla, le dan ganas de estrangularme.
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