La primera vez que me acosté con un hombre no hice el amor. No hubo ?Te quiero?, pero sí mucho deseo. Tampoco miraditas tiernas, más bien fueron lascivas. Fue puro sexo y sucedió así porque yo quise que fuera de esa forma, ni más ni menos, y no me arrepiento en absoluto.
Iba a contaros que le conocí por causalidad, pero no sería del todo cierto. Digamos que él ya se había fijado en mí y esperó el momento oportuno para provocar el primer encuentro, aunque de eso me enteré más tarde. Pese a que vivimos relativamente cerca no había reparado en él, aunque sí en su coche. Solía contemplarlo a menudo aparcado en la puerta de su casa, un modelo que siempre me ha llamado la atención.
No sé si será algo fuera de lo común, pero determinados coches siempre me han dado mucho morbo. Suelo fantasear, imaginando el prototipo de hombre que me gusta al volante del coche en cuestión, lo que activa de forma inmediata mis más íntimos deseos.
Con el paso de los años he llegado a la conclusión, y no exagero, que para mí es una especie de ?objeto fetiche?, algo no imprescindible, pero sí altamente motivador. Me apasiona sobremanera practicar el sexo dentro de un coche que me estimule, a pesar de que existen lugares mucho más cómodos, pero Natalie no suele buscar precisamente la comodidad como factor principal en sus relaciones sexuales.
Víctor y su coche hacían una pareja estupenda. Vamos, que ninguno de los dos tenía desperdicio. Me encantó su descaro y su sentido del humor cuando se decidió a abordarme en plena calle. Me hizo reír, mucho, y tomamos algo en una cafetería cercana esa misma tarde.
Me sorprendió gratamente al revelar que solía verme todos los días durante mi etapa escolar, cuando regresaba del colegio y él lo hacía del trabajo, contándome detalles que me hicieron recordar y sonrojar.

Al comenzar mi etapa universitaria, mi uniforme de colegiala (faldita de cuadros incluida) dio paso a los vaqueros, las blusas escotadas, los vestidos y los zapatos altos de tacón y el destino hizo que continuase pasando por esa calle prácticamente a diario. Él sólo tuvo que encontrar el momento adecuado. La buena química y la tensión sexual que surgieron entre ambos desde el principio hicieron el resto.
Una tarde, después de clase, vino a recogerme a la facultad en su maravilloso coche. Íbamos de camino al cine, había comprado un par de entradas para el estreno de una película. No sé en qué momento exacto me desvinculé por completo de la conversación que estábamos teniendo, sólo recuerdo que le pedí que parara el coche.
No sé si fue el coche, la llegada del verano, la visión de sus perfectos abdominales a través de la camisa medio abierta o la forma en que manejaba la palanca de cambios, pero supe que ése era mi momento.
Entre besos y tocamientos más que insinuantes por mi parte hizo lo que pudo por dejar el coche medianamente bien estacionado. Recuerdo su lengua por todo mi cuerpo mientras me quitaba el vestido, sus palabras de deseo, cómo me apretaba fuerte con sus manos, tanto que a la mañana siguiente me desperté con señales más que evidentes, y cómo literalmente le rogué que entrase dentro de mí... en la parte trasera de aquel coche me coloqué a horcajadas sobre él, y todo evolucionó de forma natural.
Fue mi primera vez, pero creí morir de placer.
En ningún momento supo que él era "el primero". De hecho, nunca se lo dije y creo que ya nunca lo haré. No buscaba que me tratara con ternura, suavidad, delicadeza... en ese momento lo que el cuerpo me pedía era sexo, pasión, desenfreno... ya habría tiempo para hacer el amor estando enamorada, y claro que lo hubo.
Nuestros encuentros fueron frecuentes hasta que conocí a D. y el amor dio un vuelco a mi vida. No exagero si os aseguro en confianza que más de la mitad tuvieron como escenario principal el ?coche fetiche?, y no precisamente por falta de alternativas.
Aún hoy si pienso en Víctor me viene a la cabeza inmediatamente el recuerdo de ese coche... sigue siendo uno de mis favoritos.
Foto: Cortesía & © by Pascal Abadie