Tengo una paciente con ideas claras pero grandes bloqueos a la hora de actuar. Está dispuesta, quiere, desea, sabe que es lo mejor, y anhela, separarse de su pareja. Pero lleva meses sin hacerlo. El problema (tal cual lo explica ella misma) es la vergüenza que siente sólo de pensar en enfrentarse ya no a él, sino a su familia y amigos:
–Me muero de vergüenza sólo de pensar que tengo que colocarme frente a mi madre después del café de los domingos, y decirle que voy a separarme. Mi madre lloró el día en que le dije que íbamos a tener un hijo. Mi madre adora a ese hombre. De hecho, todo el mundo le adora. Me imagino a mis amigas juzgándome, llamándome loca, diciéndome que estoy cometiendo un error. Cuando tengo ese tipo de pensamientos, creo que quizás tengan razón, y yo esté a punto de cometer una insensatez.
Le recuerdo en este punto la cantidad de motivos que ha estado esgrimiendo, uno tras otro, para resolver que desea separarse. Lo hago como si fuera una niña pequeña: “Venga, empecemos por el motivo número uno. Y yo lo iré repitiendo contigo.”
Y ella dice: “No le amo” y yo repito: “Así que no le amas. Pero ese debe de ser un motivo muy pequeñito, intrascendente” Ella adopta de pronto posición de ataque, con su cuerpo avanzado, manos sobre la mesa: “No. Ese es el motivo más grande que tengo. Si no amo a mi pareja, ¡no puedo seguir junto a ella!”
–Tranquila, –sonrío–, es que tienes ese motivo, no le amas, pero todo se detiene frente a la vergüenza de hablar con tus familiares de ello. Visto desde mi silla, y utilizando simplemente la lógica, diría que es más importante no sentir vergüenza que no amar. Y por eso llevas meses sin hacerlo.
Lo hablamos en el momento, lo entiende, respira, sale fuerte, dice “será esta noche, esta noche hablaré con él” pero regresa a la siguiente sesión hundida. A veces utiliza excusas absurdas, como que ha estado muy ocupada o que su pareja está pasando un mal momento, o que el bebé de año y medio que tienen lleva varias noches sin dormir.

La realidad es que esa vergüenza de verbalizar esconde mucho más que el simple temor a ser juzgado o a la reacción de los demás. Esconde la confirmación verbal del acto. Ese acto que a veces verbalizamos y no somos capaces de llevar a cabo, como mi amiga Laurita que sigue diciéndole a Adrián que no volverán a follar pero se muere por follar con él, y por eso, sigue haciéndolo. Pero cuando sí sabemos lo que queremos, cuando estamos dispuestos, cuando no se esconden detrás de eso que queremos hacer ningún tipo de duda, todos sabemos que el paso siguiente a decirlo es hacerlo.
A mi paciente, en realidad, no le importan las opiniones puesto que en realidad no tiene ni idea de ellas. Es más, en el cien por cien de los casos que he llevado similares, nunca ha habido familiar ni amigo que juzgue, bien al contrario: ante un anuncio así, todos reaccionan con comprensión, tristeza o desconsuelo, pero con absoluto respeto y comprensión.
Lo que mi paciente hace es tener diálogos consigo misma a través de esas supuestas opiniones. Y la vergüenza no es sino el temor a la certeza de que una vez dicho, hecho. Así va retrasando ese momento, algo en su cabecita le dice que quizás no haga lo correcto, que puede equivocarse.
Yo le digo que si no pensara en que puede equivocarse no estaría tomando una decisión, estaría adivinando el futuro, y eso, a estas alturas, no me lo creo. Que no tenga miedo. Que ella sabe que decirlo es hacerlo. Y que quizás precisamente decirlo le ayude a acabar de hacerlo. Que los meses pasan, y el amor se diluye cada vez más. Y todos y cada uno de los motivos para separarse se van soportando con el tiempo. Que si no habla ya, se va a conformar y tendrá por vida conyugal una vida insulsa, donde se hace el amor una vez por semana sin pasión y con obligación y en donde cuando te preguntan sobre tu marido tú contestas “Enamorada no estoy, pero le quiero como a un hermano.”
Ella me mira de nuevo, en sus ojos el brillo de “Hoy lo digo.” En mi próxima sesión la volveré a ver entrar derrotada: la conformidad y el miedo se le están comiendo la vida.
Foto: “Bor”, Cortesía & © by Cynig