Siempre he necesitado mucho el cariño de "los míos". Temporadas en las que, por diversos motivos, he tenido que estar sola, sin ninguno de ellos, he echado muchísimo en falta ese afecto que nadie más puede darme.
No me estoy refiriendo al cariño de un hombre, ése no es esencial en mi vida. Cuando estoy en pareja estoy bien, pero cuando estoy sola no necesito necesariamente una pareja. Es decir, no busco novio. Nunca busco, más bien encuentro y, en consecuencia, actúo. Soy una persona totalmente independiente, tengo mis estudios, mi trabajo, un sueldo respetable, un coche propio y un piso en proyecto.
Antes tenía un novio y ahora un enganche sexual, y puedo decir que soy feliz. Un amigo dice que soy el nuevo prototipo de JASP (Joven Aunque Sobradamente Preparada). Yo siempre le contesto que de nuevo nada, ese prototipo existe (afortunadamente) hace muchos años en las mujeres españolas.
Cuando me refiero al cariño de "los míos" lo hago, por tanto, al cariño de mi familia, el de mi pareja (cuando la he tenido) y el de mis niñas, mis amigas de toda la vida. Siempre he vivido sobreprotegida por todos ellos. Me cuidan, me miman, siempre están pendientes de mí.. vamos, que estoy muy mal acostumbrada.
El caso de mis amigas en particular es el que os comento en este post. Digamos, para poneros en antecedentes, que soy la niña mimada del grupo. Todas están pendientes de Natalie. Algunos ejemplos: Natalie va conduciendo y las demás le van indicando el camino (es que Natalie tiene serios problemas con el sentido de la orientación, benditos GPS). Vamos todas andando por la calle, y "Natalie, cuidado con el escalón", "Natalie, se te ha desabrochado el botón de la camisa", "Dame la mano, anda, que con esos tacones caminas muy despacio y llegamos tarde", "Ten cuidado con ese maromo, que no deja de mirarte". Pensareis que es algo excesivo, y quizá visto desde fuera sea complicado de entender, pero yo realmente lo aprecio y valoro.
Una noche, después de asistir a una fiesta las cuatro con innumerables copas de por medio, caminábamos en busca y captura de un taxi que nos llevara a casa. Íbamos riendo, como casi siempre, comentando las anécdotas de la noche.
Detrás de nosotras iba un grupo de chicos que no dejaban de gritar, lanzándome piropos, cuando, de repente, Sandra se detiene y se gira. Todas sabíamos perfectamente lo que iba a decir, no era la primera vez que lo hacía.
?Vosotros, dejadla en paz, que la rubia cañón es mi novia.
En ese momento me coge la mano, como siempre, y a mi me entra la risa tonta, no sé si por lo que iba a ocurrir a continuación, por la cantidad de alcohol ingerido o por ambas cosas a la vez.
?¿Es tu novia? Bueno, si es así ¿por qué no os dais un beso? -muy predecibles ellos, no falla.
?Si nos damos un beso, ¿dejareis de decir burradas?
?¡Claro, por supuesto!
Sandra me mira, yo la miro, y en ese momento me doy cuenta de que lo que va a ocurrir dista mucho del pico morboso entre amigas al que acostumbramos en estos casos. No se cómo, pero nos fundimos en un acalorado beso, más bien morreo.
Nuestras lenguas juegan, yo la cojo de la cintura y ella a mi del culo, apretándome fuerte contra su cuerpo. Se escapan los primeros gemidos, allí no hay nadie más, solas ella y yo, pese a encontrarnos en plena calle en el centro de mi ciudad.
Sin duda, el beso más caliente que jamás me han dado. Especial, sensual, dulce, húmedo... excitante.
Sandra es mi amiga del alma, nos conocemos desde que teníamos dos años de edad y lo hemos compartido todo: juegos de infancia, primeras salidas nocturnas, primeros escarceos con chicos, bromas, risas y un sinfín de locuras, pero nunca nada parecido a lo que sucedió aquella noche.

Desde entonces nuestra relación es mucho más íntima y especial. Y es que todos los primeros besos son especiales, pero hay besos... y besos.
Foto: Cortesía & © by José Manchado