Suele suceder en todos los trabajos que por lo general hay alguien que se destaca por tener alguna costumbre o hábito que fastidia a todo el resto del grupo al punto de resultar insufrible. Los hospitales no son una excepción.
En el caso de Ludwig –sí, así se llamaba un compañero nuestro de odontología, mecánico dental para más datos–, más que costumbre, lo suyo era una manía. Consistía en robarse las galletitas Express que vienen en esos paquetitos individuales de tres, la mermelada y algunas veces hasta la manteca de la colación, que se entregaban con el café o el té.
Porque, como les dije, en el hospital, todo está previsto y ordenado. Para la colación de la media mañana, en el economato, algún burócrata de turno había decidido que a cada médico le tocaba un paquete de tres galletitas Express, un pancito individual de manteca y otro individual de mermelada.
Todos los días, cuando llegábamos al office, donde debíamos encontrar sobre la mesa –pongamos por caso–, diez unidades de cada cosa, nos encontrábamos con que había diez paquetitos de manteca, ocho o nueve potecitos de mermelada y seis paquetes de Express (se ve que la manteca mucho no le gustaba). En ese momento caíamos en la cuenta que Luisito ya había pasado por ahí y nos había ganado de mano.
No era mal tipo, Luisito –así lo llamábamos, porque nadie era capaz de pronunciar su nombre en alemán–, pero tenía esa manía de no conformarse con las galletitas que le tocaban a él. El muy descalabrado mental se llevaba todos los días dos o tres o cinco paquetes más, sin tener en cuenta a quién le pertenecían y sin considerar que estaba dejando a otros sin sus galletitas. Bueno, eso en el caso que se las comiera.
Para conseguirlas, era capaz de cualquier estratagema. Desde llegar primero al office y manotear los paquetitos de diferentes mesas, hasta pasar por la mesa, sentarse a conversar de cualquier trivialidad y, en el menor descuido: ¡Zas! se llevaba el paquete de Express sin que te dieras cuenta.
Luisito era un tipo extraño. Casi tanto como don Nicanor –¡Hay cada aparato trabajando en los hospitales!–, pero más sociable. A primera vista, además de ser un tipo de buen ver –alto, rubio, de buen cuerpo y todo el tipo alemanote–, hasta podías sentirte tentada y decirle que participara en el Juego de la Naranja y arreglarte con Kojak para que tirara la naranja de tal manera que te cayera a vos y después a Luisito.
Pero había algo en él, que no terminaba de cerrar. Bueno, al menos no me cerraba a mí.
Y es que Luisito era soltero –solterón–, vivía con la mamá –a la que llamaba “Mutti”–, no se le conocían relaciones ni aventuras con mujeres –tampoco con hombres–, y sus hábitos se limitaban a ir del hospital a su casa y de su casa al hospital, como un meritorio peronista o como un buen alemán, bah.
No era mal tipo, Luisito, lo dije, pero esa manía de apropiarse de las galletitas ajenas, nos tenía a todos hasta la coronilla.
–¡Otra vez me robó las galletitas! –gritó una mañana el pediatra, cuando se dio cuenta que después que Luisito pasara por la mesa, había desaparecido su paquete de Express y la mermelada.
–Bueno, Carlitos, tranquilo –le dije yo, que ya me había resignado a ser la privilegiada a quien Luisito había tomado de punto porque a mí, me las sacaba todos los días. –Ahora voy al kiosco y compro un paquete y listo...
–¡No! Yo quiero mis galletitas. Mi paquete de tres galletitas Express provistas por el hospital. Si quiero me puedo comprar una caja entera de cincuenta paquetes, pero no es el caso.
–La verdad, tiene razón Carlos –opinó Nelly, una de las enfermeras en las que podías confiar para cualquier cosa–. Ya se está pasando de la raya con esto de afanarse las Express. No es el caso que uno se las pueda comprar, sino que me tiene hasta la coronilla con esa manía.
–¿No será culpa de la madre que de chico le quitaba las galletitas del colegio si se sacaba una mala nota y le creó un trauma? –especuló la Enana Maldita, sin levantar la vista de la revista “Hola” de un mes atrás.
–Para mí que sí... ¿viste cómo lleva siempre el guardapolvo blanco almidonado? Para mí que es la vieja que lo tiene sometido –intervino José, nuestro bioquímico, que podía parecer cualquier cosa, menos un bioquímico, y al que nunca vimos con guardapolvo blanco.
–¿Y si tiene un kiosco y no lo sabemos? –preguntó Oscar, traumatólogo colega de Batman y la Enana.
–¿La madre le dará de comer en la casa? Porque mirá que hay que comerse todos los días cuatro o cinco paquetes de Express, ¿eh? –Carlos dejó flotando la pregunta sobre la mesa.
En eso apareció Kojak. Se despatarró en una silla, miró la mesa y después a nosotros.
–No se las come –dijo.
–¿De qué hablás? –se interesó la Enana–. ¿Cómo es eso que no se las come?
–Nop. Las esconde –dijo Kojak.
–¿Las esconde? ¿Nos roba las galletitas y la mermelada y no se las come? –primera vez, lo juro, que escuchaba a José indignado.
–¿Qué dije? Se las guarda en el taller, en el armario que tiene cerrado con llave. Bueno, no todas... algunas se las come mientras trabaja.
–¿Y vos cómo sabés? –preguntó La Enana.
–Porque el otro día entré sin golpear para que me arreglara una prótesis urgente y estaba abierta la puerta del armario y antes que pudiera cerrarla las ví. Tiene una pila de paquetes de Express y de mermeladas... eso sí, todas bien ordenaditas como debe haberle enseñado su mamá, la alemana mayor –explicó Kojak.
–¿Y para qué las junta? No entiendo –preguntó Rosa, la enfermera de guardia, más desorientada que marinero en el desierto.
–Vaya uno a saber... yo siempre pensé que ese muchacho tenía algo raro... ¿No será un asesino serial? –se guaseó la Enana Maldita.
–¿Saben por qué no se lleva la manteca? –preguntó Kojak, revoleando los ojos, como cuando está por hacer una broma.
–Porque no le gusta, obvio –dijo Olguita, que no había abierto la boca y seguía la conversación como un partido de tenis.
–No, nena, porque se le derrite si la deja en el armario –le contestó José, juntando miguitas de Express de la mesa.
–¡Hay cada loco en este hospital! –sentenció Oscar, levantándose de la mesa.
–Mjm... –murmuré yo, mufada como estaba, porque era la más damnificada por la manía de Luisito de acaparar. ¡Harta me tenía robándome las galletitas y la mermelada!

La idea para el escarmiento por la manía de Luisito me la dio Dora, el día que me estaba aplicando una inyección para las amigdalitis recurrentes que solían atacarme –todavía hoy insisten, las muy persistentes–, por aquel entonces.
–Dora... –le dije–. ¿Me harías un favor?
–Sí, corazón. Lo que quieras –Dora es la más compinche y dispuesta de todas las enfermeras que conocí en toda mi carrera hospitalaria.
–¿Podés darme una jeringa nueva y una aguja de las chiquitas, de esas para subcutánea?
–Después que te pinche la colita para que se te vayan las placas de la garganta, todas las que quieras, muñeca.
Y ahí me fui, después de inyectada, con mi jeringa y mi aguja finita para subcutáneas directo al laboratorio. Toqué a la puerta y entré.
–Hola, doc –le dije a José–. Mirá lo que tengo... –y le mostré la aguja y la jeringa.
–Ajá... ¿Y? –me preguntó nuestro bioquímico sin despegar el ojo de un cultivo que estaba mirando con el microscopio.
–Si tuvieras que purgar a un paciente, además de mucho Regulatis, ¿qué le darías?
–Yo le agregaría un poco de bicarbonato, ¿por? ¿Alguien constreñido?
–¿Tenés Regulatis y bicarbonato para prestarme?
José me miró y entonces cayó en cuenta de lo que tramaba. Sonrió como Mefistófeles en el momento de cerrar trato por comprar un alma, y fue hasta el armario.
Con mi jeringa, mi aguja y un pote que contenía una considerable cantidad de laxante mezclado con bicarbonato, me fui derechito a la cocina, donde me recibieron las chicas y después que les expliqué lo que me proponía, me sentaron en una mesa para que estuviese más cómoda mientras trabajaba.
Me pasé como cuatro horas inyectando el mejunje que había preparado José en los diez paquetes de galletitas y en los potecitos de mermelada y cuando terminé les dije a las chicas de la cocina que al otro día los pusieran en nuestra mesa, para que Luisito se las llevara.
Cuando llegamos, al otro día y como era de esperarse, faltaban cinco paquetes de Express y tres potes de mermelada.
–¡Ja! –dije–. ¡Llegó la hora del escarmiento! ¡Ahora va a aprender!
–¿De qué hablás? –me preguntó la Enana.
–Ya vas a ver... –contesté, un momento antes que una de las chicas de la cocina se llevara los paquetes y la mermelada que había sobrado y las reemplazara por unas nuevas. Ese día todos desayunamos, por primera vez, cada uno con su paquete de tres galletitas y sus correspondientes manteca y mermelada...
¡Y vaya si vieron! Prefiero no acordarme lo que pasó al día siguiente.
No sé cómo les habrá ido a los demás pero yo, la pasé fatal.
No podía salir del baño. Creí que me moría.
–¡Nena! ¿Qué te pasa? ¿Por qué te encerraste en el baño? –gritaba mi mamá, del otro lado de la puerta.
–Llamá al médico, ¿querés? ¿No ves que está descompuesta? –protestaba mi papá.
–¡Ay, Dios! ¿Qué habrás comido? ¿No te habrás intoxicado en el hospital? –mi mamá.
–¿Por qué no le das otra pastilla de carbón? –mi papá.
–Para mí que a La Nena la ojearon –una vecina de mi mamá, que me había visto correr al baño y que seguía llamándome “La Nena” después de veintidós años.
–Nonononono –mi mami querida–, si no bostezó ni se quejó de dolor de cabeza...
–¿No estará en "estado interesante? –la arpía de la vecina.
Tuve que pedir licencia por enfermedad –la versión oficial fue gastroenteritis aguda–, estuve dos días sin poder moverme de mi casa, dos días más para recuperarme de la colitis y para colmo de males casi me deshidrato, además de tener que aguantarme a mi mamá, a la vecina y a mi papá decir tal sarta de pavadas que cada vez me sentía peor.
Pero como toda desgracia tiene su lado positivo, gracias a que las chicas de la cocina se equivocaron de bandeja y nos sirvieron las que yo había preparado, bajé en cuatro días los cinco kilos que tenía de más y hasta conseguí que me entraran unos jeans que hacía como dos años que no usaba porque no me entraban ni que me untara en vaselina para ponérmelos.
Del resto de los afectados por las galletitas inoculadas, mejor no hablo, porque todavía cuando se acuerdan, puedo ver en sus ojos cómo aflora el instinto homicida.
Eso sí. Luisito debió enterarse de algo, porque desde ese día no volvió a robarse ni las galletitas ni la mermelada.
Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik