Ayer me llamó Álex. Para quien no le recuerde (normalmente, no le recuerdo ni yo) Álex es lo que yo llamo “Un amante comodín.”
Los “amantes comodín” son aquellos tíos a los que recurres cuando estás en etapa de sequía, de despecho, cachonda como una moto, o con la autoestima por los suelos.
La cosa funciona de la siguiente manera: lo primero que haces en cualquiera de esas circunstancias es tratar de superar tú sola el momento. Te pones a hacer Yoga, Pilates, Tai Chi o su puta madre. Tomas tilas y valerianas. Te coges un par de pelis porno a ver si Nacho Vidal le come las tetas a la siliconada de turno (qué buen comer tiene ese hombre, pordió). Te enzarzas en una pelea con tu madre acerca de si la merluza fresca es la que tiene los ojos saltones o la que tiene las escamas brillantes. Te fumas un paquete de Chester y te pimplas media botella de Chivas.
Y cuando ves que sigues exactamente igual (cachonda, despechada, con la autoestima por los suelos o en etapa de sequía) te acuerdas de Álex. Te entretienes en una conversación absurda con él que normalmente empieza por “¿Y qué tal te va todo?” y cuando ves el momento oportuno le sueltas: “¿Tienes hambre?”.
–No, Amanda, acabo de cenar.
–No me refería a comida precisamente.
Diez minutos tarda el tío en plantarse en mi casa. A eso colabora el hecho de que viva a diez minutos de mi casa y que tenga una moto de esas de cilindrada no sé qué, eso siempre me lo cuenta y nunca me entero.

Te echa un par de polvos, te dice que eres preciosa, te cuenta una milonga acerca de lo enamorado que está de ti, luego te dice que tendríais que hacer más a menudo y cuando ves el momento oportuno le sueltas: “¿Tienes hambre?”
–De ti nunca me sacio.
–No me refería a mí precisamente.
Siempre le invito a comer helado o a tomarse una copita conmigo. Nos reímos, nos contamos nuestras cosas, me gusta mirarle a los ojos, los tiene casi tan bonitos como su cuerpo de treintañero, y después de un ratito de caricias, besitos y risas, se va.
Álex es mi amante comodín desde hace cinco años. Y aunque he tenido otros, sólo a él le mantengo, porque cumple perfectamente su misión.
Lo único que no entiende, después de tanto tiempo, es que yo no soy su amante comodín. Así que ayer me llamó, pero yo no estaba ni despechada, ni cachonda (bueno, no más de lo habitual), ni con la autoestima por los suelos, ni siquiera estaba en época de sequía. Y simplemente no contesté al teléfono.
Como el tío es un fenómeno y tiene mucho arte, me encontré con un sms minutos después. Decía: “¿Tienes hambre?” Y yo contesté: “Hoy no. Pero quizás algún día no tenga hambre alguna y aun así me apetezca un postre. Sólo por placer.”