Hace cuatro años, un día como hoy, escribía esto:
Antes que nada, me presento. Soy Monserrat Borrás, pero podéis llamarme Monse, con toda confianza, ¿vale?
¡Menuda faena!
Aquí estoy, comenzando con esta sección. Para que empecemos a conocernos, soy una de las nuevas autoras de la editorial, y la directiva y el consejo editorial (¡Grrrr!) me han sorprendido una mañana en que venía a entregar mi segunda obra (la primera está en proceso de edición) y El Gran Cabronazo (nuestro querido director editorial, jejeje), me ha pillado por sorpresa.
–Oye, Monse –me ha dicho–. Vas a dirigir una nueva sección en la que hemos estado trabajando.
–¿Yo?
–Sí, tú. ¿Sabes lo que es un “belog”? –dijo.
–¿Un qué?
–Belog, mujer, belog –ya casi fastidiado, con esos aires que se da el tío.
–Pues mira, ni idea... Además ya sabes que yo debo viajar mucho, mi esposo...
¡Haberlo pensado antes de contestar!
Antes que pudiera decir “no”, me sentaron frente a uno de los ordenadores, y han comenzado a tocar teclas a una velocidad subsónica, insistiéndome que mirase la pantalla y el teclado y que era de lo más sencillo, y que una mujer como yo podía hacerlo y bla, bla, bla..., y que no era necesario que estuviese todo el tiempo en la editorial (ni siquiera en el país), puesto que podía trabajar con mi portátil desde cualquier lugar del planeta ¿Os lo podéis imaginar?
Hace cuatro años, no había tantos blogs, ni tantos portátiles ni Google era lo que es ahora, y el Wordpress era cosa de magia para nosotros.
Cuatro años ya han pasado desde que la editorial decidió abrir su blog y El Gran Cabronazo me pidió que escribiera el primer post.
Ahora estoy escribiendo éste, otra vez por pedido suyo, y honrada que me siento, porque a partir de esa primera presentación, Voyeur ha llegado a ser lo que es. De modo que algo he dejado de mí, ¡Jolines!
Ya no estoy allí, en la redacción, donde he pasado momentos que permanecerán en mi recuerdo y en mi corazón.
No veo todos los días a Simón ni a Silvia, porque la vida –y un marido al que trasladan de un lado a otro, obligándome a hacer maletas todo el tiempo–, me ha llevado lejos de esa ciudad que tanto amo.
Ya no escribo como entonces (aunque tengo algunas cosillas cocinándose a fuego lento), pero soy una de esas banderitas rojo y gualda que encontraréis en el contador. Soy uno de esos números anónimos que pasan todos los días a leer lo que otros escriben.
Hace mucho que no pongo una letra, es cierto, pero leo a mis compatriotas Belita, Lucía, Amanda y ahora Natalie. Me descojono de risa con las anécdotas de hospital de Ángel. Me cautiva el erotismo creativo de Anamar y Simón sigue teniendo ese poder de hacer que se me erice la piel con esa forma suya de decir, aunque también extraño esas historias de la historia que nos contaba una vez por semana.
Y echo de menos también a Silvia –esa excelente amiga que me agencié allí–, con quien compartí momentos inolvidables.
Han pasado cuatro años casi sin darme cuenta, como pasaron muchos colaboradores esporádicos o permanentes que ya no están.

Hoy, desde esta habitación de hotel en la que hemos recalado durante unos días, y como aquella primera noche antes de abrir las puertas, estoy otra vez aporreando el teclado, con una copa de cava para brindar por todos los que día a día, van dejando huella en la historia de la editora y de ese rinconcito que empezó un día como hoy, hace cuatro años.
De modo que, para que siga existiendo y creciendo, como decíamos ayer... ¡Manos a la obra!
Y ahora me voy a vestir, que tenemos que asistir a una de esas cenas de negocios... ¡Un besotote para todos, mis churumbeles! Y en cualquier momento me tenéis de vuelta por allí, os lo prometo.
Monse
PD: Y a ver cómo te las arreglas tú, Gran Cabronazo, para ilustrar este post...
Foto: (Akt on location Image 26) Cortesía & © by Kate Cymmer