Hay varias maneras de comerse a una persona.
Canibalismo, Andrés Caicedo
Hoy se me antoja seducirte. Abrir el cajón de la ropa íntima y ponerme el más atrevido de mis conjuntos de lencería, uno que sea puras transparencias y cintas que te inviten a fisgonear y desatar. Enfundarme en un vestido bien ceñido, con un escote de esos que encaminan tus ojos hacia mis pechos voluptuosos. Maquillarme la boca con un labial rojo que te hable a gritos de mi pasión. Echarme una gota de perfume en cada uno de esos cinco sitios donde deseo que concentres tus besos. Encaramarme a unos tacones de vértigo que le impriman movimientos hipnóticos a mis caderas.

Al caer la tarde esperarte en la puerta de casa, recostada contra el marco, con una mano en la cintura y una sonrisa en los labios. Recibirte con un abrazo y miles de besos. Mirarte a los ojos, sonreírte con picardía al notar tu sorpresa y volver a besarte. Tomarte de la mano y pegarme a tu costado. Abrazados, ir al encuentro de la botella de nuestro vino preferido y las dos copas que nos aguardan junto al sofá. Conversar de nuestras jornadas mientras bebemos, distendidos y felices. En el momento oportuno volver a buscar tu bella boca para adentrarme en ella sin el más mínimo pudor.
Besarte largo rato y cuando sienta tu respiración agitada hacerte coquillas en la comisura de los labios con la punta de mi lengua.
Apenas te oiga suspirar, subirme a horcajadas sobre ti y desabotonar tu camisa. Recorrer tu pecho con ojos, boca y manos, como si un solo sentido no me bastara para abarcar su inmensidad. Ir bajando lentamente, a medida que mi cuerpo se desliza por el tuyo. Dejarme llevar por cada uno de tus estremecimientos para saber que voy directo hacia su epicentro.
Soltarte el cinturón, abrir la cremallera de tu pantalón y terminar de desnudarte. Hincarme de rodillas entre tus piernas, bajar la cabeza e ir respondiendo a tus indicaciones de “Así, amor, así”.
Detenerme y allí, frente a ti, quitarme la ropa. Hacerlo con calculada lentitud, sabiendo que cada centímetro de piel liberada se convertirá en varios minutos de placer compartido. Acercarme para que seas tú quien me despoje del resto de las prendas, sin ninguna prisa y dejándote hacer. Disfrutar del contacto con tus manos. Abrirme al deleite de tus dedos. Quedar inerme ante la impetuosidad de tu boca. Sentir mi cuerpo cimbrarse, el cerebro estallarme y premiarte con mi humedad.
Levantarme del sofá, alejarme unos pocos pasos y plantarme en medio de la sala, de espaldas a ti.
Dejar que transcurran unos minutos sin decirte tan siquiera una palabra, anticipando que mi silencio te enloquecerá. Percibir tu turbación e ir volteando poco a poco. Hurtarte casi por completo la mirada y, a golpes de melena, invitarte a que vayamos a la habitación. Advertirte que estés preparado porque hoy ¡te me antojas tú!
Foto: Cortesía & © by Karmel