Ambos trabajamos en la misma zona, así que quedamos en encontrarnos allí, para después ir juntos en su coche al centro de mi ciudad. El reencuentro después de un mes... increíble... él, elegante, guapísimo, sexy...
–Natalie, estás guapísima, no te imaginas lo largo que se me ha hecho este mes...
–Anda, no me digas esas cosas, que me vas a poner colorada y todo.
–Rectifico, no estás guapísima, eres guapísima, y lo sabes.
Había reservado mesa en un restaurante precioso, tranquilo, para que pudiésemos conversar, tal y como le había pedido. Un buen vino y sus ojos... estuvimos charlando y riendo de todo, como si nos conociésemos de toda la vida. Después de la cena, copas en un local cercano. Sus labios me invitaban a besarle y la conversación se iba poniendo cada vez más caliente. Intuía que ambos deseábamos lo mismo, pero me excitaba que él diese el primer paso...
–Natalie, necesito hacer una cosa, pero no sé cómo te lo vas a tomar.
Mentiroso. Sabía perfectamente que yo también le deseaba. Sabe de sobra el efecto que causa en las mujeres. Yo también sé el efecto que provoco en los hombres y me encanta jugar.
–No tengo ni idea, pero yo que tú me arriesgaba.
–¿De verdad?
–No tienes nada que perder... ¿o si?
Al segundo nos estábamos besando como locos... y al minuto camino del coche para ir a su casa, aunque no llegamos.

En las escaleras del parking no pudimos aguantar el deseo y lo hicimos allí mismo... y para culminar una noche de diez, otro más en su coche, enfrente de mi oficina... puro morbo.
–¿Sabes el tiempo que hace que no hacía algo así? Ha sido una vuelta a mis años locos adolescentes.
Breve inciso: él tiene treinta y cinco años y yo, no diré mi edad, pero sí que soy bastante más joven. Ya comenté en un anterior post que me atraen los hombres mayores que yo por infinidad de razones que ya detallaré algún día.
Me pidió que durmiera con él esa noche, quería despertarse a mi lado la mañana siguiente, pero preferí dejarlo para otra ocasión.
La mañana del sábado tenía un mensaje en mi móvil: "Buenos días, preciosa. Me he levantado y, después de un desayuno de campeonato... me sigues teniendo caliente... Me encantas. Un beso".
Después de ese, cinco mensajes más, todos en la misma línea, y en el último: "No te preocupes por el pendiente, estaba en el coche... te lo guardo".
Y mi respuesta: "Ya pensaba que uno de los daños colaterales de tanta pasión y desenfreno era su pérdida. Que sepas que estaba dispuesta a sacrificarlo... hubiese merecido la pena".
"Ya te daré yo a ti daños colaterales...".
Es un pendiente precioso y, además, un regalo así que, casi sin quererlo, me he visto obligada a tener que quedar con él de nuevo el viernes... esta vez en su casa... solamente para recuperarlo, claro...
Foto: Cortesía & © by Basil G.