Colección Voyeur

Viernes 20 de Junio de 2008
Sorteando el camino

A Fran le conocí por Internet. Unos de esos ligues que te haces cuando estás aburrida. Bueno, no sé si por Internet ligas cuando estás aburrida, porque yo conozco verdaderas historias de terror de mujeres y hombres que se hartan a ligar por Internet en busca de marido o mujer, como si los maridos o mujeres estuvieran allí esperando. Bueno, los maridos y mujeres de otros sí.
El caso es que no me gustó nada. Decía ser profesor universitario de una facultad de cuyo nombre prefiero no acordarme, pero escribía como si fuera un alumno de primaria. De personalidad incierta. Un día me parecía divertido, al otro aburrido. Un día parecía dulce, al otro amargado. Un día me parecía seguro de sí mismo, al otro un perfecto tonto del culo. Más que incierta, tenía una personalidad extremista.
Pero yo le gustaba y yo estaba aburrida.

Así que le di coba por unas cuantas semanas. Se quedó eternamente en no admitido en mi Messenger, y le levantaba la inadmisión cuando estaba aburrida. ¿He dicho que ligué con él sólo por aburrimiento?
El tema es que se puso a insistir con lo de la foto (un clásico en la Sesión Tres de Chat) y después con lo de cenar juntos (el clásico de la Sesión Siete.) También insistió en mi talla de sujetador (un clásico en todos los hombres) y en saber si era de las facilitas o le iba a costar más de ocho sesiones arrancarme un polvo después de pagar una cena con vino caro (rollo muy puta, por cierto.)
Hubo foto y hubo cita. No me preguntéis por qué. Ahora mismo sería incapaz de salir ni a tomar un café con un tío que no me volviese loca, pero eran otros tiempos, yo no había conocido a Cristóbal, ni siquiera a Enrique y... ¡sorpresa! ¡Estaba aburrida!
Nos citamos en un restaurante que elegí yo en vista de los restaurantes que el tío se empeñaba en elegir (una pizzería barata, un lugar de ensaladas y sandwiches, o un restaurante de comida libanesa). Se la metí doblada en eso y le cité en un restaurante de una estrella Michelín llevado por un francés de la Alsacia en donde te cobraban sólo por sentirte en la silla o usar su papel higiénico.
Estaba pensando en si pediría el magret de ciervo con foie-gras y gelatina de arándanos o la carne confitada al ron viejo. Y vistiéndome. Entonces me llamó para confirmar que iría. Mi hija que entonces tenía unos dos añitos andaba por la casa canturreando. Fran se puso en alarma de pronto y espetó: “¿Tienes un hijo?” Contesté que sí. No di más datos. Lo siguiente que dijo fue: “Mira, lo siento Amanda, me apetece mucho conocerte, pero si tienes un hijo no me interesa.”
"¿No te interesa el qué?" Pensé. Tuve un segundo para contestarme a mí misma y darme cuenta que el aburrido profesor universitario era uno de esos tipos de la peor calaña: los que catalogan a todas las mujeres divorciadas con hijos como caza maridos despiadadas en busca de un padre pagador de hipoteca.
Como me sentó tan mal el incidente, decidí darle donde más le dolía, a tenor de que no tenía allí mismo sus cojones que hubiera convenientemente pateado con gusto.
–No me digas eso, Fran. ¡Así nunca encontraré un padre para mi hija! Creí que ibas a ser tú, que por fin había encontrado alguien que me ayudara a criarla, asumiera la responsabilidad de ser padre de una criatura que está sola en el mundo educada por una madre pobre. Creí que por fin, sí, al fin, tú ibas a ayudarme con la hipoteca, con sus deberes, tener –¡Por Dios, cuánto lo necesito!–, un esposo.
Todo esto lo dije con un tono quejicoso y lloricoso. Fran preguntó tembloroso:
–¿En serio?
–No, pedazo de imbécil. Lo que quería era ver si te reventaba la Visa en el restaurante una estrella Michelín al que te iba a llevar. Y lo de ;ichelín era por ir en concordancia con tu incipiente barriga de gordo dejado. Busqué los de una estrella calva, pero no existe.
Colgué.
¡Qué a gusto se queda una cuando sabe que ha podido sortear la imbecilidad masculina con tanta mordacidad!
Y esto se lo dedico al Sibarita de Prima.

 
Publicado por Amanda a las 05:00

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