Sí, chicas, en el hospital también tenemos el “Día Femenino”. Una licencia especial –que le dicen–, a la que los machistas llaman “privilegios de mujeres”.
Es conocido en el ambiente médico –y nosotras, en el doble rol de mujeres y profesionales bien que lo sabemos–, que en “esos días de nervios” (como decía la publicidad de Evanol de la década en que mi mamá todavía lo tomaba), las mujeres experimentamos las consecuencias del despipiole hormonal, según la fase del ciclo menstrual en que nos sorprenda, y que se manifiesta de diferentes maneras pero que, a casi todas, nos cambia el humor de forma súbita y nos altera las emociones a tal punto que la mayoría de las mujeres nos sentimos más sensibles. (En una palabra, nos pone locas de remate).
–Los hombres también lo padecen –dijo Gloria, que estaba leyendo un ejemplar de New Scientist.
–¿No digas? ¿Y entonces por qué a mí no me dan el “Día Masculino” –le contestó Kojak, dando vuelta la página del diario con esa forma tan de él de estar en la misa y en la procesión al mismo tiempo.
–Hay días que a vos no te aguanta nadie, nene –le dijo la Enana Maldita.
–Pseee... hay días que no me aguanto ni yo mismo –cerró el diario y lo plegó–. Pero nunca me dieron licencia especial como a ustedes. Eso es porque nos discriminan.
–Ustedes, los hombres, no comprenden lo que nos pasa, che –metí un bocadillo–. Lo primero que dicen es: “¡Uh! ¡Otra vez con Andrés! ¿Vas a empezar a ponerte cargosa?”
–Es que se ponen cargosas... –me contestó Robert, pasándose la mano por la pelada.
–¿Probaste qué pasaría si trataran de comprendernos, mostraran menos intolerancia y más afecto? ¿Tenés idea de lo que se siente cuando una está indispuesta? –dije–. Yo, por ejemplo, necesito que me hagan mimos, que me traten con cariño, que me acaricien...
–¡Andáaaaa! ¿Me vas a decir que a vos “Andrés te viene todo el mes”? Vos siempre querés todas esas cosas.
–Robi, no jodas que estoy hablando en serio –le contesté, haciendo pucheros y poniendo trompita.
–Che, ¿no ves que La Nena está sensible hoy? –lo reprendió Olgui–. ¡Mirá que sos bruto cuando querés, eh!
–¡Uf! ¡Qué poco sentido del humor! Era una broma –dijo Kojak, dándome unas palmaditas en la espalda.
–Sí, sí, ¡broma Las Petunias! –intervino, combativa, La Enana–. ¡Dentista tenías que ser! Cómo se ve que te dedicás a la boca...
–A ver Robi –dijo Flor–. Yo he visto que tenés días en los que estás “depre”, ¿me vas a decir que no?
–Bueno, che, uno tiene sus problemas...
–Eso mismo. A los hombres, cuando están con demasiado estrés, de alguna manera también les llega el día de “Andrés”. Y también se nota que estás intolerante, irascible y cascarrabias. Lo que pasa que nosotras, cuando te vemos así, te comprendemos.
–Andá a contárselo a mi mujer, entonces, a ver si me comprende un poco más... porque parece que, según ella, los hombres no podemos estar con el bajón. Para ella, siempre tenemos que andar con las pilas puestas. Y pilas de larga duración y de las grandes.
–Lo que pasa que en esos días ella quiere y vos no tenés ganas... ¿a qué sí?
–Yo siempre tengo ganas... –dijo Kojak, haciéndose el gallito. Y es que el pobre estaba en inferioridad de condiciones entre tantas mujeres.
–Acá... acá en el hospital, siempre tenés ganas... ya me gustaría verte en tu casa a la hora de acostarte.
–Bueno, a veces me pasa, es cierto. Pero... ¿sabés lo que es salir corriendo de acá al consultorio y seguir con caries, extracciones, prótesis y dale que dale hasta las diez de la noche y llegar con ganas de derrumbarte en la cama y desmayarte?
–¿Ves? Lo que te dije: estrés. Lo que pasa es que al hombre le baja la testosterona... –agregó Gloria, poniéndole delante de la cara el ejemplar de New Scientist–. Mirá, acá lo dice Gerald Lincoln...
–Don Lincoln dirá lo que quiera, pero a mí lo que se me baja es el pitulín –contestó Kojak, parándose y dando por terminada la hora de la colación mañanera–. Y si las señoras aquí presentes, que padecen del síndrome premenstrual me lo permiten, me voy a seguir arreglando bocas, que tengo una cola de pacientes que llega hasta la puerta...
–¡Pero qué tipo! –dijo La Enana.
–Dejalo, Beti. Es imposible que entienda que no es ni un capricho ni una neura...
–El único que entiende es Isidoro –dije yo.
Nada más cierto. Isidoro, en “esos días”, se transformaba en nuestro “papi”. Quizás porque el pobre además de esposa, tuvo cuatro hijas mujeres. La verdad, cuando lo pienso bien, a veces lo compadezco. Me acuerdo que era la época en la que no había ni tampones ni toallitas con solapas, así que el pobre se la pasaba comprando paquetes de algodón, porque tenía tanta mala suerte que se indisponían todas juntas. Hasta la perra que tenían parecía elegir el momento para indisponerse, con todas las mujeres de la familia.
Pero es que Isidoro la tenía tan clara con esto de la regla, y nos conocía tanto a cada una de nosotras, que creo que sabía que a todas nos afectaba de manera diferente: alguna se ponía ansiosa, otra irritable, todas nos sentíamos fatigadas, a la mayoría nos dolía la panza y por lo menos a una le daba por las migrañas. Nada de simples dolorcitos de cabeza, ¿eh? No, no, no. Terribles cefaleas que la obligaban a recostarse, tomarse varios analgésicos. Una vez, hasta probamos el remedio casero de rodearle la cabeza con una vincha hecha con gasa y rodajas de papa cruda. ¿Pueden creer que cuando se la sacábamos las papas parecían hervidas?
–Yo leí en un informe que alguna llegó a suicidarse y hasta hay casos en estudio de ponerse muy violentas... Una, mató al marido estando con la regla –acotó Flor.
–Bueno, a esa me parece que se le fue la mano... –dijo Gloria.
–Andá a saber qué le dijo el marido –La Enana, siempre incisiva, metió su bocadillo.
–En el juicio la declararon inimputable –agregó Flor.
–¡Ay! Si supiera que me van a declarar inimputable... te aseguro que más de uno la pasaría mal conmigo –dijo Olgui.
–A mí se me da por armar quilombo... me dan ataques de celos, me pongo paranoica, me miran y me entran ganas de agarrarlo a cachetazos –dije–. Lo admito.
–¿A quién?
–¡Al que sea!
–Siempre que no sea Isidoro –dijo La Enana.
–Es cierto, chicas... –dije–. Por alguna razón, con Isidoro no me pasa eso... Con él...
–Ya sé, no digas nada... Isidoro te despierta el complejo de Electra –dijo Beti, la muy guarra.
–No, che, en serio... Yo sé que me pongo in-so-por-ta-ble, lo confieso... Pero es más fuerte que yo, me da como una cosa... como que estoy poseída.
–Es el ASPM (Ataque de Síndrome Pre Menstrual) –dijo La Enana–. Se ruega no confundir con SPAM, que es otra cosa...
–¡Uy, nena! ¡Dejá de joder! ¿Cómo se ve que no te bajó todavía, eh?
–Yo no me pongo insoportable...
–No, claro... a vos te da por la melancolía, Enana... ¿O te tengo que recordar la última vez que...?
–¡Chist! ¡Cierre el pico y no ande ventilando mis emociones! –me frenó en seco.
No corran la voz, pero cuando La Enana está con la regla, se le da por esconderse hasta de sus propios hijos. Nosotros lo llamamos “El melancólico”.
No todos los hombres nos comprenden, es cierto, y muchos menos no aceptan que en “esos días”, una palabra que en otro momento hubiera pasado sin pena ni gloria, nos hiere la sensibilidad y hasta somos capaces de ponernos a llorar como viejas en un velorio. Ahí es cuando le ponen el broche de oro a la cosa: “¿Y a ésta que le pasa?” –dice la mayoría. ¿O me van a decir que nunca lo escucharon?
–Chicas, tendríamos que hacer como las mujeres hindúes –dijo Flor.
–¿Y qué hacen las hindúes? ¿Rezan? –preguntó Olgui.
–No. ¿Sabés cómo le llaman al estar con el período?
–Ni idea
–“Estar en la luna”, así le dicen.
–¡Mirá vos! –dijo La Enana–. Entonces yo conozco a varias que deben ser hindúes disfrazadas... (¡Ganas de meter cizaña!).
–Y lo consideran un momento positivo en el mes.
–¿Será por eso que ya son como setecientos millones, los hindúes? –dijo Gloria y largó la carcajada.
¡Bueh! Para no dispersarnos –como dice uno que yo conozco–, que las hindúes sigan en la luna y vamos al grano.

Como les estaba contando en esos díassssssssssss, Isidoro, el dulce Isidoro, que sabía que el carácter se me ponía algo explosivo y yo bastante insoportable, con la experiencia que tenía con las mujeres de su casa, entraba y me miraba y ya sabía lo que me pasaba, así que me soplaba un beso en la mejilla y me susurraba al oído:
–¿Qué le anda pasando hoy a mi nena? ¿Está enfermita de la panza?
Si hay algo que me sosiega en esos días femeninos, es la dulzura de un hombre. Para mí es como tomarme una caja grande de Ibuprofenos, pero sin efectos colaterales. Lo que no impedía que le ladrara, como un mastín:
–¡Acá! ¿No me ves? ¿O soy transparente? –es más fuerte que yo: indispuesta, soy capaz de gruñirle a cualquiera.
–Angelito ¿te preparo un mate cocido? –decía entonces Isidoro, enchufando el calentador eléctrico.
–¡Claaaaaaaaro! ¡Aaaaaaaaaay1 “Angelito, te preparo un matecito cocidito” –se burlaba Beti, de puro celosa–. ¿Y por qué a ella sí y a mí no?
–¿Vos también estás con la visita de Andrés?
–¡No! Pero a ella le preparás tecitos y matecitos y a mí no –si no se la imaginan a La Enana haciendo mohines y arrugando la trompita, cuando quiere le sale bien. Creo que ya mencioné que cuando le toca la semana fatal, le da por esconderse.
Y qué les cuento que a Olgui la mata la ansiedad, y para calmar todos los síntomas del ASPM... le da duro y parejo al chocolate. Después se la pasa protestando porque dice que durante tres semanas tiene que hacer dieta para bajar los kilos que le deja como secuela la regla... y el chocolate.
–Ahora, por hacerme burla, para vos no hay mate. ¡Y volvé a trabajar! –le contestó Isidoro a La Enana.
–¡Ufa! ¡Sos cruel conmigo!
–Dejate de pavadas y, de paso, atendé también a los pacientes de La Nena.
Creo que a esta altura del relato, está de más aclarar que Isi tiene una pequeña preferencia por mí –algo que les ha llevado un tiempo comprender a mis amigotas, a las que adoro, y que dejaron de lanzarme dardos envenenados con la mirada el día que comprendieron que esa preferencia, también las beneficiaba a ellas. Ahí quedaron los celos a un costado y empezaron a considerarme “La ídola”.
¡Sí, Juan! La Idola de las Gauchaditas: “Angelito hoy tengo que salir dos horas antes. ¿Le podrás decir a Isi, que a vos todo te dice que si..?
(Entonces iba yo al ataque)
–Isi... Gloria hoy tiene que retirarse dos horas antes. Porque, ¿sabés que...?
–Bueno no hay problema si después las recupera, decíselo, ¿eh?
Si lo hubiera intentado ella de entrada hubiera recibido por respuesta un “¡NOOOOOOOO!”, así de grande y después el gruñido:
–¿Qué te pasa? ¿Te volviste loca? ¡Ni lo sueñes..! Lo que tengas que hacer, después de las horas de trabajo.
De manera que mientras yo disfrutaba de mis privilegios, mis amiguitas disfrutaban de las concesiones...
Fue uno de esos días, cuando yo estaba re-loca-mal, en el segundo día (que suele ser el peor), va Isidoro y me dice:
–Angelito, andá y recostate un ratito si querés, hasta que te sientas mejor...
–Gracias Isi –respondí sin dudarlo ni un instante.
Después de diez minutos, se abrió la puerta de la habitación del director –otra “concesión especial”, y apareció Isi, con una taza de té.
–Nenita... ¡Acá taaa el tecito! –deberían haberlo visto a Isidoro así de tierno–. A ver, dejá que “papi” te lo dé –y me daba el te con una cuchara grande. ¡Cómo me consentía!
–¡Mmmmm! ¡Qué ico tezito, Izi! –le decía yo, que soy especial para dar rosca cuando no debo.
–¿Está dulcecito como te gusta? –me preguntó mientras acariciaba mi espalda.
Tengo que reconocer que sus caricias, tan paternales, me
despertaban el complejo de Electra, el de Edipo o cualquier otro, y que los viví con naturalidad y como sé que a todas nos pasa (aunque la mayoría sea incapaz de admitirlo), no me siento culpable.
Me imagino que debo ser “carne de cañón” para Sigmund Freud y –porqué no– también para Amanda. Pero es que Isi me despertaba todas esas fantasías, esa atracción sexual inconsciente que toda niña siente hacia su padre.
Isidoro lo presentía y, como no tiene ni un pelo de tonto, creo que también lo disfrutaba. Aunque ese día, el jueguito se puso peligroso de verdad.
Ese día (todavía hoy me pregunto cómo fue que sucedió) y creo que sin proponérselo en forma consciente, me besó muy suavecito en los labios y yo me quedé quietecita y entonces la boca de Isi empezó a ir hacia mi cuello y las manos subieron y sentí que los dedos me rozaban los pezones por arriba del ambo, y que los pezones se me ponían duritos, como cuando hace frío o como cuando siento mucho calor interior.
Su aliento en mi cuello, la barba rozándome la piel y los dedos rodeándome los pezones.
Demasiado para aguantarlo. Sentí que me excitaba. Se me aceleró la respiración, el corazón me retumbaba con cada latido en la cabeza y se me erizó toda la piel. Isidoro, viejo zorro, tenía la habilidad de manejarme cómo a una nena púber.
–Cómo me gustaría perderme con la boca y beber de ellas hasta saciarme –creo que dijo. ¿O me lo imaginé? ¿La verdad? Todavía hoy, no me acuerdo...
-Isi... ¿No será mejor será que te vayas? –más que una pregunta, era casi una súplica, que me salía con la voz entrecortada
–Como quieras, Angelito –creo haber escuchado, como entre sueños
–Por favor.
–Sí, Nena. Que te sientas mejor.
Cuando salió, cerró la puerta sin hacer ruido.
Hoy, con el paso del tiempo, y ya a punto de partir, Isi mi dulce “papi”, sería bueno que sepas que aquel día te hice un regalo sin dejarte huellas que nos marquen para siempre.
¿Sabés por qué? Porque ahí, en lo más profundo de mi corazón sé que no soy inimputable.
Y como hoy es tu día, Isidoro, como el de tantos otros hombres como vos –y digo todos–, que pasaron por mi vida y me dejaron algo, por mínimo que sea:
¡FELIZ DÍA DEL PADRE
Foto: Cortesía & © by Michael Tarasov