A ti,
mensajero de los dioses,
porque adoro sonrojarte.
Tu piel.
Tu piel eriza la mía cuando mis ojos se engolosinan con su color miel y los dedos me reclaman que vayamos a retozar por su humedad de pasto fresco y a componer melodías en esa textura de música viva, mientras mis labios anhelan el sabor a montaña que de ella se desprende.
Porque tu piel es más que dermis y epidermis. Es territorio y frontera, comienzo y final, dádiva que le obsequias a mi boca y templo donde ofrendo mis besos, fantasía diurna y realidad por la noche, razón y desvarío, motivo de mi perdición y lugar propicio para nuestro encuentro.

A veces tu piel es mía, otras completamente ajena. Ora niebla que me envuelve, ora humo que se pierde en la lejanía. De pronto fuego voraz que todo abrasa, minutos después pozo profundo que me da de beber. En un instante calma, temblor por lo que resta de eternidad.
Tu piel es campo sembrado de moreras cuyos púrpuras me complazco en cosechar, pergamino ideal para escribir versos sensuales, carne jugosa a la cual hincarle los dientes y tierra fértil donde sembrar deseos.
Con tu piel me visto al desnudarme, por sus caminos consigo el rumbo cuando me extravío, en ella sucumbo y de sus poros renazco.
¡Ah, tu piel!
Foto: Cortesía & © by Anastasia Kapluggin