(O... ¿cómo hacerles saber que siempre hay tiempo?)
Abrí la puerta y del otro lado estaban esperando mis afectos.
Esa Banda conformada en el tiempo. En “Tiempos de salud”.
Esos tiempos en los cuales convivimos con personas sanas y enfermas. Con las grandezas y las miserias. Con la alegría del paciente que sale caminando y el dolor del que termina en el subsuelo, haciéndole una visita al anatomopatólogo.
–¡Holaaaaa! –dije, abriendo los brazos.
– ¡Hoola, mi amor! –dijo Robert, estrechándome entre los suyos.
–No puedo estar mucho tiempo lejos de mi profesión, la extraño. Los extraño. (Juro que se me escapó un lagrimón)
–¡Holaaaaa! ¡Mi amante perfecto! –le respondí
–¡Atención, atención! ¡Llegó “El Zorro”! –dijo Kojak, mientras me hacía dar una vueltita a lo Mirtha Legrand, para que flotara mi capa en tono negro que acababa de estrenar, mientras mis amigos empezaron a canturrear la música de “Nueve Semanas y Media”:
“You can leave your hat on...”
(Puedes dejarte el sombrero puesto)
“Baby take off your coat...”
(Nena, quítate el abrigo)
“Real slow”
(Muy despacio...)
“There ain't no way...”
“You can leave your hat on”.
Por si no lo saben, estimados lectores, no me resistí –soy incapaz de resistirme al complejo de diva–, así que con el canturreo de mis compañeros, me transformé en la Kim Basinger del HZGA.
“Hey! All the lights...”
–Bueno, bueno, bueno. ¿Qué tal si terminamos acá el show, eh? –dijo La Enana. ¡Ufa! ¡Qué aguafiestas!
–¿Volvemos a lo de antes?
–¡Hola, Nenaaaaa! –dijo Isidoro, acercándose, pasándose la mano por la barbilla, fingiendo secarse un hilito de baba.
–¡Hola, Isi! ¡Qué alegría! ¿Qué hacés todavía por acá?
–Justo ahora que me estoy por ir, a vos se te da por volver.
–Sip –le dije–. Tiempo al tiempo. Hay tiempos para todo, y creo que llegó el mío. Es éste y es acá.
–No seas baboso Isidoro –le dijo Flor, como una maestra que reta a un chico–. Además, todavía no te vas. Tenés que hacer el pase administrativo.
–Nena tengo para ofrecerte otro trabajo –me dijo Isidoro, como si escuchara llover.
–¿Cual?
–Que trabajes en mi consultorio particular –me contestó, y me hizo un guiño.
–¡No te digo! –refunfuñó Gloria–. Ahora llega ella y empiezan las ideas raras y las proposiciones desubicadas. ¡Viejo verde!
–No hagas planes Isi, que si tu mujer se entera no llegas ni a jubilarte –Olgui tiró un poco más de leña al fuego–. ¡Jaja! Margaret va a terminar tramitando la pensión por viuda –agregó, llevándose las manos al cuello, dándole a entender que había un estrangulamiento en su futuro.
–Nena ¿vas a trabajar hoy? –me preguntó Flor–. ¿Vas a practicar tu deporte favorito?
–¿Cual? ¿De qué hablas?
–De “yirar”, andar por ahí, callejear, y meterte en la primer “cueva” que encuentres.
–Che, qué mala onda –le dije, poniendo trompita.
–Angelito, ¿desde cuando estás tan sensible? Es una joda.
–Mejor me voy al office a preparar café –dije, agarrando mis cosas.
–Dale Angelito –dijo Kojak–. Así nos das tiempo a desagotar los pasillos que están de pacientes hasta la calle.
Me fui taconeando por el pasillo, y de pronto escuché unos pasos detrás de mí.
Era Batman, que se acercaba, con el guardapolvo flotando a sus espaldas. Seguro que venía siguiendo la estela del “212” nuevo que había elegido para ese día, porque al Negro mis perfumes siempre lo hicieron derrapar-mal.
–¡Angelito! ¡Qué alegría volver a verte! –dijo, y me abrazó–. ¿Es cierto que volvés a trabajar?
–Bueno, no sé... vine a conversar acerca de eso...
–Bueno, en serio me alegra que vuelvas.
–¿Te alegra de verdad?
–Claro, ¿por qué no?
–¿Te alegra que vuelva a trabajar o el volver a verme?
A esa altura de la charla y con el “212” haciendo estragos en sus glándulas olfativas, Batman podía estar empezando a delirar, cosa que es muy de él, según me acuerdo.
–Ambas cosas –me contestó, y me regaló una de esas sonrisas traviesas que yo conozco.
–Bueno, gracias... pero mirá que yo...
–Tranquila, Nena. Ya me resigné... –dijo–. Me acostumbré a vivir, sin vos. Acepto mi condición de ex–amigovio.
–¡Qué bueno! –le contesté–. Gracias por el oxígeno... –permitiéndome una ironía así de chiquita.
–¡La gran puta! –protestó–. Mirá que cuando querés sos jodida... Sigo sin saber si darte un beso o darte chirlos en la colita.
–¡Ja, ja, ja! No te enojes, Negro, que te ponés gris –le contesté, dándole una palmada en el brazo.
–Además, yo respeto las decisiones y los códigos. De manera que como Simón...
–Simón no es “un código”, che –lo interrumpí– es un hombre.
–Pues por mí, que duerma sin frazada. Estoy saliendo con alguien –me dijo, con carita de avergonzado.
–¿En serio? ¡Qué bueno! ¿Quién es, cuántos años tiene, cómo es? –le pregunté todo de un tirón.
–¿Cómo es? (Mmm...) –se rascó la cabeza, como cada vez que tiene que pensar dos veces antes de contestarme–. Bueno... es “chata” –dijo, y sonrió.
–¿No tiene tetas?
–Dos, como todas las mujeres... Vos sabés que a mí con más de dos, me da un poco de impresión.
–Pero che, si a vos nunca te gustaron las “chatas”...
–Verdad. Pero es lo que hay... Y tenemos que conformarnos con lo que Dios nos da, porque a esta altura del partido...
–¡No seas mal bicho! –le dije, y le di un pellizco en el brazo.
–Nena, volvé tranquila que este señor conoce de códigos y los respeta –me dijo, y me volvió a abrazar, me dio un beso muy tierno en la mejilla, me miró a los ojos y se fue caminando por el pasillo, con el guardapolvo flotando.
“¡Miralo vos a Batman!”, pensé. “Capaz que hasta podemos ser buenos amigos y todo”.
Me metí en el office y me puse a hacer el café. No pude evitar que me asaltaran los recuerdos de cuando había comenzado a trabajar ahí. Ese cubículo al que llamábamos “office” en el que no entramos más de tres parados, parecía igual que antes, pero estaba distinto. De las tres sillas, que están ahí desde que se inauguró el hospital, dos estaban apoyadas contra la pared, con las patas desvencijadas. Las deben tener ahí para matarse de risa con los incautos que intenten sentarse para terminar despatarrados en el piso.
No, si estos de La Banda, no cambian más. Son terribles.
–Hola, guapa –la puerta que se abrió, y la voz de Robert, a mis espaldas–. ¿Te lo cruzaste a Batman?
–Ajá, me abrazó, me dio un beso y se fue –le dije, mientras seguía batiendo el café instantáneo con azúcar, como le gusta a él–. Creo que se iba a buscar a su amorcito... Che, ¿es cierto que es “chata”?
Kojak largó la carcajada.
–¡Que grupa, Nena! –me sopló al oído desde atrás, aprovechando que yo tenía las manos ocupadas vertiendo el agua en la taza.
–Tu café – le di la taza de café humeante, bien cremoso, como le gusta a él.
Robert eligió la silla sana y se sentó. Terminé de servirme mi café y me acerqué a él.
–Haceme “upa” –le dije, y amagué sentarme sobre sus piernas.
–¡Que-ni-se-te-ocu-rra! –me ladró.
–¡Ufita! ¿Qué pasa? ¿Por qué no puedo?
–Me quedó sin rodillas, Angelito... –bromeó.
–¡Malo! –le hice un mohín.
–No, no, dale... sentate. Vení a “upa de papi”...
Me senté.
–Mas al medio –dijo, y empezó a fingir que jadeaba–. Más atrás, eso, eso, un poquito más ¡Uh! ¡Me matás, potra! –gimió, poniendo los ojos en blanco.
–Robert, terminala con eso –lo reté.
En eso se abrió la puerta.
–Permisooooo ¿Se puede? –era Olgui–. ¿Ya están haciendo “cosas raras” ustedes dos?
–Naaaaaaaa –dijo Robert, poniendo cara de monaguillo en misa.
–Che, Angelito, ¿conocés la nueva habitación de médicos? –me preguntó Olgui.
–¿Qué nueva habitación? ¿Desde cuando? –me picó la curiosidad. ¿Habían construido una nueva habitación para médicos y yo no lo sabía?
–Dale, vení que te muestro, y después vamos al buffet, que te presento a toda “La cúpula”
–¿La quéeee? –pregunté–. Olgui, cuántos cambios que hay en el hospital. ¿Qué es “La cúpula”?
En el hospital ahora llamamos “La Cúpula” a todos los que, eventualmente, pueden ayudarte a “cupular” en las tardes que no hay nada que hacer o en las noches de invierno –me contestó Olgui, y largó la carcajada.
Llegamos a una habitación que yo no conocía, y Olgui abrió la puerta.
–¡Bienvenida! ¡Bienvenida –el coro de voces.
Estaban todos esperando, para darme la sorpresa. Y lo consiguieron.
Ya saben que soy de lágrima fácil, así que se me humedecieron los ojos. Cuando terminé de secarme con el dorso de la mano, me di cuenta que habían decorado toda la habitación.
Los muy traviesos habían inflado “globitos no reciclables” de esos que ahora se compran en los supermercados, y con papel de fax habían hecho a mano un improvisado “pasacalles” en el que se leía: “¡BIENVENIDA, NENA! ¡LA BANDA TE EXTRAÑABA!”

Flor se adelantó y me entregó un ambo blanco inmaculado y nuevito que todavía estaba envuelto en la funda de nylon.
–Para que lo estrenes el primer día –me dijo, y me abrazó.
–¿Para mí? –dije, moqueando otra vez.
–Sí, dale, ponételo –dijo La Enana.
–¿Delante de todos?
–¡Ayyyy! ¿Qué te dio un ataquecito de pudor? ¡Daaaaaaaaale! –insistió Beti.
Entonces, en el momento en que empezaba a sacarme el suéter, algún atorrante apagó la luz.
Lo que pasó a continuación, se los cuento después...
Continuará