Llevo toda la semana deseando ver a Carlos y por fin estoy allí, aparcando el coche enfrente de su casa. Mientras recorro la distancia que nos separa, sólo se escucha el sonido de mis zapatos de tacón en la calle desierta y, aunque hace frío, no puedo evitar excitarme y humedecerme pensando en lo que va a ocurrir a continuación.
Llamo a la puerta y cuando me ve no se entretiene preguntándome qué tal estoy. Simplemente me mira de arriba abajo con lujuria, se muerde el labio inferior moviendo la cabeza de izquierda a derecha y se lanza a mi boca y a mi cuerpo. Me besa... le beso... me desnuda... le desnudo... me desea... le deseo...
Sabe exactamente qué decir y hacer en cada momento para volverme loca de placer. Me tumba sobre el sofá y su lengua se cuela entre mis piernas, lamiendo y saboreando cada centímetro... mientras, yo no puedo evitar coger sus manos e ir introduciendo cada uno de sus dedos dentro de mí, marcándole el ritmo... uno, dos, tres... cuatro...
–¿Te gusta?
–Me encanta, no pares... más fuerte, por favor...
–¿Te duele?
–Sí...
–¿Quieres que pare?
–Ni se te ocurra... quiero más... fóllame... pero no dejes de hablarme.

Se coloca sobre mí y con mis piernas encogidas entra como un salvaje y me hace llegar al cielo. Gime y le beso... gimo y sus dedos me llenan la boca... saben a mí...
Yo también sé qué decir y hacer para satisfacerle. Me coloco a cuatro patas sobre el sofá, dejándole una perfecta visión de mi sexo y mi culito, con los que juega su antojo, y me entrego con profundidad a su delicioso miembro.
Me muerde las nalgas, las acaricia y me azota fuerte... muy fuerte... en un momento de máxima excitación me regala un "te quiero" que me desconcierta y me hace estremecer al tiempo que toda su esencia inunda mi boca.
Esa noche duermo entre caricias y besos, arropada por el sonido de su respiración. Algo ha cambiado misteriosamente en mí, algo ha cambiado inexplicablemente en él.
El sexo sigue siendo fabuloso, increíble, intenso, pero cada uno de nuestros besos delatan algo más íntimo: una conexión que va mucho más allá de la pura atracción física. Cada mirada, cada sonrisa, cada palabra...
Esa es la primera noche desde que nos acostamos juntos que no quiero que termine.
A la mañana siguiente, mientras yo me ducho y me arreglo para ir al trabajo, él me prepara el desayuno, un zumo de naranja natural y dos tostadas. Desayunamos, reímos, compartimos confidencias y no dejamos de besarnos y meternos mano.
–Natalie, creo que vamos a tener que dar un empujoncito importante a esta relación. Sucede como en las ventas, si no se cierra el pedido lo antes posible se corre el riesgo de que llegue otro con una oferta mejor.
–¿Y qué sugieres?
–Necesitas a un hombre como yo... maduro, estable, que respete tu espacio... apuesto a que puedes llegar a intimidar a los chicos de tu edad.
–Te sorprenderías... Carlos, creo que eres demasiado mujeriego para mí –bromeo con él.
–Llevo seis años sin pareja estable y he disfrutado mucho de mi soltería, pero tú has dado un vuelco a mi vida. El sexo y la relación que tenemos ahora es cojonuda, pero quiero más, mucho más. No necesito estar con ninguna otra mujer.
–¿Cenamos juntos el viernes?
–Claro, preciosa. Por cierto, me ha encantado despertarme a tu lado.
–A mí también. Repetimos el viernes, pero esta vez no me traeré pijama...
Salgo de su casa sonriente, feliz... ilusionada, después de tanto tiempo...