Por la mañana, después de una intensa noche de sexo, siempre amanecíamos abrazados, él boca arriba, rodeándome con su brazo, y yo enlazada a su pecho, respirando el delicioso aroma de su cuello. Él solía llevar puesto exclusivamente un pantalón largo de algún pijama de Calvin Klein y yo uno de los pantaloncitos cortos de los conjuntos que él me compraba habitualmente. Le gustaban muy atrevidos y que dejasen al descubierto parte de mis nalgas. Siempre tuvo una predilección especial por mi trasero...
Yo me despertaba con la primera claridad del día. Él dormía, su respiración era intensa, penetrante. Me gustaba observarle mientras las escenas de la noche anterior iban viniendo certeras a mi mente, haciéndome recrear de forma muy explícita cada uno de los polvos: las posturas... las palabras de deseo... los gemidos... su olor... su sabor... siempre me despertaba con más ganas de él...
Solía darme la vuelta, poniéndome de espaldas a él, lo que provocaba de forma automática que él hiciese lo propio para abrazarme, quedando de esta forma nuestros cuerpos perfectamente encajados. A continuación retiraba con cuidado la sábana que nos cubría de cintura para abajo y me apretaba contra su cuerpo, frotando mi culito con su sexo con movimientos poco inocentes. Pronto notaba su erección...
–Buenos días, princesa... me encanta que tengas tan buen despertar...
Yo asentía, mimosa, y él acariciaba mis pechos y me apretaba aún más contra su cuerpo, sin dejar de restregarnos.

Me besaba el cuello, lamiéndolo... mordiéndolo... haciéndome gemir y vibrar de placer. Yo colocaba mis manos sobre las suyas y le hacía oprimir con fuerza mis senos. Él retiraba mi pantaloncito y hacíamos el amor con él puesto, de lado, despacio, suave... perfectamente compenetrados... hablándonos... besándonos... tocándonos...
Un orgasmo intenso recorría mi cuerpo y seguidamente me zambullía con codicia entre sus piernas. Tener su miembro en mi boca era lo que más deseaba y mayor placer me daba. Contemplarle mientras se rendía a mi lengua y a cada una de mis succiones era mi mejor regalo... no me cansaba de chuparle y mi boca se antojaba insaciable, recorriendo experta la totalidad de su sexo a un ritmo frenético. Él sabía lo que buscaba y me obsequiaba gustoso con su esencia, lo que venía acompañado de un gemido de satisfacción por mi parte.
Después siempre nos quedábamos en la cama, conversando. Me besaba, me acariciaba, bromeábamos, me hacía reír.
–Voy a preparar el desayuno. Ni se te ocurra moverte, esta mañana desayunas en la cama.
–Mejor nos quedamos abrazados hasta que sea la hora de levantarse... aún queda una hora para que suene el despertador...
–Te traigo al menos un zumo o un vaso de leche, ¿no? Algo tienes que desayunar.
–Sabes que el mejor desayuno lo acabo de tomar hace dos minutos... aunque si quieres darme más ya sabes que estoy dispuesta...
–Te quiero, viciosilla –sonreía y me besaba dulcemente.
–Yo también te quiero.
Me encanta hacer el amor por las mañanas.
Foto: Cortesía & © by José Manchado