Una de mis más tórridas fantasías ha sido siempre la de tener sexo salvaje con un completo desconocido. En mi fantasía nos cruzamos por la calle, nos miramos, le sonrío y me invita a un Martini que no llegamos a tomar. Él, moreno, elegantemente vestido con traje y corbata, insuperable sonrisa. Yo, melena oscura, vestido negro entallado por encima de la rodilla y zapatos altos de tacón. Apenas cruzamos un par de palabras, no hay preguntas, sólo nos besamos y gozamos en una de las avenidas principales de mi ciudad, con todos los transeúntes como testigos del súbito arranque de lascivia.
Es un contacto sensual, obsceno... pornográfico... sus manos recorren la fina tela de mi vestido, acariciando mi cintura y bajando despacio para recrearse finalmente con mis nalgas, apretándolas contra su cuerpo... muerdo fuerte su labio inferior, para lamerlo después e introducir mi mano en el interior de su pantalón y jugar con su sexo húmedo... me conduce a un rincón apartado, se arrodilla, aparta mi diminuto tanga y me hace llegar al orgasmo con su lengua, con la que minutos después inunda mi boca al tiempo que yo me doy la vuelta, apoyo mis manos sobre la pared y le pido que me folle sin compasión ante la mirada atenta de algún curioso que se asoma para contemplar la escena...
La fantasía la cumplí hace años, y a pesar de que el encuentro real no sucedió precisamente de esta forma, fue muy satisfactorio...
Nos conocimos chateando, algo que no hago demasiado a menudo, ya que me aburren sobremanera todo tipo de conversaciones con desconocidos –tan parecidas a las que se pueden mantener en cualquier bar un viernes por la noche–, que incluyan las clásicas preguntas "cuestionario". Soy partidaria de la seducción y del coqueteo y huyo de todo lo que esté relacionado con el "ligoteo".
Su conversación me enganchó desde el principio y me descubrió a un hombre muy interesante, con el que congeniaba a la perfección. Dejamos a un lado las preguntas de rigor y nos centramos en conversaciones triviales al principio –teníamos un sinfín de intereses comunes–, que fueron evolucionando a otras mucho más íntimas y personales con el paso de los días.
Su forma de escribir me excitaba muchísimo. Me encantaba cómo utilizaba las palabras, siempre precisas, haciéndome imaginar a un hombre seductor, arrebatador y fascinante que pasó a formar parte de mis sueños más húmedos. No era lo que decía, sino cómo lo hacía...
Las charlas privadas en un salón de Chat pronto dieron paso a otras mucho más explícitas y sugerentes a través del teléfono. La mayoría culminaban con las mejores sesiones de sexo telefónico que he tenido hasta ahora. Únicamente conocía de él su nombre, Roberto, su edad, treinta y cuatro años –yo entonces tenía menos de veinte–, y su sugerente tono de voz, pero le deseaba de una forma insistente y obsesiva y no necesitaba conocer nada más. Le propuse cumplir mi fantasía... tenía muy claro que sólo se trataría de una noche... y aceptó.
Me atraía la idea de llevar la situación al límite, así que no le pedí ninguna fotografía. Puestos a jugar, pretendía que la tensión sexual de nuestro encuentro nos desbordarse a ambos, y una noche, durante una de nuestras fogosas conversaciones, le envié sin previo aviso una fotografía mía: nada especial, primer plano, sonrisa y bronceado veraniego, pero sin mostrarle nada de piel... siempre hay que saber guardarse algo bueno para el final... insinuar, para luego entregarse por completo...
"Soy todo tuyo, tú mandas".
Precisamente lo que yo quería escuchar. Durante los siguientes días, muchos nervios, deseo, ansia por tenerme... justo lo que quería que él me transmitiera.

Elegí el día, el lugar y la hora del encuentro. Él únicamente escogió mi vestuario: un vestido negro corto, entallado en el pecho y la cintura a modo de corsé, sandalias de tacón alto, bolso a juego y, por supuesto, sin ropa interior...
Foto: Cortesía & © by Massimiliano Uccelletti