A veces las mujeres tenemos
una curiosa manera de complicarnos la existencia. ¡Y yo que creía que me pasaba
a mí sola! ¡Qué va!
Ahí estaba
Flor, que miraba azorada cómo su pareja más que flotar en el tedio de la tolerancia
y del aguantarse mutuamente –mal camino–, había entrado en caída libre
hacia el desastre porque había confundido los roles y en vez de convivir con
un hombre, sobrevivía con alguien que le servía de bastón. Una valiente, Flor,
de poder mirar así su propia vida. Claro que cuando una junta coraje, se mira
al espejo y lo que ve no es lo que esperaba –sino mucho peor de lo que hubiera
imaginado–, y se encuentra con la realidad, no abundan las candidatas dispuestas
a reconocer cómo se han equivocado en la vida... que se pasa tan
rápido.
Así fue como empezamos a verla llegar todas las mañanas escondiendo detrás de unos enormes anteojos de sol –aunque lloviera a cántaros–, unos ojos congestionados de tanto llorar.
Ya
no era aquella residente jovencita, con cola que levantaba el pantalón del ambo
–el “irse” de Flor, desviaba más de una mirada masculina–, divertida, risueña y
siempre con una ocurrencia a flor de labios. El tiempo había pasado y se había
transformado en una mujer y ya se sabe que el tiempo es básicamente un
indiferente y no conoce de clemencia. (Con ninguna de nosotras, aclaro por las
dudas, aunque no nos atrevamos a confesarlo en público).
Así las cosas,
nuestra querida Flor empezó a dejar de maquillarse, a veces hasta se olvidaba de
perfumarse y decir que estaba taciturna y callada, es dar una pálida idea de
cómo se sentía. Todos nos dábamos cuenta que estaba deprimida-mal. Cuadro que se
agudizaba porque, además que a las mujeres los fracasos nos dan duro en la
autoestima, Flor tenía una circunstancia agravante: detrás de esa aparente
desfachatez suya, se escondía una jovencita en extremo tímida y sensible.Estaba
tan deprimida que ni siquiera se fijaba ya en los “papis” de sus pequeños
pacientes, que la adoraban.
Nuestra querida Florcita, amenazaba con marchitarse.

Por
supuesto, de aventurillas en el cuarto del fondo, nada. Flor andaba por los
pasillos como un espectro, con la expresión ausente y el humor oscilante que
tenemos algunas mujeres cuando no nos damos ni siquiera una pequeña
satisfacción, aunque más no sea de vez en cuando y para despuntar el
vicio.
Cuando esa situación llegó a cierto límite más allá de lo prudente, decidimos que ya era suficiente, y que teníamos que hacer algo para sacar de ese ostracismo a nuestra querida compañera porque, como ya deben haberse dado cuenta, los que trabajamos en el hospital –como en una gran familia–, cuando suceden estas cosas cerramos filas y buscamos la forma de apoyarnos. Bueno, a no malinterpretar el “apoyarnos”, por favor. Quiero decir que hacemos lo posible por respaldarnos, consolarnos, contenernos mutuamente. Y en el caso de Flor, teníamos que hacer algo y lo teníamos que hacer rápido porque el diagnóstico era alarmante.
En este punto es donde empieza a cobrar importancia nuestro infectólogo, el doctor Georges, que hacía rato que venía mirando con detenimiento a Flor, como si le tuviera unas ganas que ni te cuento.
Claro que por lo general, hay un pequeño detalle que complica las situaciones que parecen tener fácil solución. En este caso, el detalle era que Georges, un hombre capaz, interesante, bien parecido, caballero, considerado, brillante profesional y excelente compañero de trabajo, dulce, tierno y cariñoso, además, era tanto o más tímido que Flor.
De manera que a Flor le gustaba nuestro infectólogo y Georges se babeaba por Flor. Pero ninguno de los dos se animaba a dar el primer paso.
De hecho, todos sabíamos que alguna vez Georges le había hecho una propuesta a nuestra Florcita.
–¿Qué le parece venir a trabajar en mi sector? –le dijo así, de una, un día que se animó.
–¿Perdón, doctor? No comprendo... –contestó ella, con su cara redondita toda colorada, lo que la hacía parecer uno de esos perfectos tomates de quinta.
–No sé... digo, quizás podría sentirse mejor, doctora... más feliz... digo... haciendo algo diferente –empezó a balbucear Georges.
–Yo... no creo que sea... procedente, doctor –respondió ella, balbuceando más que él, y con gotitas de transpiración formándole un arroyito sobre el labio superior.
En resumen. Nada. Georges seguía babeándose cada vez que se la cruzaba, y Flor parecía empecinada en seguir con su depresión-post-duelo-de-separación.
–Algo hay que hacer por esa chica –dijo Kojak, después de plegar con prolijidad el diario, dejarlo sobre la mesa y guardarse los anteojos de leer en el bolsillo superior del ambo.
–Robert, yo estoy hasta acá de sugerirle que se afloje un poco y le dé una posibilidad –Olgui hizo un gesto con una mano extendida a la altura de la frente, y después le pegó un mordiscón a un alfajor triple, de esos que suele zamparse cuando está “en esos días de nervios”, como los sigue llamando mi mamá.
–Y lo peor del caso es que le gusta –agregó Gloria, que no se le escapa detalle–. Pero se niega a mirar la realidad. Se sabotea la posibilidad de ser feliz. ¡Bueh! En eso las minas somos expertas a veces, ¿no?
–¿Saben cuántas veces le insinué que se olvidara de su pareja y que se lo llevara al cuartito del fondo? –pregunté
–¿Qué dijiste? –preguntó La Enana, que había estado callada, siguiendo la charla, sentada a caballito sobre la silla del revés.
–No sé... ¿qué dije? –pregunté, temiendo haber metido la pata por esa incontinencia verbal que a veces (Bueno, sí, lo admito, casi siempre), me es imposible controlar.
–¡Grande, La Nena! –dijo Robert que es más rápido que un misil, guiñándole un ojo a Beti.
–Escuchen –dijo Betina, mirándose las uñas, como cada vez que acaba de ocurrírsele una idea y empieza a urdir planes.
Y nos explicó.
Al viernes siguiente nos dividimos en dos bandos. Por un lado Robert, Gloria y Batman se le metieron en el consultorio a Georges y sabiendo que el doctorcito tiene una asombrosa capacidad para arreglar aparatos domésticos, comentaron así, como al pasar, que el aparato de televisión del dormitorio de médicos funcionaba mal.
–Che, ¿vos que te das maña, podrías arreglar el televisor de la “suite”? –le dijo Robert.
Acá, y sin ánimo de dispersarme, debo aclarar que nosotros llamamos “la suite” al dormitorio de médicos. Sí, el dormitorio que está al final del pasillo, del que La Enana prefiere no acordarse, aunque ya se le está pasando la bronca y se puede decir “Plasma” sin que empiece a levitar como una poseída.
La mencionada “suite” es, en realidad, un cuarto de dos metros cuadrados y medio, con una cama de hospital de plaza y media, una mesita de luz muy pipí-cucú, que nos hiciera nuestro jefe de mantenimiento con una lata de cien litros de aceite de máquina que encontró en el sótano –eso sí, pintada por él mismo–; un ventilador de techo que alguna vez debió servir para refrescar el ambiente, pero que ahora te machaca los oídos con el “traka-traka”, de ruido ha roto que hace, y que en verano desparrama aire caliente a cuarenta grados centígrados, transformando la estancia en una sauna, y un velador que donó uno de los tantos residentes que pasaron por nuestra institución hospitalaria, después de hacer la repartija de los muebles con la novia –que ya no era la novia–, cuando decidieron una semana antes, con las invitaciones enviadas y el salón contratado, que no iban a casarse.
Completa el mobiliario y las comodidades una mesa de computadora medio desvencijada que vaya a saber uno quién trajo de su casa en vez de hacerla leña, que sirve de apoyo a un funcional televisor color de marca desconocida, de catorce pulgadas de un estridente color rojo carmín, y sin comando (hay que levantarse a apagarlo), que Kojak y Batman habían “descompuesto” haciendo interferencia con un tubo fluorescente fallado –de esos que te dejan medio ciego de tanto que titilan–, usado a manera de antena satelital. Muy ingenioso por parte de los chicos, hay que decirlo.
–¿Qué le pasa? –preguntó Georges–. ¿No enciende?
–No, no... encender, enciende, pero hace “lluvia”, ¿viste? Y no se ve nada.
–Bueno, después lo veo –dijo Georges–. Termino de revisar unos cultivos y voy para allá.
Kojak y Batman vinieron corriendo hasta donde estábamos nosotras.
–¡Ya está! En diez minutos está en “la suite” –dijo Robert.
Entonces, pasamos a la “Fase B” del plan.
Allá fuimos, La Enana, Olgui y yo, y la encontramos a Flor sola en el consultorio, leyendo una novela de amor, con las lágrimas resbalándole por las mejillas, porque es de lágrima fácil, como una que ustedes conocen. (O sea, yo.)
–Che, Flor... ¿Podés hacernos un favor?
–Mmmm.... –dijo, sin levantar los ojos del libro–. ¿Qué favor?
–George se siente mal... ¿podrás llevarle una taza de té y verlo? –dijo La Enana.
–¿Qué le pasa?
–Dolor de nuca, desasosiego en el brazo izquierdo, sensación de acidez... –dijo Olgui, pintando un más que posible cuadro coronario–. Ese muchacho no anda nada bien.
–Olgui... no seas alarmista –La Enana, disimulando, le dio un pellizco.
–Estás exagerando... pará que se te va la mano –le susurré al oído, mientras La Enana la miraba peor que si hubiera dicho “Plasma HD TV 42 pulgadas”, “FS:Sony Xperia X1”, “Nokia N95 8Gb”, “Apple iphone 8Gb”, “Psp Games”, “Play Station 4” y “multiprocesadora”, todo junto, unas semanas antes.
–No sé Flor... ¿diagnóstico reservado, tal vez? –Olgui, embarrando más la cancha, creyendo que estaba dando una mano.
–Flor, no hagas preguntas que ni nosotras podemos responderte –dijo Beti–. ¿Por qué no le llevás el té y lo ves vos, eh? Yo soy traumatóloga, La Nena kinesióloga...
–Eso, eso no podemos hacer un diagnóstico nosotras –dije, mirándola a los ojos a Olgui para que cerrase el pico.
–Bueno, ahora voy... –dijo Flor, cerrando el libro.
Salimos al pasillo y nos encontramos con Robert, que acababa de bajar de la terraza,
–¿Y? –preguntó La Enana.
–Está en “la suite”, volviéndose loco porque acabo de mover tanto la antena, que más que lluvia, el televisor debe estar diluviando –contestó, con una sonrisa parecida a la de Mefistófeles cuando está por hacer de las suyas.
–¡Ahí viene Flor! –dijo Olgui, que se quedó de vigía–. ¡Y trae la taza de té!
–¡A jugar a la escondida! –dijo La Enana.
Nos escondimos donde pudimos y cuando Flor entró a “la suite” y cerró la puerta, Kojak corrió y le puso llave del lado de afuera a la habitación y recién entonces nos fuimos silbando bajito, cada cual a su consultorio, con la tranquilidad y la conciencia clara de haber contribuido a juntar en el mismo cuarto oscuro a dos tímidos, para ver si se les encendía la creatividad.
Entre una cosa y otra, y entre paciente y paciente, pasaron como cuatro o cinco horas. Para timidez, es un poco mucho, o hay que ser muy tímido para resistir a solas en la habitación del fondo.
Como si nos hubiéramos comunicado telepáticamente, de pronto estábamos todos reunidos frente a la puerta del dormitorio de médicos. La puerta estaba cerrada. La Enana pegó la oreja a la puerta.
–No se escucha nada –dijo, revoleando los ojos.
–¿Se habrán quedado dormidos? –pregunté.
–Che, ¿no habrá resultado en serio que tenía un cuadro coronario? –dijo Olgui, descolgada y masticando un Bon-ó-Bon.
Toc-toc-toc –Robert golpeó suavecito la puerta.
–¿Flor? ¿Georges? –llamó.
Nada.
–¿Están ahí? ¿Pasa algo? –preguntó y empujó un poquito la puerta, que se abrió.
Las sábanas hechas un bollo en la cama, la almohada en el piso y esa sensación inconfundible de que ahí ha pasado algo, y lo que ha pasado resultó muy gratificante.
Entonces lo vimos. Un mensaje escrito a mano en un papel de talonario de receta de promoción de un laboratorio, pegado en la pared, arriba del televisor.
“El televisor ya no hace lluvia. Alguien que arregle la cama, por favor. ¡Ah! Gracias a ustedes nos tomamos una semana de licencia, por enfermedad. Flor y Georges”
–¿Licencia por enfermedad? –preguntó Olgui–. ¿Y el diagnóstico?
–Reservado... Olgui... Diagnóstico Reservado –le contestó La Enana, revoleando los ojos y chasqueándose las manos contra los muslos–. ¡Y dejá de masticarme chocolate en la oreja!
Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik