Porque en efecto
las bicicletas son para el verano.
Si me preguntaran cuál ha sido el amante más dulce que he tenido en mi vida, sin dudarlo ni un instante respondería que ha sido Gerardo. Era un orfebre uruguayo a quien conocí durantes unas vacaciones, en la playa de mi adorada Isla de Margarita adonde yo iba todos los días a bañarme y tomar el sol y él acudía a vender las preciosas piezas de joyería que fabricaba con plata y objetos marinos.
Aún me parece oír su voz serena y educada, con un suave acento sureño, cuando me habló por primera vez para decirme:
–¿Le gustan estos aretes?
–Son hermosos –le respondí, admirando el par de argollas plateadas con pequeñas caracolas lilas y rosadas que extrajo del paño de terciopelo verde oscuro para mostrármelo.
–¿Quisiera comprármelos? –me preguntó y percibí una nota de aprehensión en su voz que me causó cierta desazón.
–Me encantaría comprarlos, pero mira… –le respondí, al tiempo que me recogía el cabello para mostrarle que no tenía perforados los lóbulos de las orejas.
Se inclinó hacia mí para observarlos de cerca y me estremecí al sentir su proximidad, porque su cuerpo desprendía una fuerte energía magnética a la cual era imposible sustraerse. La sensación fue todavía más fuerte cuando me tocó uno de los lóbulos, como si necesitara comprobar por mano propia lo que le decían sus ojos, y aquel contacto me turbó de un modo sorprendente. Además su piel emanaba un aroma muy viril –mezcla de sudor, el olor del yodo del mar y una pizca de dulzura– que me excitó de inmediato.
Intenté esconder mi turbación preguntándole sobre su oficio y las piezas de joyería que elaboraba. Me contó que había aprendido orfebrería en su natal Uruguay y de cuanto le gustaba tomar un hilo de plata y trozos de caracoles, espinas de pescado y nácar de diversos moluscos para transformarlos en algo hermoso que usaría alguien que supiera apreciar sus creaciones. Me dijo que vivía en Venezuela desde hacía cinco años y me habló del viaje por carretera que hizo a través de tres países para llegar acá.
Sus ojos eran color miel y brillaban cada vez que me veía así que yo me sentía nadando en almíbar mientras él hablaba, pero tendría que estar ciega para no notar aquel dejo de tristeza que translucían. Deseaba saber a qué se debía, pero me parecía una pregunta muy íntima y aún no había suficiente confianza entre nosotros como para hacerla. Él mismo se encargó de explicarme que aún estaba convaleciente de una gripe terrible, complicada con una bronquitis, que lo mantuvo en cama por casi un mes. Durante ese tiempo no pudo trabajar, consumió buena parte de sus ahorros y ahora había quedado muy corto de dinero.
Como deseaba ayudarlo y tener la oportunidad de volver a verlo, le dije que le compraría un par de zarcillos si había forma de ponerles un dispositivo a presión para que yo pudiera usarlos. Me respondió que sí podía hacerlo y que sólo le diera unos días para fabricarlo. Le pregunté cuánto costaría, me dio una cifra aproximada y saqué dinero de mi bolso para pagarle por adelantado, diciéndole que yo siempre iba a esa playa y que nos veríamos ahí cuando los tuviera listos. Gerardo no podía creerlo y alegaba que no era necesario darle un adelanto. Lo convencí de tomarlo y al final aceptó.
Menos de veinticuatro horas después sentía de nuevo sus deliciosas manos en mis orejas, mientras me colocaba los preciosos zarcillos de plata y nácar de mejillón que, según me contó, había elaborado durante la noche. Estaba fascinada no sólo con lo hermoso de su trabajo sino también con la delicadeza de sus dedos. Quería que el momento se prolongara para siempre o al menos que el atractivo muchacho se quedara a mi lado un rato más, pero él se despidió diciendo que debía seguir ofreciendo su mercancía a los turistas. Le cancelé el resto del dinero y antes de que pudiera pedirle que me hiciera otro par de aretes, desapareció y ya no volví a verlo el resto del día.
A eso de las cinco y media de la tarde, recogí mis cosas para marcharme y me dispuse a caminar hacia la carretera. En eso apareció Gerardo montado en una bicicleta. Frenó a pocos centímetros de mí, me saludó con una sonrisa de oreja a oreja y preguntó a dónde iba. Le contesté que iba a El Tirano, me dijo que él vivía en ese mismo pueblo y que podía llevarme si yo quería. Le dije que sí, me tercié el bolso a la bandolera y subí a la parte trasera, rodeando su cintura con mis brazos y tratando de esquivar el pequeño morral que él llevaba a la espalda.
Enfilamos hacia el pueblo en cuestión, donde me estaba quedando en casa de unos amigos. En el corto trayecto, yo hacía un esfuerzo enorme por no hundir la cara en aquella espalda ancha que tenía frente a mí y deleitarme con el divino olor de Gerardo. Para distraerme le busqué conversación, preguntándole cómo le había ido ese día con las ventas y diciéndole cuánto me gustaban mis nuevos pendientes. Él alzó la voz y me preguntó:
–¿Quieres ir a ver el atardecer en Manzanillo?
–¡Sí! –le respondí, encantada con la idea de ver uno de los maravillosos ocasos de ese sitio y, para mayor disfrute, en su compañía.
Giró en dirección contraria, hacia el Norte de la isla, y pedaleó con fuerza para agarrar velocidad. En cuestión de minutos llegamos a Manzanillo y nos dirigimos a la orilla del mar, justo a tiempo para ver al sol darle su infaltable beso de fuego al mar en medio de un cielo teñido de rosados, lilas y dorados.

Bajamos de la bicicleta y nos sentamos muy juntitos en la arena, dejando nuestros bolsos a un lado y comentando maravillados el abrupto cambio de colores y lo rápido que caía la noche. En medio del espectacular atardecer, sentí que Gerardo tomaba mi mano y la apretaba con timidez.
Entonces ya no resistí más y busqué su boca, deseosa de probar aquellos labios en los cuales no había dejado de pensar desde el día anterior. ¡Qué delicia cerciorarme de que eran tan dulces como los había imaginado! Aunque el mayor placer fue comprobar que Gerardo respondía a mis besos con una pasión semejante o quizás mayor que la mía, abriéndose paso en mi boca mediante su lengua curiosa, robándome el aliento y regalándome la gloria.
Me abrazó, atrayéndome hacia él, y seguimos besándonos un rato tan largo que perdí toda noción del tiempo y el espacio. Cuando nos separamos, estábamos sumidos en la oscuridad de la noche temprana y nos habíamos quedado solos en la playa. En ese momento Gerardo sacó de su morral una linterna de pie, una manta fina y una botella de vino blanco con dos copas.
–¿Tenías todo preparado? –le pregunté riendo, mientras lo ayudaba a extender la manta.
–Sí, te estaba esperando para ofrecerme a llevarte y en el camino invitarte a venir acá –confesó algo azorado, procediendo a descorchar la botella y servirnos a ambos.
–¿Y si te hubiese dicho que no? –quise saber.
–Sabía que dirías que sí –contestó, mirándome a los ojos.
–Por el atardecer –brindé.
–Por cada hora a tu lado –agregó él.
Me enternecieron tanto sus preparativos secretos como sus palabras y volví a besarlo, sólo que esta vez fui yo quien lo abrazó. Así aproveché para pegar mis pechos al suyo y que mis pezones erectos, apenas cubiertos por la parte superior del bikini, le mostraran mi excitación. El truco surtió efecto y Gerardo reaccionó tocándome con esa inmensa dulzura que dejaría una huella imborrable en mí. Muy pronto desató las tiritas del sostén de mi bikini y su boca remplazó a sus dedos.
Al recostarme sobre la manta pude sentir la arena aún caliente debajo de mi cuerpo, que también se iba calentando a medida que Gerardo me besaba, lamía y chupaba con movimientos suaves y lentos. Fue bajando poco a poco, parándose aquí y allá según la intensidad de mi reacción, hasta toparse con la parte inferior de mi bikini. Las tiritas de ésta las desató con la boca, pues tenía las manos demasiado ocupadas acariciándome y levantándome la cadera hacia su cara.
Así desnuda, a escasos metros del rompiente de las olas y con el cielo cuajado de estrellas sobre nosotros, Gerardo me regaló el infinito placer de su boca, de su lengua, de sus dedos, de sus manos y, por último, de su sexo. En todo momento fue dulce, sin llegar nunca a empalagarme, y dejándome con la grata sensación de esos orgasmos plenos que provocan los buenos amantes.
Al día siguiente de esa primera noche me mudé a su casa y pasé allí el resto de mis vacaciones. Cada mañana salíamos juntos, montados en su bicicleta, haciendo equilibrio para besarnos y acariciarnos al recorrer a todo pedal la corta distancia hacia la playa. Los lunes Gerardo se tomaba el día libre, así que lo dedicábamos a nosotros y nos íbamos a otras playas, más lejanas y casi solitarias. Aunque nos turnábamos para manejar, lo que más me gustaba era sentarme en el travesaño del cuadro, entre el manubrio y el asiento, para poder acurrucarme en el hueco de sus brazos y embriagarme con su aroma varonil. De vez en cuando regresábamos a Manzanillo, a ver el atardecer y hacer el amor al aire libre.
Desde entonces han pasado veinte años. En este tiempo no he olvidado aquellos paseos en bicicleta ni al dulce Gerardo. Hace cinco años pregunté por él y me dijeron que se había mudado a Curazao. A veces pienso que en mis próximas vacaciones cambiaré de destino y me aventuraré a visitar esa otra isla. Pero luego lo pienso mejor y me digo que no, que como ésta no hay dos.
Foto: “Jóvenes en el Malecón, La Habana” cortesía & © by Salvador Aznar