Hoy no hay historias de travesuras, ni recuerdos pícaros, ni reflexiones profundas o autocríticas, ni anécdotas de mi paso por el hospital.
¿Saben por qué?
Por varias razones.
Quizás, la de más peso es porque en la redacción, mi editor me incautó los tres últimos relatos –con algunos más que no se habían publicado–, sin posibilidad de apelación.
–¿Cómo que no se publican? –pregunté, sintiendo que me subía la sangre a la cabeza, reacción consecuente con mis genes italianos por partida doble. (La “tanada”, que le dicen.)
–Shhhh... tranquila –me dijo Simón. No sé cómo hace, pero cuando veo todo rojo y me dan ganas de empezar a gritar, Simón consigue que me calme–. ¿No te das cuenta que el libro debe tener varios relatos inéditos?
–¿Qué libro? –le pregunté, sintiendo que se me aceleraba el ritmo cardíaco.
–El tuyo –dijo, muy serio, tamborileando los dedos sobre una pila de pruebas de galera que tenía sobre el escritorio–. Vamos a publicar tu libro.
–¡Noooooooooo! ¡NOOOOO! –dije. Bueno, en realidad creo que lo grité.
–Sí –me contestó– y, por favor, no seas escombrera.
–¡Me da taquicardia!
–Angelito, basta, terminala –me dijo en voz muy baja y mirándome serio. Por si no lo saben, aprendí que cuando Simón mira serio y habla bajito, mejor meter violín y bolsa y hacerle caso, aunque él no comprenda que a mí las emociones me pegan mal.
Cuando
me emociono me da taquicardia –en serio, no bromeo–, me empieza a doler la cabeza, empiezo a toser y tengo que salir corriendo al baño porque me hago pis encima. Todo junto. Así que les pedí permiso a las chicas y salí disparando al baño para no hacer un estropicio en la alfombra de la oficina.
¡Ay, Dios! ¡Qué momento!
Cuando volví a su escritorio, me explicó que después de un año de aparecer todas las semanas (¿Ya pasó un año? ¡Qué rápido se pasa el tiempo!), había suficiente material como para justificar la edición, pero que tenía que tener algunas historias inéditas para que el libro tuviera más atractivo..
–Así que ahora, como una buena chica, te llevás todas estas pruebas a tu casita y te ponés a leer y a corregir lo que sea necesario. Y cuando termines, escribís un post nuevo para la otra semana, ¿sí?
Me entregó un sobre con todas las pruebas de galera, me dio un beso en la frente y me acompañó hasta la puerta, tan caballero como siempre, mi dulce.
–Y no te duermas, que no tenemos mucho tiempo, ¿eh? –fue lo último que me dijo, conociendo mi tendencia a dispersarme.

Así que además de portarme como una nena obediente, llegué a mi casa, me puse las alitas y empecé a escribir esto a las apuradas, y en el medio me llamó mi mamá porque no había ido la señora que limpia y tuve que ir a ponerle la casa de vuelta y media, y volví y tengo que terminarlo y enviarlo y después pasarme todo el fin de semana revisando las pruebas y... ¡Ay, Dios! ¡Me da un ataque! ¿Por qué seré tan ansiosa?
Pero además me acordé de otra cosa... Mañana, se festeja acá, en nuestro país, El Día Del Amigo que, para mí, es un día muy especial.
Por eso quiero aprovechar esta ventanita de los domingos para decirle a Anamar que está en Margarita; a todos y cada uno de los miembros de la redacción (los de acá y los que escriben desde lejos), a Vero, a mis queridos y tan especiales amigos de La Banda y a La Enana Maldita, con la que llevamos la mitad de nuestra vida compartiendo tantas cosas...
A todos ellos quiero decirles que, como me escribió Vero: Hacer un amigo es una Gracia. Tener un amigo es un Don. Conservar un Amigo es una Virtud y sentirme amiga de todos ustedes es, para mí, un honor.
Como ven, todas razones de peso para saltearme el post de hoy.
¡Feliz día para todos mis amigos!
Foto: Cortesía & © by Cayetana Saiz