El matiz viene después
cuando lo hacen por debajo del mantel.
"Mujer contra mujer", Mecano
?¿Recuerdas aquella vez que nos escapamos de clases para ir a ver a ese chico que te gustaba? ?te pregunto.
?Tienes que ser más precisa ?acotas, para luego ser tú quien pregunte?: ¿Cuál de las tantas veces que nos escapamos y cuál de los tantos chicos que me gustaron?
?Es verdad ?reconozco de inmediato?. ¡Eras terrible!
?¿Era? ?me respondes, ahogando una carcajada?: ¡No te imaginas cómo soy ahora!
Es una tarde propicia para los recuerdos. Estamos solas, sin maridos, ni hijos, ni responsabilidades. Salimos de compras y, al terminar con todas las tiendas que nos proponíamos visitar, nos sentamos a disfrutar de una sabrosa merienda en uno de los cafés de moda. Reímos, contándonos anécdotas y evocando las innumerables aventuras vividas juntas.
Una vez más volvemos a ser aquellas traviesas estudiantes de bachillerato que burlaban la férrea disciplina del colegio de monjas para dedicarnos a merodear cerca del colegio de curas, intentando ver al chico de quien estuviéramos enamoradas ?eternamente? ese mes. Poco importa que estemos a punto de cumplir cuarenta años y la época de las travesuras al parecer haya quedado atrás.
Seguimos conversando sobre ?los viejos tiempos? hasta que un dejo de nostalgia marca la charla y es así como los recuerdos dan paso a las confidencias. Ambas hablamos de nuestros respectivos problemas maritales y manifestamos estar hartas de la rutina que se ha instalado en nuestras vidas. Entre un comentario y otro, expresamos casi al unísono las ganas de vivir nuevas experiencias y de sentirnos vibrar otra vez para saber que seguimos estando vivas.
Nos vemos a los ojos y enlazamos nuestros dedos como entonces, cuando solíamos andar tomadas de la mano y burlarnos de los hombres mayores que nos piropeaban al pasar. Igual que en aquellos tiempos juveniles, siento la misma llama de la curiosidad y el deseo avivarse dentro de mí. Sólo que esta vez, a diferencia de hace veinticinco años, reúno el valor suficiente para dar un salto que tanto he temido y con la misma fuerza he anhelado, diciéndome que es ahora o nunca.

Tratando de que mi cara no delate mis intenciones, me descalzo una sandalia y acerco el pie libre hacia ti. Trago grueso antes de acariciarte la pantorrilla y te observo con detenimiento para estudiar tu reacción. Percibo que aumentas la fuerza con que me estás agarrando la mano y cómo brilla un chispazo de sorpresa en tus ojos. Sin embargo, noto que no retiras ni la mano ni la pierna, así como tampoco esquivas mi mirada. También oigo que, con tu voz más dulce, pronuncias mi nombre:
?Ana.
No logro descifrar si tu tono es de molestia o de complacencia, estoy obnubilada por este torbellino de emociones, sentimientos y sensaciones que se apodera de mí. Quiero disfrutarlo. El corazón me late tan fuerte que presiento que de un momento a otro se me va a salir del pecho. Sé que tengo húmedas las palmas de las manos y que tú te das cuenta. Estoy consciente de mi boca reseca y mi piel enrojecida. Hago acopio de un poco de serenidad para susurrarte:
?Probemos algo nuevo.
Ahora sí retiras la mano y el mundo se me viene encima. Me basta un segundo para arrepentirme tanto de las caricias que te hice con el pie como de lo que acabo de decirte. Se me hace imposible esconder la frustración y lucho por aguantar las lágrimas. Bajo la cabeza, me vuelvo a calzar la sandalia. Estoy a punto de levantarme para marcharme de allí, sin tener que darte explicaciones ni escuchar las tuyas, cuando oigo que repites mis palabras:
?Sí, probemos algo nuevo.
Foto: Cortesía & © by Diana César