... que yo mientras me fumo un cigarrillo...
Paseando por mis comentarios y por los de otro blog en donde se me menciona, descubro que algunas personas hablan del tantrismo maravillas, y que en algún caso no se acabó de entender que yo no disfrutara del mismo. Por explicaciones que no quede.
Me gustaría aclarar varias cosas respecto al sexo tantra, que hoy en día parece que todo el mundo lo practica igual que en su momento todo el mundo tenía acciones en bolsa o iba al trabajo en bicicleta para proteger el medio ambiente (ya).
El tantrismo no tiene como gran característica la contención de la eyaculación masculina, sino el “adiestramiento” de la mujer para llevar al máximo placer a su pareja, pero esto con el tiempo se ha ido distorsionando y ahora parece que si un tío no se corre en menos de veinte minutos ya te está haciendo el amor a lo tántrico.
Detrás de las técnicas tántricas existe una filosofía cercana a la religión, que proviene de raíces induhístas y budistas, cuyo objetivo es el sexo como entrega espiritual, no como placer en sí mismo.
Gira únicamente en torno a las zonas erógenas masculinas pero alguien debió de encontrar un filón en eso de retener la eyaculación y correrse pa’dentro y le dio una inteligente vuelta, haciéndolo aparecer como la solución para aquellas mujeres que necesitan mucho sexo en una sesión para poder tener orgasmos.
Vamos: que si tu novio se aguanta convenientemente para que tú puedas correrte antes que él, lo que tienes es un novio encantador, pero nada que ver con el tantrismo.
Yo parto de la base de que cualquier teoría que me intente explicar cómo debo practicar yo el sexo coarta mi libertad para experimentar conmigo misma e irme descubriendo sexualmente. Me parece que tomar un librito y empollarse cinco técnicas no es la mejor manera de saber dónde tú te sientes más cómoda, cómo deseas ser tocada y cuál es la forma en qué más disfrutas, entre otras cosas porque no siento el sexo como una técnica, sino como una práctica diferente, única, y completamente individual.

Si alguna vez he recurrido a algún tipo de explicación ha sido siempre desde el punto de vista mental: si tenía alguna duda a los catorce años acerca de si masturbarme era bueno o malo, se me disiparía rápidamente al entender que “Lo que está bien y lo que está mal” no está determinado por nadie en el sexo, nadie tiene el poder ni la potestad de decir “Esto es bueno” y “Esto es malo” respecto a tu sexualidad individual o respecto a la sexualidad consentida. Una vez entiendes ese concepto, puedes basar tus prácticas simplemente en el “Me lo he pasado bien” o “No me lo he pasado bien.” Ni comuniones armónicas con tu pareja ni memeces cursis que sólo vienen a paliar ciertos remordimientos a la hora de aventurarse a probar o a maximizar el placer: todo se limita y se expande en ti misma.
Si bien mentalmente creo que soy una persona tremendamente sana desde el punto de vista sexual, sin pudor ni tabú alguno (lo que no quiere decir que todo me guste), físicamente no soy especialmente afortunada: soy alérgica al látex, lo que condiciona muchas de mis relaciones, soy pequeñita por dentro y por fuera, lo que me impide recrearme en prolongadas penetraciones, especialmente si él tiene un pollón de esos de salir corriendo, no tengo elasticidad alguna debido a que jamás practiqué nada que pudiera parecerse al deporte, por lo que según qué posturitas pueden ser para mí más bien torturitas, y encima tengo una boquita de piñón que adora hacer mamadas, pero es incapaz de hacerlas en condiciones (aunque he encontrado pequeños trucos sustitutivos a este defecto.)
Todo ello no impide que yo ponga toda mi entrega en mi cama, que sepa perfectamente dejarme llevar, que me guste preguntar, que me encante explicar, que me ría ante una situación divertida, o que llore cuando me han llevado al límite de mis sensaciones.
Con todo esto, ¿de verdad tengo que ponerme a investigar dónde está la próstata del hombre y estimularla para que tenga un orgasmo sin eyaculación? ¿Tengo que aguantar horas de penetración con los consiguientes chichones en la cabeza si ya sé que tampoco me aportará nada nuevo ni mejor? ¿Tengo que pasarme dos horas mirando el cuerpo de mi “amado” y pasarle una plumita para despertar todas sus terminaciones nerviosas? ¿Tengo que tratar de batir un récord de orgasmos por sesión? ¿Tengo que quedarme sin el inmenso estímulo sensual y sexual que para mí representa ver a un hombre correrse porque el tío egoísta se corre para adentro y se queda él con su semen y a mí que me den?
Alguien me acusó una vez de comentar que mis amantes son todos perfectos y maravillosos. Evidentemente no lo son, algunos seguro que hasta son malos de cojones. Pero a mí me gusta (casi) todo tanto, soy tan fácil en la cama, que quizás yo los vea como maravillosos amantes fogosos, cuando la realidad es, simplemente, que yo no he tenido nunca ningún problema con mi sexualidad ni con la de los demás.
Con quienes sí he tenido problemas ha sido con alguno de los hombres con los que me acosté en el momento en que me acosté, pero eso, mucho me temo, no tiene nada que ver con el sexo.
Foto: Cortesía & © by Markus Arns