Para los mal pensados, no se trataba de un “Shanghai Daily” de barrio (lugares “non sanctos” en auge en estos tiempo), no, no.
Mi primer Centro de Rehabilitación era un establecimiento especializado dedicado a la prevención, diagnóstico y tratamiento de patologías músculo-esqueléticas, neurológicas y vasculares que llevaban a una discapacidad.
Mi especialidad, en la que ponía más atención, siempre fue el de las patologías deportivas y laborales. Y el tratamiento básico para este tipo de patologías fueron, son y serán los masajes terapéuticos.
En aquellos años mis primeros y osados pacientes eran mis vecinos.
Como Gerardo.
¿Quién era Gerardo?, se preguntarán.
Era un hombre muy apuesto, vecino del barrio, que me duplicaba en edad y que tenía un hermoso cabello canoso, muy lacio y suave y un atractivo que... ¡Ummm!
A Gerardo lo conocían hasta las gatas (me refiero a las mishifusas) del barrio. Y más de una mujer –soltera o casada–, se habría rendido de buen grado ante él.
¡Y yo con mi complejo de Edipo siempre a cuestas!
Un barrio es
como un pueblo chico. Ya saben, todo el mundo se conoce. Si uno está con
colitis, al otro día la farmacéutica la pregunta si no necesita unas pastillas
de carbón. Como en el gobierno, los barrios son una verdadera usina de
rumores. Que si Doña María mira con ojos de "¡Qué ganas te tengo!" al carnicero. Que si la solterona de la casa con enanitos trata demasiado bien al pichicho o qué le dijo el urólogo a Don Gino, que hace como diez años que se olvidó de qué tenía que hacer con lo que Dios le regaló. Eso.
Norma, una señora ya mayor que esperaba su jubilación y era eficiente como pocas, era quien, por aquellos días hacía las tareas de recepcionista, y lo había agendado para una interconsulta.
–Norma... ¿Acá dice Gerardo Mendella? –le pregunté esa mañana, cuando llegué y me puse a revisar las fichas mientras me tomaba un expresso.
–Sí, doctora. Pidió turno por un dolor constante en la rodilla.
Vale aclarar que el Centro contaba con tres boxes modelo médico, totalmente equipados y lo compartíamos entre tres. Conmigo trabajaba –en la especialidad traumatología– el recordado y siempre bien ponderado Batman. Además, para los chicos del barrio, habíamos incorporado a una pediatra.
–Norma cuando llegue el señor Mendella, que pase –le dije, antes de encerrarme en uno de los boxes para sacarme cambiame y ponerme el guardapolvo

Por si no lo saben, debajo del guardapolvo una suele andar ligerita de ropa, para facilitar los movimientos, claro.
–Está bien, doctora –dijo Norma.
–Toc, toc... –sonaron después de un rato unos golpes en la puerta de madera que con tanto cariño había hecho mi papá, que es ebanista y carpintero para que la nena tuviera su consultorio. Ya sabe, si no puede tener un hijo doctor, que sea La Nena.
–Pase –dije.
–Hola, Nena ¿cómo estás? –seguía llamándome “Nena”, como todos en el barrio.
Ahí estaba el apuesto caballero que desde niña miraba –cuando mi papá, el tano más celoso que ustedes hayan conocido no me veía–, y que me arrancaba más de un suspiro.
–Hola Gerardo ¿cómo vas? ¿Qué te está pasando?
–¡Uf! A los cuarenta y ocho, desde hace unos tres años ando mal de la pierna izquierda –me dijo, dejando un sobre encima del pequeño escritorio–. Acá están todos los estudios que me hice.
Ajá. El apuesto Don Gerardo, por lo que decía el diagnóstico y la placa, padecía de una tendinitis crónica y la rotura parcial de la rodilla izquierda... ¡Mirá vos!
–Todo parece indicar que ha sido por una sobrecarga de ejercicio físico –le dije mientras encendía en ventilador de techo. (Les aclaro que estaba tan excitada y nerviosita que no podía retener en cuál rodilla tenía el problema, si la izquierda o la derecha).
–¿Tenés calor? –preguntó él–. Por mí está bien.
–Si lo enciendo un ratito y ya te lo apago –le contesté, haciéndome la desentendida, aunque me parece que no engañaba a nadie. Estaba como quien pide un refresco en el desierto de desierto del Sahara.
–¿Y cómo es esto de la sobrecarga de ejercicio?
–Es que hace unos diez años pertenecía a un equipo de baloncesto y al mismo tiempo jugaba en un equipo de fútbol –dijo–. Cosas del barrio, en la Sociedad de Fomento, ¿viste?
“Claro que te veo, bombón. ¡Qué flor de lomo tenés, cosita de mamá!”, pensé.
–Sí, sí el sobreesfuerzo esta clarísimo –dije.
–Pero como me encontraba en buen estado, no me di cuenta de que estaba forzando demasiado las articulaciones –dijo él.
(¿Buen estado, bombonazo? ¡Estabas para comerte todo!)
–Anteriormente había tenido alguna molestia ocasional pero no le di demasiada importancia y ahora ya no puedo más con las molestias –agregó–. Ahora sólo juego al fútbol los miércoles en la liga de vecinos... algo suave, muy light. Pero hay días que por el dolor no puedo participar. Además se me pasó a la espalda...
–Ajá –dije.
–¿Podrás hacer algo para que se me vaya un poquito este dolor, dulce? –me dijo con un tono que me hizo correr un escalofrío.
Como no podía permitir que me temblaran las manos, me temblaban las piernas.
–Bueno, veamos qué se puede hacer.
–Dale.
–Sacate la ropa y quedate con los boxer –le dije, dándome vuelta con un dejo de pudor (a todos los hombres les gusta que una se muestre pudorosa, je).
–¿Podrás apagar el ventilador? –preguntó, señalando al techo con el pulgar.
–Claro, perdón, no me di cuenta...
Cuando lo ví desvestido comprendí el porqué de todo lo que se decía de Gerardo en el barrio y cuál era la razón por la cual a muchas señoras se les sonrosaban las mejillas cuando murmuraban entre ellas.
–Boca arriba sobre la camilla, por favor
–Como digas, doctora.
(¡Me llamaba doctora! ¡Qué tierno!)
Anduve toqueteando un poco la rodillita, más para recobrar la compostura que otra cosa, y le dije que le iba a hacer una terapia combinada con láser, y puse manos a la obra.
Después de los diez primeros minutos de electroterapia, a mi paciente le empezó a hacer efecto. ¡Y cómo!
–¡Ah, qué bueno! –me dijo, con los ojos entrecerrados–. Me estoy sintiendo mejor...
No le respondí. No podía. Estaba como hipnotizada mirando la sábana que a la altura de la ingle hacía “carpita”.
“Yo también, dulzura... me estoy sintiendo requetebién”, pensé.
Tomé una crema analgésica, la desparramé por toda la zona y con las manos y le hice unos masajes ascendentes con movimientos muy suaves.
–¡Qué manos! –dijo–. Conseguís que me relaje y me olvide del dolor.
–Sí, claro –contesté.
(Sí, mi cielo. Y conseguís que me derrita).
–Siento unas cosquillas acá –agregó.
“Si vos supieras las cosquillitas que siento yo y en qué lugar...”, pensé, sintiendo que me venía el sofoco.
–¿Adónde? –pregunté.
–Acá, en la frente –respondió él, tocándose con un dedo.
“Mejor no te muestro adónde las siento yo”, dijo la voz silenciosa en mi cabeza.
–Dejá que vea si no está relacionado con la cervical –me incliné sobre él.
Cuando me acerqué el muy travieso me tomó la cara con sus manos y su boca insinuó un beso.
Y en eso...
–Toc..toc...
“¡Ufaaaa!” –dije para mis adentros–. “¿Quién será el inoportuno?”
–Permisoooo –voz de hombre.
–Sí, sí... adelante –yo, recobrando la compostura y sintiendo que algo se me derretía entre las piernas, y Gerardo que se quedó muy derechito en la camilla, pero con las manos a la altura de la ingle, como para disimular la carpita.
Se abrió la puerta.
–Hola, tenemos una inter... –dijo Batman, y se interrumpió. Y aunque nunca supe si había leído a Shakespeare, puso cara de que algo estaba oliendo mal en Dinamarca–, ...consulta –terminó de decir.
El tiempo se quedó tan congelado como todos nosotros.
Ahora te lo puedo decir Batman: ¡Cómo te odié en ese momento!
Foto: Cortesía & © by Ao 0gunji
(Continuará)