Porque algunas son agradables,
aunque tampoco puedas dormir?
¿Cómo tuve el valor ?o tal vez la inconciencia? de contarle a Max toda la historia con Samurai? Todavía ahora me parece increíble que lo haya hecho y no encuentro otra explicación que la inmensa confianza que ha nacido entre nosotros desde que empezamos a trabajar juntos en el centro de especialidades veterinarias. El ambiente distendido se presta a las confidencias; pero, pensándolo bien, con toda seguridad él imagina que estoy loca de remate o que soy una pervertida sexual. Aunque tal vez no sea así, porque me ha invitado a salir y justo me estoy preparando para hacerlo. Y, a decir verdad, no me importa si cree eso de mí.
No puedo evitar pensar en Samurai. Seguramente está echado a la sombra de su árbol preferido, porque es un día caluroso y, como todos los perros de gran tamaño, mi adorado akita no soporta bien el calor. Pienso en su hermoso pelaje blanco, con una que otra mancha color rojiza, y las dos capas de pelo tan bien diferenciadas: la exterior áspera y lisa, la interior suave y densa; en su hocico largo, sin llegar a ser puntiagudo, siempre húmedo y fresco; en su cuerpo de constitución fuerte, musculoso y elástico; en sus patas delanteras colocadas sobre mi espalda? ¡Basta! No puedo seguir pensando en él, ya que inevitablemente me excitaré.

Termino de vestirme y salgo de casa. Samurai se levanta y viene a mi encuentro, saludándome con su buen humor habitual. Pido muy dentro de mí que ojalá no note mi agitación de hace unos momentos. Para evitar que olisquee mi sexo, me agacho a rascarle la cabeza y el lomo. Él menea su cola, contento de recibir mis caricias. Le recomiendo que cuide la casa, diciéndole que en un par de horas estaré de regreso.
La cena con Max resulta muy amena. La comida es exquisita, bebemos vino y hablamos de todo un poco, como siempre lo hacemos en el trabajo. Decidimos dar un paseo, porque ha refrescado y a ambos nos apetece caminar por la orilla del mar. Como me siento tan bien en su compañía, cuando llegamos a mi casa lo invito a entrar y beberse un trago, para seguir conversando. Samurai nos recibe y, como no es la primera vez que ve a Max, lo saluda con dos sonoros ladridos. Max le responde, acariciándolo en la cabeza.
Pasamos a la sala y le digo que se acomode en el sofá o en cualquiera de las butacas. Le pregunto qué quiere tomar y le recito la amplia gama de posibilidades. Se sorprende, pero le explico que es costumbre familiar tener un bar bien provisto. Ambos nos decidimos por el whisky. Sirvo los dos vasos y me siento en el sofá, al otro extremo de donde se encuentra él, con Samurai echado cómodamente a sus pies.
Es inútil precisar adónde va a parar nuestra conversación. Me siento un poco agitada, con repentinos ataques de pudor que me incomodan; pero me complace que Max esté en mi casa. Me pregunta sobre Samurai y, viéndolo directamente a los ojos, le cuento todo: el interés que me causó aquella película porno con escenas de zoofilia, mis primeros tímidos intentos por acercarme a Samurai, la excitación del perro al sentir la mía, la osadía de atreverme a seguir adelante, el enorme deleite de hacer algo tan transgresor como tener relaciones sexuales con un animal.
El cúmulo de emociones me hace perder la noción de cuanto alcohol estoy consumiendo y rápidamente mi vaso queda vacío. Max se levanta a servirme otro trago, aprovechando para pedirme que continúe. Me pide que le cuente el ?después?. Sigo hablando y bebiendo, narrando con lujo de detalles mi secreto. Le cuento que después de la primera vez Samurai parece haber entendido su nuevo rol y que, sobre todo, asocia el placer de la cópula a mi desnudez. Le explico que quizás sea mi olor, tal vez sea la situación; pero ya no puedo permitirme el lujo de andar desnuda por casa con poca ropa porque el perro inmediatamente se me acerca, manifestando sus intenciones de montarme.
Le cuento que una semana después del primer encuentro, ocurrió el segundo. Los remordimientos tardaron siete días en desaparecer. Me había sentido un monstruo perverso, una mujer que no podía ni sabía reprimir sus deseos y se aprovechaba de un animal, que para colmo era su mascota. Agrego que con el transcurso de los días, la culpa cedió paso, una vez más, al deseo. Estaba sin pareja y hasta entonces había satisfecho mis ganas por cuenta propia.
Pero ahora, con Samurai a mi alcance y disposición, la tentación era irresistible y no podía evitar que sucediera de nuevo. Me explayo diciéndole que esta segunda ocasión fue incluso más placentera que la primera, porque lo había disfrutado de principio a fin.
Mientras hablo, Max me observa atentamente, recorriendo cada parte de mi cuerpo; deteniéndose en el escote pronunciado de mi blusa y sobre la parte de mis piernas que la falda deja al descubierto; mejor dicho, clavando su mirada en las porciones cada vez más extensas de mi entrepierna que yo, maliciosamente, le muestro. Es extraño, pero a pesar de haber pasado juntos tanto tiempo en el centro veterinario, esta noche flota en el ambiente algo extraño. Se trata de él, de Max. Tiene un no sé qué que me turba, hace chocar en mí dos sentimientos encontrados. Por una parte, siento un poco de vergüenza y, por la otra, deseo provocarlo.
Prevalece el segundo; por lo que me deslizo en el sofá, dejando que mi falda se suba y mostrándole mis panties. De pronto Samurai se levanta y hace ademán de olerme. Como tengo tantos deseos de seducir a Max, olvidé por completo que desnudarme significaba también estimular a Samurai. El embarazo me embarga, pero Max despeja la pesadez del ambiente sonriendo y diciendo: ?Déjalo. No está haciendo nada malo. Ustedes se quieren y a mí no me incomoda?.
Sus palabras aceleran mi corazón, entonces entiendo que la lujuria es más fuerte que mi pudor y me rindo a ella.
Max se acerca y comienza a besarme el cuello, subiendo lentamente con su lengua hacia los lóbulos de mis orejas. Con voz baja y provocativa me susurra: ?Quítate las panties?. Obedecí, presa de una creciente excitación. Samurai inmediatamente se vuelve más osado, al punto que empieza a lamer mi sexo. Termino de acostarme en el sofá, extendiendo y abriendo las piernas por completo. Max ya toca y besa mis senos, mientras yo me pierdo en un mare magnum de sensaciones.
Deseo que Max sea más osado con sus caricias, se aventure más allá, pero no me puedo negar a mí misma las ganas de que Samurai continúe. Percibo cómo va aumentando la excitación de los tres. Veo el bulto que crece bajo los pantalones de Max y siento deseos de tocarlo. Alargo la mano con decisión, aunque sin impedir que él siga dedicándose a mis pezones, totalmente erizados bajo el ataque de su lengua y sus dientes. Desabotono los pantalones y libero su falo de aquella prisión de tela, sintiéndolo palpitar sobre la palma de mi mano.
Me incorporo y lo meto suavemente en mi boca. Max tiene un pene bien formado; no es extraordinariamente grande ni grueso, pero tiene una dureza particular que hace resaltar hasta el más mínimo detalle. Lo engullo por completo y de esta manera fuerzo el contacto con mi lengua ardiente, debido al whisky bebido. Max no puede contener un gemido de placer, haciéndome entender cuánto está disfrutando.
Estoy ligeramente ebria y sé que soy capaz de cualquier cosa por regalarle infinitos placeres. El alcohol que he consumido me relaja los músculos de la garganta, así que puedo meter su pene hasta las profundidades de mi boca con increíble habilidad. Lo acojo golosamente entre el paladar y la lengua, envolviéndolo y rozando sus testículos con mis labios. Es evidente que está disfrutando y aumento el ritmo de mis movimientos, sin perder el agradable contacto entre cada centímetro de su pene y mi boca.
Sin embargo, ahora se aparta un poco y me coloca de rodillas frente a él. Lo dejo hacer, pensando que en esta posición puedo dedicarme mejor a mamarlo; pero de inmediato entiendo lo que está por suceder. Arrodillada así me estoy ofreciendo deliberadamente a Samurai que, de hecho, no tarda en colocarse detrás de mí.
No sé qué hacer. La razón me advierte que estoy yendo más allá de cualquier límite permitido y me dice que pare, pero mis sentidos me piden a gritos que continúe. Apenas estoy digiriendo el estupor de tener relaciones con un perro y no siento que aún esté preparada para hacer el amor con dos al mismo tiempo, ¡mucho menos si uno de ellos es un perro! ¡Mi perro!
La cabeza me da vueltas. Sigo mamando el pene de Max de una manera casi automática, dándole largas al asunto de continuar o parar. Contraigo los músculos de las piernas en un intento por ponerme de pie y justo en ese momento la lengua de Samurai se despliega lánguidamente sobre los labios húmedos de mi vulva. Un fuerte sacudón me recorre de pies a cabeza y siento una excitación tan grande que está más allá de cualquier comprensión. Se apodera de mí un deseo incontrolable, lujuria pura, instintito animal. Soy incapaz de razonar. Deseo una sola cosa: gozar, gozar como nunca antes, gozar sin pensar en nada más.
Como si presintiera mi cambio de actitud, Samurai coloca sus patas sobre mi espalda y en un segundo siento el contacto de su sexo con el mío, entrando con absoluta facilidad ya que estoy hecha un mar de humores. Noto que su pene entra hasta el fondo de mi vientre. La sensación me enloquece y estoy gozando como una perra en celo.
Vuelvo a tomar el pene de Max entre mis manos y continúo con lo que estaba haciendo. Él está tan excitado con la escena que se desarrolla ante sus ojos que tiene una erección formidable, al punto que su sexo parece esculpido en mármol. Aumento la velocidad de los cortos movimientos de penetración en mi boca, estimulando su glande con la lengua.
Me estremezco con las embestidas de Samurai e intuyo que estoy a punto de acabar. Como ya lo conozco bien, sé que él también está a punto de llenarme con su abundante semen. La rapidez con la cual mamo rítmicamente el pene de Max me hace sentir como si miles de microscópicas descargas eléctricas me recorriesen. Vibro sin parar. Estoy segura de que Max también está enloqueciendo de placer y la creciente sonoridad de sus gemidos me lo confirma.
Percibo la inminente llegada del orgasmo, las sacudidas del pene de Max y cómo cobran nueva fuerza los embates de Samurai. Estamos por acabar juntos y me invade una enorme felicidad. Aguanto la respiración, me quedo quieta y saboreo el bombardeo orgiástico que toma por asalto mis sentidos. El chorro caliente de la esperma de Max va llenando mi garganta, impidiéndome respirar por un instante, y de mi vagina fluyen el semen de Samurai y mi líquido.
Foto: Cortesía & © by Illia Usov