Una de las cosas que me hace sentir especialmente diferente a muchas de las mujeres que conozco, es que a mí no me gustan los cambios: me gusta que las cosas se queden tal y como estaban cuando sentí que me gustaron.
Decía mi abuela que el gran error del matrimonio es que está formado por una mujer deseosa por cambiar y moldear al hombre con quien se casó y por un hombre ansioso por que no cambie absolutamente nada en la mujer a quien prometió amor eterno. Pero que la realidad es que el hombre no cambiará nunca y en cambio la mujer será un devenir de personalidades, emociones y conductas completamente distintas.
Es evidente que en ese último aspecto soy tremendamente femenina, me refiero a los cambios en mi personalidad, emociones y conductas. Muchos de los que me seguís hace años podéis ser testigos excepcionales de ello: amores que van y vienen, sentimientos que pasan del blanco más puro al negro más oscuro, principios que no se aferran a ninguna base y por tanto se mueven al son del viento de la experiencia… incluso mis escritos adolecen de estilos en absoluto comparables.
Pero en lo de cambiar al otro…
Me siento como un hombre, masculina, práctica, directa y simplona: yo no quiero que él cambie nunca, ni quiero modificar las situaciones, ni las relaciones, ni deseo un sexo distinto, ni emociones nuevas ni situaciones complementarias porque las otras se me quedaron escasas: quiero seguir siempre igual. No pido más, pero exijo que nunca haya menos que lo que tuve.
Y supongo que de ahí vienen mis grandes dudas, a veces les llamaría hasta “problemas”, en mis relaciones con los hombres que he amado. Las mujeres en general suelen tener una especie de meta, de reto, algo que las motiva y las impulsa a seguir adelante con una pareja determinada, por mucho que ésta ya no tenga la pasión, el amor romántico y la ternura de los inicios: basta con querer obtener algo más. A veces se llama convivencia, pareja, matrimonio. Otras tiene nombre de familia, hijos, hogar. Unas más se trata de compañía, beneplácito social, éxito personal.
No importa si no se vibra tanto, si el sexo ya no es tan divertido, si algo ha cambiado: siempre hay algo más que añadir para mitigar el cambio, incluso el propio cambio es lo que nos hará olvidar el cambio anterior.
A mí se me parte, sin embargo, el alma cuando siento como se van perdiendo los principios, como van cambiando las relaciones, como se transforman, como pasan de ser amor a ser relación, como mi maravilloso hombre casado se va haciendo cada vez más mi compañero, mi cómplice.

Alguien dijo que amar es cuando basta con mirarse a los ojos sin decir nada y entenderlo todo. Y puede que yo ame muchísimo.
Pero quiero seguir hablando, quiero que los silencios sólo existan cuando dormimos profundamente exhaustos tras haber hecho el amor, quiero que todo siga siendo excitante, nuevo, distinto, quiero que él me mire y me haga sentir deseada como nunca, que sus “te quiero” no sean serenos, sino alocados y descontrolados, que se nos muevan las inseguridades, los miedos, que me siga muriendo por no tenerle a mi lado.
Sin embargo el tiempo se asienta y las cosas van cambiando. No se diluye el amor, sino que se consolida, se cimienta cada vez más robusto creando paredes y muros que ya nadie puede derribar.
Un día me temo saldré de esa casa construida a base de experiencias compartidas. Porque no era una casa lo que yo quería.
Yo solo quería seguir haciendo el amor sobre la hierba mojada, sin nada que nos protegiera, pero completamente libres.
Foto: Cortesía & © by Dominic Carrilho