(O la fantasía del sillón)
Una mañana muy temprano apareció en mi consultorio, mi dulce de leche de agente de propaganda médica de edad madura, justo para comerme la cabeza.
?¿Querés alguna muestra médica?
?Mmm ¿qué hay adentro de ese maletín?
?Cremas para la piel y gel vaginal.
?¿Humectantes?
?También. Tengo algunas de doble acción que sirven tanto para humectar la piel como para reducir la sequedad de la vagina.
?Para la piel sí... pero para la vagina no me hace falta.
?Lo sé bebé, no te ofrezco otra que es exclusiva de uso ginecológico, por que sé, con conocimiento de causa, que para la vagina tenés la tuya propia que te lubrica... hasta la rodilla ?dijo mientras se secaba la baba que le caía de la boca con la mano, el muy cochino.
?¡Guarango! ?le contesté, dándole la espalda con un giro que hizo que flotara mi cabello, y jugando a estar ofendida.
?Podrías poner tu propio laboratorio y comercializar ?dijo, con un guiño cómplice y una sonrisa de esas que me hacen ?¡Plin!?
?Gracias... todo un elogio, viniendo de tu parte.
?Para las manos tengo esta extra humectante con baba de caracol ?dijo, pasándose la lengua por los labios.
?Ajá... la otra podés guardarla para más adelante.
?¿Cómo es eso?
?¡Uy! ¿Yo tengo que explicarte esto a vos? Es normal que a medida que pasa el tiempo y crecemos, aumenta la sequedad en la vagina y se convierte en un problema para casi todas las mujeres.
?No, no, no, doctora ?me contestó, sentándose en la camilla?. Si me permitís que te corrija, no a todas las mujeres les pasa eso. Sólo a las que no tienen relaciones frecuentes con su marido o un buen amante a mano.
?Menopausia, señor APM, hablo de las mujeres de la tercera edad. Del climaterio... ¿escuchaste hablar de la menopausia?
?Sigo opinando que depende del hombre que la mujer tenga a su lado, si es que tiene uno.
?¡No digas! Dame un ejemplo.
?La jefa...
?¿Quién?
?La psicóloga, ya sabés... María Cristina, la de psicopatología.
?¡Noooooooo!
?Sí.
?¿Usa gel vaginal?
?Ajá. Y es tan amarreta que me la mangueó.
?¿Y se la diste?
?Una muestra chica.
?Tendría que comprarse un bidón de doscientos litros y una que le lubrique el carácter también.
?De esas, no tengo.
?¡Para lo que le va a servir, la otra! ?somos brujas la mujeres, cuando nos sale.
?Pero para vos, tengo una crema hidratante vaginal duradera exclusiva, Bebé ?dijo, con esa carita de hombre mayor picaruelo que me hacía temblar las piernas.
?¿Ajá? ¿Y qué dicen las instrucciones? ?pregunté, demostrando cierto interés, pero no tanto como para que se la crea.
?Si tenés tiempo te cuento lo que dice el prospecto.
(¡Dijo la palabra mágica: ?Cuento?!)
?Dale, te espero en cinco minutos en Ginecología ?me entusiasmé.
?¿Y por qué no acá?
?Bueno es que... ?hice una pausa, me acerqué a él, le pasé las uñas por el cuello y me di cuenta que le hacía efecto porque reaccionó. Primero, se ruborizó. Segundo, se le erizó la piel. Tercero, algo duro le empezó a abultar el pantalón, por debajo del ombligo y me di cuenta al rozarlo con los muslos. ¡Mmmm! ¡Ñam, Ñam!
?¿Qué?
?Es que me gustan esos sillones... ?le dije, con una caída de ojos que me había enseñado a hacer mi prima, cuando compartíamos el departamento del centro.
?¿Se te ofrece algo más?
?Sí, que vengas vestidito de doctor... ?le contesté, dejando al lado del portafolios un guardapolvo blanco?. Los doctores son los que le explican a las pacientes adónde y cómo tienen que ponerse la cremita.

Y allá estaba yo, vestidita con guardapolvo, sin bombachita y reclinada en el sillón de ginecología, esperando que mi señor en edad interesante venga a darme esa clase teórico-práctica de uso de cremas íntimas.
?Toc, toc, toc? ?tres golpecitos suaves en la puerta.
?Pase, doctor ?dije, y me dispuse a comerme la cabeza con la fantasía de la paciente y su ginecólogo.
Él entró, con el guardapolvo blanco ?es fundamental para hacer completa la fantasía?, acercó el taburete con rueditas y me separó las piernas.
?Bueno, señora... a ver qué tenemos acá... Abra bien las piernitas y relájese...
?Sí, doctor...
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