Colección Voyeur

Lunes 15 de Septiembre de 2008
Nunca falta un vecino así

Porque el amor es ciego,
pero los vecinos no…

Era la primera vez en muchos años que me quedaba sola en casa durante varios días. Después de dedicarme a la crianza de mi hijo y a trabajar en varios proyectos de traducción, necesitaba tiempo para mí. Además hacía cuestión de un mes había conocido al primer hombre que me atraía luego del divorcio, razón por la cual deseaba disponer de un espacio más íntimo para compartir con él. Por eso, cuando mis padres dijeron que se iban de vacaciones por una semana y me preguntaron si podían llevarse al nieto con ellos, sin dudarlo ni un instante les dije que sí.
Los primeros dos días los dediqué a hacer lo que quise: oí música al volumen de mi preferencia, bailé hasta el cansancio, dormí para levantarme sólo cuando se me quitó el sueño, leí un libro cuya lectura había postergado varias veces por falta de concentración, vi dos películas que me interesaban, no me calcé ni un instante y mi única vestimenta fue un pareo enrollado alrededor del cuerpo. Había tenido la previsión de mandar a preparar antipasto y vegetales sott’olio y comprar frutas para no tener que cocinar; así que no entré a la cocina más que para buscar algo de comida al sentir hambre y tomar agua, porque ni siquiera café se me antojó.
Al tercero aterricé y dediqué unas cuantas horas a limpiar, recoger algunos focos de desorden y preparar el ambiente para el encuentro con mi recién estrenado pretendiente, Pancho. Había quedado en encontrarme con él a las tres de la tarde para almorzar y en que luego viniéramos a casa para pasar la noche juntos. Cuando hube terminado esas tareas, llené la bañera con agua caliente y espuma para darme un buen baño de inmersión. A decir verdad, me di eso que se llama “un baño de novia”, por lo prolongado que es y todos los arreglos que implica.
Huelga decir que seguí la consabida rutina de untarme crema por todo el cuerpo, secarme el cabello, maquillarme con cuidado, perfumarme con mi aroma favorito, vestirme con una combinación muy femenina, una linda blusa y una falda a juego y calzarme las sandalias que más me gustaban. Cuando estaba por terminar de arreglarme, me di cuenta de que comenzaban a caer unos gruesos goterones de lluvia y el cielo estaba oscuro, así que me apresuré a llamar un taxi, tomar un paraguas y salir a esperarlo. Por suerte, el chaparrón me dio chance de subirme al auto y no llegar convertida en un pollito pasado por agua a mi cita.
El almuerzo con mi enamorado estuvo de lo mejor. Nos habíamos citado en un restaurante japonés ya que a ambos nos gustaba el sushi. Cuando llegué, Pancho ya estaba allí, esperándome con un ramo de rosas rojas y su sonrisa pícara. Me recibió con un beso riquísimo y un abrazo bien estrecho. Comimos, bebimos y conversamos haciéndonos ojitos, robándonos besos y susurrándonos traviesas promesas al oído. Disfrutábamos tanto de la compañía mutua que luego de almorzar, pedimos unos tragos y seguimos charlando.
Después de tres horas departiendo estábamos listos para irnos y, tras pagar la cuenta, así lo hicimos.
Nos montamos en su carro y enfilamos rumbo hacia mi casa. Por el camino, me di cuenta de que había un apagón eléctrico en la zona, pues los faroles del alumbrado público estaban apagados, los pocos negocios abiertos se iluminaban con velas y casi todas las viviendas permanecían completamente a oscuras. Al entrar en la calle ciega donde vivo me llevé una gran sorpresa, porque ¡justo frente a mi casa había una patrulla de policía con las luces encendidas!
A medida que nos acercábamos, divisé a varios de mis vecinos reunidos en torno a la unidad policial y a dos policías hablando con ellos. Entonces, con la claridad de un rayo que cae en la cabeza, recordé que por razones de seguridad habíamos acordado avisar cuando saliéramos y dejáramos la vivienda sola. Entendí que, con la prisa por salir, había olvidado hacerlo y temí que hubiera sucedido algo malo.
Se me escapó una palabrota y el candidato a amante me preguntó qué sucedía. Le expliqué lo mejor que pude y estuve a punto de pedirle que retrocediera para marcharnos de allí, pero ya era demasiado tarde. De entre el grupo de vecinos emergió el señor Soto, estirando la cabeza para averiguar quién venía en el auto. Como me vio, no me quedo más remedio que saludarlo con la mano, mientras él me hacía señas para que nos detuviéramos. Pancho paró el auto y antes de tener oportunidad de bajarme, el señor Soto asomó la cabeza por la ventanilla y exclamó:
–¡Ana, menos mal que está bien!
–Claro que estoy bien, señor Soto –le respondí, para luego preguntar–: ¿Qué pasa? ¿Sucedió algo?
A todas estas, logré abrir la portezuela y salir del auto, así que el resto de los vecinos y los dos policías se dieron cuenta de mi llegada y se aproximaron a nosotros. El señor Soto intentaba explicarme qué pasaba, pero una vecina se empeñaba en apartarlo y ocupar su lugar –empecinada en observar de cerca al hombre que me acompañaba– en medio de una tremenda una alharaca, al tiempo que los funcionarios policiales me miraban y sonreían con sorna. El señor Soto terminó imponiéndose y de un solo tirón dijo:
–Oí ladrar a los perros de su casa y la telefoneé, pensando que alguien merodeaba por los alrededores. En vista de que usted no respondió el teléfono me preocupé, crucé la calle y toqué el timbre de la entrada. Nadie salió y en eso sonaron unos disparos en la parte de atrás de su jardín. Entonces me alarmé, regresé a mi casa y telefoneé a la policía para informarle que usted estaba en peligro.
–Pero es evidente que la ciudadana no corría peligro alguno –soltó uno de los policías para diversión de su compañero, quien celebró la ocurrencia con risas y otro comentario:
–Y por lo que se ve, muy bien.
¡No era posible que tal cosa estuviera sucediendo! ¿Por qué me ocurría eso a mí? ¿Por qué en ese momento? Justamente la noche en que por fin, después de tantos años, había decidido echarme una cana al aire y –¡por si fuera poco!– frente al hombre con quien planificaba echármela. Me tragué las preguntas junto con el orgullo y temblando de rabia levanté la voz para inquirir:
–¿Disparos? ¿Oyó disparos, señor Soto?
–Bueno, eso creo él, Ana –se apresuró a responder la vecina entrometida, para aclarar de inmediato–: Ya los policías averiguaron que los fulanos tiros no eran sino unos cohetes que lanzó el señor Cordido en la calle de atrás.
–¡El señor Cordido! – exclamé, casi a gritos–: ¿Hablaron con el señor Cordido?
–Sí –respondieron al unísono vecinos y policías.
Mi único deseo era que la tierra se abriera y me tragara. Así que no sólo los vecinos de la calle de enfrente se habían enterado de mi salida, sino que, para completar el maravilloso cuadro, el ser más chismoso en varios kilómetros a la redonda –residente de la calle posterior– también estaba al tanto. Menos mal que en ese momento Pancho salió del auto y dijo “¡Hola!”, porque la atención se dirigió a él. Vecinos, policías e incluso yo –confundida y al borde de la desesperación– respondimos a su saludo.
–Como ya comprobamos que la señora está bien, creo que el asunto está solucionado. Así que nos retiramos. Buenas noches a todos. –dijo con su aplomo habitual, tomándome de la mano y haciéndome señas con la cabeza para que nos marcháramos.
–Sí, buenas noches –agregué.
Corrí a abrir el portón del garaje, Pancho subió al auto y ¡por fin! entramos al jardín, dejando a vecinos y policías con la boca abierta. No perdimos ni un minuto en abrir la puerta, ingresar a la casa y volver a cerrar la puerta tras nosotros. Aunque el verdadero récord de velocidad lo rompimos en entrelazarnos en un abrazo estrecho y comenzar a besarnos, hartos ya de esperas e interrupciones. De pronto, Pancho deshizo el abrazo y, viéndome directo a los ojos, con gesto serio dijo:
–¿Crees que los policías ya se hayan ido?
–¿Por qué lo preguntas –quise saber y, dándomelas de graciosa, agregué–: ¿Temes que te arresten?
–No,  no –exclamó sonriendo. –Es que me gustaría pedirles las esposas e inventar algunos jueguitos contigo.

Solté una carcajada y, tomándolo de la mano para conducirlo hacia mi cuarto, le aclaré:
–Tranquilo, ya eso lo tengo previsto.

Foto: Cortesía & © by 2.bp

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
15 Septiembre 2008 - 06:47
Enviar un emailAngel
jjajajjajajaja que susto y que buen final... ¿Esposas? Cuando gustes mi extrañable amiguis te las presto...Siempre es bueno tener un par de esposas cerca... Un bezote. Te quiero Angel
15 Septiembre 2008 - 07:46
Enviar un emailVero
jajajajajjaaja...muy bueno el post y excelente el final, sin duda uno de los mejores juegos:...el de ''las esposas''.Anamar, te envio radiantes vibras para que disfrutes de esos encantados momentos!!A través de la cerradura, y con este despliegue de erotismo,Buen comienzo de semana para todos!.Vero
15 Septiembre 2008 - 09:54
Enviar un emailAngel
http://www.youtube.com/watch?v=QBuPKqj4tIo&feature=related ¿Le pongo música? Vámonos!!! Disfrutala... Un beso Angel

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