No es lo mismo ser que estar,
no es lo mismo estar que quedarse.
Será que ni somos ni estamos,
ni nos pensamos quedar.
No es lo mismo, Alejandro Sanz
Hay equivocaciones, de esas que llamamos “metidas de pata”, que pueden llevarnos a vivir experiencias muy placenteras e inolvidables, quizás por el mismo hecho de no esperarlas. Como me sucedió a raíz de una serie de equívocos ocurrida hará cuestión de un año, cuando una noche de domingo, mientras preparaba todo para acostarme y entró un mensaje de texto a mi teléfono celular.
“Buenas noches. Soy Abigail la persona que su hermano chocó. La reparación de la carrocería salió por 1.500 y necesito que la pague”, decía.
“Disculpa, debe haber un error”, respondí sin demora, “porque ninguno de mis hermanos ha chocado recientemente”.
“¿No es el hermano de Carlos?”, leí en la pantalla al recibir el siguiente sms.
“No, te equivocaste de número”, aclaré y agregué: “Yo soy Ana y tengo esta línea desde hace siete años”.
“Me engañaron. Ese viejo del carrizo me dio otro número. Perdona la molestia”, decía el último mensaje de esa noche. El cual también hubiese sido el último intercambiado entre Abigail y yo, sino fuera porque un par de días más tarde se me ocurrió enviarle otro para saber si había conseguido al conductor imprudente y mentiroso, continuando con aquella cadena de malentendidos.
“Hola, Abigail”, saludé. “¿Hallaste a la persona que te chocó?”.

“No, no lo he localizado. ¿Por qué te interesa saberlo?”, me devolvió la pregunta y adiviné el tono receloso.
“Porque me da pena que alguien usara mi número para mentirle a una chica y dejarla entendiendo”, contesté, ya que –por alguna extraña razón– tenía metido entre ceja y ceja que quien me escribía era una mujer, joven para más señas, y no un hombre. Sin embargo, Abigail se apresuró a sacarme del error, aclarando:
“No soy una chica”, escribió.
Vamos a atribuirle a mi sorpresa, a la incredulidad que a veces me caracteriza o al cansancio que sentía ese día los motivos de la siguiente pregunta que le hice, porque de verdad no tiene otra explicación la razón por la cual malgasté un mensaje para inquirir: “¿Eres un chico?”.
Me tenía bien merecida la respuesta que recibí: “Es obvio que si no soy mujer, entonces soy hombre. Y bien hombre, por ciento”. Al leerla no supe si darme un coscorrón con el mismo teléfono por andar preguntando estupideces, estallar en carcajadas ante su acotación o no volver a escribirle a Abigail, quien seguramente se estaba partiendo de la risa al otro lado. Por suerte, el teléfono sonó y era justo él quien llamaba.
Aunque hubiese tratado de ocultarlo, resultaba más que evidente que se estaba riendo y su voz varonil tampoco dejaba ningún espacio para la duda: se trataba de un ejemplar del sexo masculino. Al parecer mi error había despertado su instinto viril de cazador porque, apenas intercambiamos saludos y nos burlamos de la confusión, se lanzó al ataque. Sin el menor titubeo manifestó sus “enormes deseos” de conocerme en persona y me invitó a que saliéramos esa misma tarde a tomarnos un café. A falta de algo mejor que hacer y movida por mi proverbial curiosidad, acepté su invitación.
A las seis de la tarde estaba yo, enfundada en un par de jeans, franela sencilla y zapatos deportivos, esperando a Abigail en el porche de mi casa. No había querido arreglarme demasiado porque íbamos sólo a tomar café y tampoco tenía muchas esperanzas de que saliera algo bueno de aquella cita que había nacido de varios malentendidos. Escuché un ruido ensordecedor que se iba acercado por la calle, por lo general tranquila porque es un callejón sin salida y no tiene más tráfico que el de los carros de quienes vivimos allí. Me dije para mis adentros que si era Abigail, además de las reparaciones de carrocería, su auto también necesitaba con urgencia que le revisaran el motor.
En efecto era él y se detuvo ante mi portón de un frenazo, con una sonrisa que le resplandecía en la cara. Aguantando la risa, salí de casa, me subí al auto y lo saludé, dándole la mano a modo de presentación. Ni corto ni perezoso, la tomó y me haló hacia él, para rematar su maniobra plantándome un gran beso en la boca. Estaba a punto de decir “¡Vaya con el hombrecito!”, cuando caí en cuenta de que era tan alto que incluso estando sentado al volante se notaba su espigada estatura y no habría hecho otra cosa que seguir metiendo la pata con mi comentario.
Por el camino conversamos de las cosas usuales entre dos personas que se están conociendo y del sinfín de equívocos que había llevado a nuestro encuentro. Cuando llegamos a la cafetería, me dio gusto ver que además de medir un metro ochenta y cinco de alto, saber robar besos y sonreír de una manera espléndida, Abigail tenía un físico de esos que la dejan a una con la boca abierta y deseosa de meter mano para comprobar si es verdad tanta belleza.
Pero eso forma parte de una segunda entrega y el desenlace de la cita lo sabrán la próxima semana.