A veces, inventando rutinas y sorpresas me quedo sentada frente a la ventana, y entonces vuelo por encima de cientos de edificios (los más altos, dicen). A trescientos metros de altura la perspectiva siempre es distinta.
A veces, cuando vuelvo de mi paseo por las alturas, estás tú ahí sentado mirándome, calmado y confiado. No hacen falta palabras, imaginamos y recordamos juntos.
Y entonces, a veces, sin hablar nos encontramos tumbados: Yo encima, tu debajo. y te cabalgo mientras cierro los ojos y sólo escucho tus suspiros, y sólo se oyen mis jadeos... y sólo siento como chapoteas dentro de mí, y me agarras con fuerza, y te humedezco todo, y sin abrir los ojos te doy la espalda.
Y espero que te lances de nuevo hacia mí.
A veces, sin aviso, te metes hasta dentro, y golpeas con fuerza y no dejo de gritar. El vértigo es relativo, ya no tengo miedo, sólo alcanzo a gemir, a suspirar... y a sentir cómo llenas mi cuerpo de distancia.

A veces no sé bajar de las alturas.
Foto: Cortesía & © by Oleg Kosirev