(También llamado: "Sobrecargas musculares II")
Estoy vencido porque el mundo me hizo así
no puedo cambiar.
Soy el remedio sin receta y tu amor:
Mi enfermedad
estoy vencido porque el cuerpo
de los dos es mi debilidad.
Esta vez el dolor va a terminar
Mi enfermedad, Fabiana Cantilo
Habíamos quedando en que lo invitaba a mi compañerito a tomar un café, para que me contara qué le dolía.
–¿Qué te está pasando?
–¡Ugh! ¡Estoy todo contracturado!
–¿Tenso?
–Bastante.
–¿Estresado?
–Mucho. –y puso cara de perrito abandonado.
Entonces, con ese olfato que tenemos las mujeres, me di cuenta que lo que le ocurría a mi compañerito de servicio debía ser algo más complejo que una contractura.
–¿Por qué tanto dolor? –le pregunté, mirándolo a los ojos.
–Ya te dije... lo que pasa es que en el gimnasio...
–Dale, nene. Lo tuyo no tiene que ver con lo muscular.
Se quedó mirándome como si yo fuera telépata y después bajó la cabeza. No cabía duda que no necesitaba una sesión de kinesiología, sino de “oreja”.
–Dale, ¿qué te pasa?
–Es que... eee... la mujer con la que salgo es casada y eee... lo que yo creí que solamente era una travesura, un juego...eee... vos sabés... se transformó en amor –le costó explicarlo, pero lo largó.
–Ajá... ¿Y qué hay malo en eso?
–Que sea casada no me molesta. Pero últimamente la noto fría. No me acaricia, no me besa, para mí esas mínimas caricias son fundamentales. Es demostración de amor. ¿Vos que sos mujer, no pensás lo mismo?
–La verdad que sí. Por lo general, las mujeres nos alimentamos de caricias. Aunque debo reconocer que no todas, hay excepciones.
–Ah...
–Pero decime... ¿Es una mujer activa? Ardiente, ya sabés... ¿Va al frente o es quedada?

–¡Uf! Cuando se calienta es polvorita. Me tira del pelo, me araña la espalda, grita...
(¡Ay, las que gritan! ¿Se pondrá colorada como gallina bataraza como una que yo sé?)
–¿Qué edad tiene? –le pregunté–. Por curiosidad, digo.
–Ejem... eeee... cuarenta y ocho –se tuvo que aclarar varias veces la garganta.
–Algunas mujeres somos como las plantitas. Sin mimos y sin cuidados se secan...
–Yo la lleno de mimos... bueno, eso creo. Pero ella se limita a ir derecho al grano... no sé si me explico... eee... No es que se niegue, al contrario, pero es como que ¡Plam, Plim, Plum! Y ya está. Y a mí me gusta que eee... que me acaricien, que no se levante de un salto... ¿Entendés? Mientras estamos... bueno... eso... eee.. haciéndolo, es fabulosa... vos me entendés.
–Ajá –asentí–. Y dejá de decir “eee”, que me ponés loca.
Debo reconocer que mi compañerito era un bomboncito y que daban ganas de comérselo. ¡Ay, por Dios! ¡Algunas tienen una suerte! Por ejemplo, ésta fulana. Ella, cuarenta y ocho, casada. Mi compañerito que apenas pasa los treinta, con un físico que cuando lo mirás con ambo, tenés que ser un témpano para que no te haga ¡Plin! Y como si todo esto fuera poco, un mimoso, una cuchara grande de dulce de leche para lamerlo todo... ¡Y encima va y se enamora!
–Digamos que la señora ésta es expedita –le dije, después de tomarme el resto del café.
–¿Es qué?
–Que va derecho a los bifes, rico. Y vos lo que necesitás son mimitos.
–Y, sí... –me contestó, y se le pusieron colorados los cachetes, al angelote–. No es que no me excite, ¿eh? Al contrario... la verdad es que me pone a mil. Lo que pasa es que después, en vez de quedarse al lado mío ya sabés, jugando... bueno... eso...
–Ni un beso.
–Sí. No busca nada más, hasta que empieza de nuevo...
–¿Nunca te cuestionaste para que seguís a su lado?
–No, pero ahora siento que llegó el momento de elegir
–¿Elegir qué?
–Que es lo que me hace bien a mí –protestó, poniendo una trompita de “pucherito” que era como para comérselo–. Ella vive eligiendo... Tengo que estar cuando ella quiere. Cuando yo quiero, no puede por el marido... ¿Por qué no puedo hacer lo mismo?
–Eso es lo que yo te pregunto. Mirá, sos un hombre atractivo. Muy atractivo –dije, tratando de subirle unos puntos la autoestima, y sin mentir porque como dije, es un bombón–. ¿Qué necesidad tenés de tener una relación que no te satisface? Y encima con una mujer casada que sólo está disponible cuando ella quiere y, que además, podría ser tu mamá...
–Eh, che... No es para tanto...
–Mirá, en esta época, se ve de todo, no es que yo sea criticona. Las relaciones desparejas cada vez son más, así que no me horroriza. Pero, tal como me lo pintás... ¿a qué seguir?
–Es que no puedo dejarla... me gusta... la quiero.
–¿Y ella?
–Dice que está cansada de todo, hay días en que todo le parece mal, no le encuentra sentido a la vida...
–Se ve vieja –aventuré.
–¡Eso! Se ve vieja, y no te imaginás qué fuerte está... por momentos es depresiva, no sé...
(Sí que sabés, bombón. La mina se da cuenta que al lado tuyo, es vieja. No es que lo sea. Digamos que te lleva unos cuantos años.) (Esto lo pensé, pero no se lo dije).
–¿Y ahora, además, también empezó a bajar la frecuencia y bueno... nada... eso.
(Ajá. Éramos pocos, y para colmo, parió la abuela) (Eso tampoco se lo dije).
–Y entonces vos estás confundido, celoso, ansioso. Por momentos te enojás. Después te da lástima. Pero te sentís frustrado con el rechazo, entonces te encerrás, te da el estresazo-mal y... ¡Zápate! Te contracturás.
–¡Eso! ¿Cómo sabías?
(Ay, ay, ay, bebote... ¡Te comería a besos de tan ingenuote que sos! Decí que mi rulo pasa por los maduritos).
–Correte el flequillito de la frente –le dije, señalándole la onda que le hacía el cabello lacio.
–¿Eh? –dijo, poniendo carita de no entender nada.
–Dale, corrételo –se llevó la mano a la frente y se tiró la onda hacia atrás.
Entonces me incorporé un poco, me acerqué a él y le di un besito de lo más maternal en la frente.
–Mirá, mamita te va a explicar –le dije, y volví a sentarme–. Abrí esas orejitas que tenés, a ver si mami puede hacer algo para quitarte el dolor...
(Continúa el próximo domingo, no se vayan...)