Aviso:
Este post ha sido borrado por circunstancias en absoluto ajenas a mi voluntad.
Fin del aviso.
Ya puedo seguir
Hace ya siete años que Enrique me dejó. Cuando lo hizo, a la tristeza (llamémosle ?desesperación?) de perderle, se le añadió la absoluta falta de explicaciones. Dijo algo así como ?Ya no sé lo que siento por ti, y prefiero dejarlo.? Esto podría ser una explicación en sí misma: cuando no estás seguro de que lo que sientes, es porque ya no sientes lo que se supone sentías.
Así que yo bien podría haber pensado ?no me quiere?, y lo pensé, vaya si lo pensé, lo pensé cada vez que rompía a llorar, o me odiaba por haber perdido a quien yo amaba, o no lograba volver a entregarme con la opción de futuro lógica de cualquiera que se entrega.
Pero lo que más me dolió es que no era capaz de entender en qué momento Enrique había pasado del ?Te amo? que me espetaba días antes haciéndome el amor, al ?Ya no sé lo que siento por ti? de aquella tarde de invierno lluviosa.
Revisaba obsesivamente los tres días que separaron aquellas dos conversaciones, buscando pistas, indicios, salidas, explicaciones a fin de cuentas.
Más adelante, cuando Enrique ya no me dolía, me expliqué a mí misma que se había enamorado de otra mujer, mujer que ahora pasea por su ciudad colgada del brazo.
Me di muchas más:
Depresivas: ?Soy una mierda de tía y obviamente, de una mierda como yo se desenamora uno.?
Fatalistas: ?nunca me quiso?.
Rocambolescas: ?Alguien le obligó a dejarme.?
Románticas: ?Lo hizo por mí, porque me quería demasiado.?
No sé por qué motivo, Enrique tuvo la necesidad ayer, siete años más tarde, de darme esa explicación.
Estábamos riendo y charlando acerca de lo bien que lo pasábamos en la cama, y yo diciendo guarradillas del tipo ?Y ¿te acuerdas de cómo te la comía enterita hasta tragarme todo tu semen?? y de pronto él dijo: ?Amanda, te mereces una explicación.?
Yo no quería una explicación, no quería saberlo. No quería volver a dolerme, no quería volver a enfrentarme a ese momento en que perdí al amor de mi vida, calla, calla, no digas nada Enrique, no hace falta, ya pasó, shttt, calla.
Hablemos de sexo, ¿te acuerdas?

Tu polla en mi boca, mi coñito en la tuya, mmm, qué rico, Enrique. ¿Podríamos tener un poquito de sexo telefónico? Nos masturbaremos cada uno en nuestra cama mientras nos escuchamos y yo te diré ?Sigue, sigue, métemela hasta el fondo.?
Y Enrique repitió: ?Te mereces una explicación, Amanda.?
?No cariño, no necesito una explicación, ya está superado, yo tengo mi vida, ¿sabes? He tenido a Cristóbal, me volví a enamorar, y todo ha ido bien, ya no sirve de nada volver para atrás, no es necesario. Anda, follemos, venga, estamos aquí para divertirnos.
Y volví a pollas, coño, tetas, y Enrique siguió, calla, coño, que no quiero oírlo, cállate.
Pero lo dijo, dio su explicación.
Y de pronto, joder, todo encajó.
Callada, al otro lado del teléfono, escuchaba a Enrique y al mismo tiempo se me unían escenas del pasado que no había entendido y ahora entendía, y frases, y miradas, y cosas dichas y cosas no dichas y su final, y dejarme y mantenerme todo este tiempo, y el amor que no se quedé en nada, y el puzzle perfecto, completo, ah, qué claridad, qué fácil entenderlo cuando lo sabes, qué obvio, qué necesidad más desbordada de aquella conversación, aquella conversación que llega, siete años más tarde.
De pronto en mi silencio rompí a llorar. No era un llanto de tristeza, era un llanto de alivio, un llanto sereno y tranquilo, el único llanto que tenía que haber existido entre Enrique y yo.
?Sabes ?traté de sonreír?, si me hubieras explicado todo esto entonces, quizás hubiéramos tenido una oportunidad.
?Preciosa mía, quizás las oportunidades estén todavía por llegar.
Y esta mañana me he despertado adormilada, apenas cuatro horas de sueño, pero feliz como no lo había estado en todos estos años, de esa felicidad que te descarga, la felicidad de entenderlo todo.
La que te exime de culpa, la que te mantiene tranquila, segura, la que te mantiene, sólo eso, te mantiene.
Ya puedo seguir adelante con mi vida.
Ahora sí.