Sobre todas las páginas leídas
sobre todas las páginas en blanco
piedra, sangre, papel o ceniza
escribo tu nombre.
Libertad. Paul Éluard.
No sé por qué razón yo tenía la idea de que los abogados eran personas aburridas, funcionarios grises que sólo sabían de leyes, códigos civiles y procedimientos penales, auténticos ratones de biblioteca metidos de cabeza en compendios de casos. Así que cuando tuve que acudir a un profesional del derecho por un problema legal que se me presentó, jamás esperé que la cita de consulta diera pie a un romance muy apasionado.
Desde que entré a su despacho se hizo evidente la fuerte atracción entre el doctor López y yo. La amiga que me recomendó sus servicios ya me había comentado que tenía una labia que le permitía venderles camiones repletos de cubitos de hielo a los esquimales y sacos de arena a los nómadas del desierto. Sin embargo, no tuvo el buen tino de prevenirme sobre la masculinidad que le desbordaba por los poros, quizás por eso caí redondita.
A él le bastó con sonreírme y apretar mi mano con fuerza al momento de saludarme para que yo sintiera un agradable cosquilleo recorriéndome el cuerpo, sin mencionar las ganas de descubrir al hombre detrás del título. Por mi parte, sólo tuve que sentarme, cruzar las piernas y responder a su sonrisa con una igual de espléndida para mostrarle que el interés era recíproco.
Al principio nos concentramos en el caso que yo iba a exponerle, pero a mitad de entrevista ambos nos entregamos sin reservas al juego de seducción.
–¿Siempre coqueteas con tus abogados? –me preguntó sin dar muchas vueltas.
–Me niego a responder algo que pudiera incriminarme –le contesté, mirándolo con coquetería mientras aguantaba la risa.
–Pero yo soy tu asesor legal, a mí puedes contármelo –refutó y acercando su silla a la mía me dijo–: Al oído si quieres.
Ni tonta ni perezosa aproveché la oportunidad que me ofrecía y con voz seductora le susurré al oído:
–Coqueteo sólo con aquellos que me dibujan una sonrisa en los labios.
–¿En ambos pares? –remachó el muy atrevido.
–¡Eres terrible! –tuve que admitir en medio del sonrojo y las carcajadas que me provocó su genial salida.
–Sí, lo soy y tú no has respondido a mi pregunta –insistió.
–¿Qué vas a hacer al respecto– lo desafié –: ¿Me vas a mandar a arrestar por desacato a la corte?
–No, porque no estamos en un juicio y tampoco tengo esa autoridad, ya que no soy juez –explicó, para luego agregar–: Aunque si tuviera el poder de mandarte a arrestar, lo haría sólo con el propósito de que tú solicitaras un recurso de hábeas corpus para ti.
–¿Y eso para qué? –tuve que preguntarle, porque si bien conocía el concepto ignoraba la forma de utilizarlo.
–Para hacerte comparecer ante mí.

Poco después el doctor López me demostraba que, siendo dueña de mi cuerpo para comparecer ante su presencia, yo no quería más libertad que la prisión de su boca, sus manos y su sexo, confinándome a los límites de su escritorio.