(O también: más para el lado de Thanatos que de Eros)
A ver, veamos: ¿cuál es el significado de la palabra obsceno?
Etimológicamente, “obsceno” proviene del latín obscēnus y está formada por las raíces ob (hacia) cænus (suciedad) y se refiere a algo indecente, sin pudor y que ofrende los sentidos.
Otra versión proviene de ob (hacia) y scenus (escena) y que significa “fuera de escena”. En teatro, son las cosas que no se muestran en el desarrollo de la obra, pero uno puede imaginárselas.
En una acepción psicológica, obsceno –“fuera de escena”–, parece referirse y puede interpretarse como que en la obscenidad no hay actuación, ni es algo fingido sino, más bien, la verdad.
Por lo que a nuestra concepción acerca del término, entonces, en el amor se debe ser obsceno y mostrar todo tal cual es, sin fingimientos ni engañifas.
Sí, claro.

Esta imagen, para una considerable cantidad de observadores, puede resultar obscena.
Por cierto, que vale hacernos esta pregunta: ¿para cuáles observadores? ¿Bajo qué consideraciones? ¿En qué circunstancias?
Admitimos (sí, leyó bien, admitimos), que según el diccionario de la Real Academia Española, –OBSCENO, NA (l. Obscēnus), adj. Impúdico, torpe, ofensivo al pudor. Hombre poeta OBSCENO; canción, pintura OBSCENA–, esta imagen de una pareja en el baño, en actitud y postura de estar copulando, pueda resultar obscena para esas almas sensibles y morales, de respetables padres y madres de familia, que se hacen cruces en público y son capaces llevar a cabo las peores perversiones en privado.
Virtudes públicas, vicios privados, los llamó alguien, en clara alusión a un período de la historia de la humanidad –la era victoriana–, que se caracterizó por su pacatería, su hipocresía, su codicia y por llevar al mundo a la primera gran guerra mundial y fin de ancien régime, también conocido en inglés como old rule u old order.
¿Coincidencia?
Ni por un instante.
Desde que nacieron las primeras civilizaciones, los usos y costumbres dieron origen a las “mores” que se transformaron en reglas de convivencia y en algún momento en leyes. Claro que no es menos importante analizar –cosa que no haré aquí, para no fastidiar al lector–, quiénes, cómo, cuándo y por qué determinaron qué era obsceno y qué no.
Para algunos lúcidos que habitan en este planeta, un niño con hambre, es obsceno. Una madre pidiendo limosna en la vereda de una gran ciudad, es obsceno. Un hombre pegándole a la mujer, es obsceno. La ostentación de riqueza –como lo puede ser un mediocre con plata manejando un Mercedes Benz SLR McLaren–, refregada por la cara de los que no tienen, es obsceno. Un gordo bruto, drogadicto, corrupto –y como si todo eso no fuera poco, también soberbio–, al que la naturaleza dotó de un par de patas ágiles, también puede ser considerado obsceno.
A propósito de ello, y dados los acontecimientos de derrumbe financiero, económico y de valores que se vienen sucediendo en “la cuna de la democracia”, los Estados Unidos de Norteamérica y que se contagiaron como la peste al resto de los “países desarrollados”, se me ocurrió pensar en el significado de obscenidad, y cómo se aplica a una situación puntual: los premios al fracaso.
Premios millonarios.
Premios obscenos.
Premios por haber llevado al mundo a la bancarrota –y lo peor, quizás, todavía no ocurrió–, a partir de un mix de codicia, especulación, mediocridad y falta de escrúpulos.
Porque, señoras y señores, amigos, parientes y vecinos, los artífices de la quiebra del sistema, los responsables de dejar a miles de familias sin sus casas y a cientos de miles de empleados sin trabajo, no sólo que no fueron sancionados sino que, además, recibieron premios, entendiendo por tales a las suculentas recompensas que recibieron en el momento de abandonar las empresas a las que, con su ambición desmedida, llevaron a la bancarrota.
Nos parece obsceno que Stanley O´Neal –el número uno de la lista que elaboró un informe de la cadena CNBC–, recibiera 161 millones de dólares como gratificación en el momento de decir: “Chau, muchachos, arréglense”, dejando una estela de pérdidas de 7.777 millones de dólares en la corporación que dirigía.
Obsceno es, a nuestro juicio, que John Thain, que lo sucedió en el cargo, negociara un “contrato blindado” de doscientos millones de dólares para él y para los otros dos buitres que lo acompañaron –ex ejecutivos de Goldman Sachs–, para el caso que lo despidieran o le pusieran límite a sus funciones.
No menos obsceno es el caso de Charles Prince, presidente de Citigroup, que se embolsó 105 millones de dólares en el momento del adiós, cuando esa corporación (quizás una de las más perversas de la historia del mundo), anunciara que había perdido más de 11.000 millones de dólares.
¿Y qué decir de Angelo Mozillo, que recibió una “compensación” de 56 millones de dólares por sus abnegados cuarenta años de servicio en la empresa de hipotecas Countrywide, a la que dejó hecha un guiñapo?
En Washington Mutual, Kerry Killinger recibió 44 millones y Alan Fishman, 19 millones, en concepto de gratificación y despido, en un país en el cual al empleado se lo despide de un plumazo, sin previo aviso y sin permitirle siquiera despedirse de sus compañeros o retirar sus objetos personales de la oficina que, en el mejor de los casos, le son entregados en la explanada del edificio por un guardia de seguridad armado.
Obsceno es que Ken Thompson, de Wachovia, recibiera 42 millones de dólares y Richard Guld, de Lehmann Bros. 24 millones. Que James Cayne, de Bear Stearns se llevara 13 millones limpios de polvo y paja y que Richard Syron recibiera 16 millones de Freddie Mac y el pobre Daniel Mudd, de la misma empresa, se tuviera que conformar sólo con unos miserables 8 millones de dólares por haber fundido la compañía.
A mí, en particular, me parece obsceno que uno de los trabajadores que adquirieron su casa con “créditos basura” ganaran apenas mil dólares mensuales, cuando la mayoría de los carroñeros de Wall Street que transformaron esos créditos en “burbujas”, cobraran lo mismo y hasta el doble de esa cantidad por hora.
Es obsceno, en mi humilde manera de ver las cosas, que un puñado de crápulas se preparara un “paracaídas dorado” de más de 500 millones de dólares, después de haber llevado al mundo a la que es y será, la peor crisis de la historia de la humanidad hasta el presente.
Parece que en “la Gran Democracia del Norte” se olvidaron ya –quizás ni siquiera se lo enseñen en el colegio–, que el producto de la anterior crisis, la del Jueves Negro de 1929, fue la aparición de los totalitarismos: el nazismo, el fascismo, el stalinismo, la “era de los dictadores” y, lo que es peor aún, la decisión de llevar al mundo a la peor guerra que el hombre recuerde y al Holocausto.
Lo único que me consuela es que el ideograma chino que significa Crisis, tiene también un significado que puede resumirse así: Crisis es una oportunidad para atravesar el dolor y poder crecer.
Claro que dudo que puedan comprenderlo esa banda de “respetables-hombres-de-negocio-y-padres-de-familia” que –no creo equivocarme–, están tan ocupados en forrarse los bolsillos, que no deben ser capaces ni siquiera de echarse un buen polvo.
Acá, en nuestro país, de esos obscenos , tenemos unos cuantos.
Fuente: La Nación del 18 de octubre de 2008