(O a grandes males, remedios eficientes)
–Y... ¿A que se dedica la señora? –le pregunté, de curiosa nomás.
–Es pintora.
–Ah. ¡Qué bueno! ¿Y qué pinta?
–Cuadros... –hizo una pausa, como si estuviera pensando qué decir a continuación. Y lo dijo, nomás. –Si ves lo que pinta... A veces me digo que no hay que ser psicólogo para entender que está... ¿Cómo decirlo? ¿Perturbada? Pero así y todo, y no sé porqué, pero la quiero. Y todavía siento que puede cambiar
–¿Tiene hijos?
–Dos. Ya grandes.
–Bueno, lo cierto es que tu cuchi-cuchi te lleva unos cuantos años y vos tenés una vida por vivir. Recién estás con la residencia y acá hay chicas muy lindas...
–Si es verdad pero estoy enamorado de ella y mis ojos solo la ven a ella.
–Mirá, bombón: cuando yo tenía tu edad y entre acá me pasó algo muy similar. Pero el tiempo pasó y llegaron otros amores... ¿Sabés? A veces pienso que el amor no es para siempre. No es algo que se nos dé y ya está. El amor, cuesta.
Bajó la cabeza y revolvió con la cucharita el fondo de la taza de café. Para sacarlo del tema, me arriesgué con algo que no me falla: el horóscopo.
–¿Es de Capricornio? –le pregunté–. Mirá, las capricornianas son... a ver, cómo decirlo... ¿Difíciles?.
–No, pero está cerquita. Es de Acuario.
–¡Ah, claro! Ahora comprendo. No es raro. Por lo general para los acuarianos el bien más preciado es la libertad y cuando sienten que se están enamorando, tienden a salir disparados para el otro lado.
Y mientras le hablaba, me quedé pensando que Acuario es como un canto a la amistad, pero en el amor se siente muy desprotegido y opta por ocultar su mundo interno. El gran obstáculo para comprometerse en el amor radica en su necesidad de libertad y la valoración de la propia independencia. A un acuariano se le hace muy difícil asentarse en una relación de pareja. Y si encima el hombre (o la mujer) que tienen, no les da el mínimo de seguridad, de estabilidad y de certidumbre que necesitan, difícil que alguien logre seducirlos. Lo peor que se puede hacer con alguien de Acuario, es un reclamo. (“Si lo sabré yo”, pensé, suspirando)
–Mirá, muñeco, si querés tener una relación con esa señora de Acuario tenés que partir de la base que la libertad y la independencia, no la negocian para nada. Y cuanto más le exijas, menos vas a conseguir.
–¡Uaaaaaa! Me sorprende lo que me decís, por que es tal cual...
–Soy astro-Kinesióloga, y algo brujita, como toda mina –le dije, sonriendo como para alivianar el tema.
–¿Sos astróloga?
–¡Naaaaa! Apenas observadora. Y cuento con dos personas a las que adoro, que son de ese signo. El pelado es uno...
–¿Quién? ¿Kojak?
–Ajá.
–Robert no formó nunca una pareja estable y es un dulce de leche, pero le escapa desde hace más de medio siglo a laformalidad...
–¿Y el otro? –preguntó, curioso.
–No me gusta hablar de mi vida personal.
–¿Entonces? ¿Qué hago?
–Entonces mi querido tenés que comprender y aceptar, aunque te cueste, que los acuarianos no se dejan manejar.
–Y... ¿son infieles?
–No en eso son iguales a nosotros, las de Leo. Si te aman de verdad, son eternos amantes. Pero si les fastidiás la vida... agarrate, Catalina.
–¿Y qué te parece que tengo que hacer? –me preguntó, con carita de carnero degollado.
–Mmmm... Primero, yo que vos, a tu edad, empiezo a evaluar otras posibilidades y empiezo a despegarme de la señora.
–Ah... ¿y después?
–En segundo lugar vamos al consultorio, que te voy a mostrar el poder que tiene la kinesiología para aliviarte los dolores.
Se le arrebolaron los cachetes, al bombón, cuando le dije eso. Nos levantamos y fuimos a mi consultorio. Vaya a saber el rulo que se estaba haciendo. Lo que no se imaginaba es que yo ya iba urdiendo planes.
–Veamos tu dolor... Dale, sacate la ropa y tendete en la camilla –le dije, cuando entramos al consultorio y estuvimos a solas.

Antes de apagar la luz poner en el discman música tenue, vi cómo se sacaba el boxer, dejando expuesta una colita que iba a ser la delicia de una que yo sé.
–Acá es el dolor –dijo, tendiéndose boca abajo en la camilla y señalando con un dedo el nervio ciático.
–Vamos a ver qué podemos hacer –le contesté. Levanté el teléfono y marqué un interno.
–Merce ¿podrás traer el ultrasonido? –dije, cuando escuché la voz de mi compañera de especialidad.
Como no saben quien es, se los explico. Mercedes –todos le decimos Merce–, es una auxiliar de enfermería especializada en traumatología, muy mimosa y querendona. Como diría Amanda, a Merce le gusta el cachondeo. Lo que significa que no es una de esas mujeres a las que podés invitar a tu casa y dejarla sola ni un minuto con tu marido, por más que sea un caballero, porque lo más probable es que cuando llegues de vuelta, no encuentres a ninguno de los dos o, lo que es peor, los encuentres a los dos muy juntos... en tu propia cama.
–Sí, doctora, ¿qué necesita? –me contestó la voz en el teléfono.
–Vení rápido que acá tenemos a un colega nuestro que está con una contractura.
–¿Con un qué? ¿Un ano contra natura?
Debo aclarar que Merce es un poquito sorda. Claro que para lo que yo estaba planeando, el diálogo era lo de menos.
–No Mercedessss –dije, deletreando en voz alta–: C–O–N–T–R–A–C–T–U–R–A...
–¡Ah! ¡Entendí mal! Voy para allá.
Llegó más rápido que volando. Cuando abrió la puerta y vio al bombonazo boca abajo en la camilla, con esa colita parada y todos esos músculos rebosantes de salud, casi se le salen los ojos de las órbitas.
–¿Tengo que explicarte algo? –le pregunté, guiñándole un ojo.
–No, no, ahora sí que entendí –contestó, devolviéndome el guiño–. ¿Que tiempo de exposición le tengo que dar?
–Vos verás lo que le haga falta le dije guiándole la manito hacia el lugar donde tenía que descongestionar...
–¡Uy! ¡Este chico se nos muere si no hacemos algo! –dijo la muy guarra, sonriendo.
–Lo dejo en tus manos.
–Como si fueran las tuyas –me contestó, pasándose la punta de la lengüita por los labios, porque se le hacía agua a la boca.
Siempre me gustó ayudar a mis amigos. En ese momento, tenía que hacer uno de esos “favores especiales” que alguna vez yo necesité. Ya saben cómo es la cosa en el hospital: “Hoy por ti, mañana por mí”.
–Lo que creas que le haga falta. –le dije, haciéndole un gesto de despedida con los deditos. Sabía que lo dejaba en buenas manos ahí, con el consultorio en penumbras, la música suave y en la mejor de las compañías.
Cuando salí, cerré la puerta con llave, para que no los molestaran.
Antes de sacar la llave de la cerradura, escuché el primer gemido y la voz de mi mejor colaboradora en Kinesiología:
–¿Te duele ahí, chiquito? Ahora vamos a ver cómo te sacamos todas las nanas...
Me calcé los auriculares del MP4, y alcancé a escuchar la doble fuga y el magnífico coro que estalla en esa Oda a la Alegría de la Novena de Beethoven, mientras me iba caminando despacio por los pasillos del hospital, que a esa hora estaban vacíos.
Foto: Cortesía & © by Antocha