
Mi mejor amigo se llama Juan Carlos. Él también fue al Comercial conmigo, pero como no le tocó la colimba, se metió de bien pendejo a laburar en una metalúrgica. Es que, en esa época, un perito mercantil era un Señor Perito Mercantil. Sabíamos más que los contadores de ahora, carajo. Y el Juanca hizo carrera: empezó como cadete, terminó como gerente contable. Toda la teca : Mercedes Benz, casa en Mar del Plata ?y no en cualquier lado de Mar del Plata, en el barrio los troncos?, noches de boite y casino... ¡Qué bien que la hizo ese hijo 'e una gran puta!
Claro, hasta que la metalúrgica, esa que hacía las mejores cacerolas y sartenes del país, esa que exportaba al mundo, esa que ponía las baterías de cocina donde las señoras italianas hacían su pasta y los chefs franceses cocinaban esas cosas raras que hacen ellos, se fundió, como se fundieron tantos otros en los tiempos de Menem.
Al Juanca le tocó una indemnización tan grosera que no lo podíamos creer.
?Esto hay que invertirlo, Tito ?me decía con el cheque en la mano.
?¿Estás seguro, Juanca? ¿Invertir en este país?
?Pero sí, querido. Ya no quiero trabajar más bajo patrón ¿Sabés? ¡Estoy podrido de ganar la guita para otro! ¡Ahora la quiero ganar para mi!
?'Tá bien, me parece bárbaro que quieras independizarte. ¿Pero qué vas a hacer con toda esa plata?
?No sé, todavía no me decido ?se había puesto pensativo, mientras revolvía el cortado?. Todavía tengo que hacer un buen anális de mercado, pero creo que voy a invertir en la industria del transporte o en gastronomía, aún no sé.
Después de putear un mes seguido por lo caras que estaban las licencia de taxi y por la burocracia para sacar una, Juan Carlos abandonó su sueño de convertirse en un magnate de la industria del transporte de pasajeros y optó por su ?Plan B?: compró un fondo de comercio, un maxiquiosco en pleno microcentro.
Al principio, tenía cuatro empleados que laburaban turnos de seis horas y mantenían el quiosco abierto las veintcuatro horas del día y también de noche. Pero después de la tercera vez que los afanaron ?y que casi le meten bala a la pobre Marcela, una gordita de Ituzaingo que se tomaba el tren hasta Once para atender el turno noche?, terminó por rajar a dos empleados y empezó a abrir sólo de día. Armaba sanguchitos para los oficinistas, hacía descuentos por cantidad y se jactaba de tener la mayor variedad de alfajores de toda la ciudad, incluyendo los codiciados ?Capitán del Espacio?, una delicia característica de la zona sur que no suele abundar en la Capital.
?Lo que pasa es que la gente sólo compra puchos?, se quejaba. ?Y los de las tabacaleras son unos buitres, no te dejan un mango?. A los dos años, endeudado hasta el culo con el mayorista, vendió el Mercedes y se compró un Duna usado. Dos años después de deshacerse del auto de sus amores, hizo guita la casa de Mar del Plata para bancar el alquiler del local antes de que le hicieran juicio.
Al final, terminó despidiendo a los dos empleados que le quedaban y se dedicó a vender cigarrillos, alfajores y curitas durante catorce horas al día. ?¡Atendido por sus dueños las pelotas!?, protestaba.
Pero así, al menos, el quiosco rendía.